Literal

Lo perturbador de la idea de El Bronco es cómo imagina que se resuelven los problemas: de la manera más simple y burda posible

“Mocharle la mano al que robe. Así de simple”. La frase más recordada del pasado debate presidencial provocaría preocupación si no hubiera sido lanzada por el candidato independiente Jaime Rodríguez, El Bronco. Sí, el mismo que dijo que a veces miente, y puso como ejemplo que le dijo a su esposa que esa noche la llevaría al cine y no lo hizo. El mismo que acusó a Andrés Manuel López Obrador de decir “cada barbaridad”.

Dándose cuerda a sí mismo, El Bronco anunció que enviaría una iniciativa de ese disparate al Congreso y retó a sus oponentes: “a ver si los diputados de ellos se atreven a aprobarla”. Y repitió: “necesitamos mocharle la mano al que robe en el servicio público. Eso no es malo. Países que han salido de esa corrupción lo han hecho”.

La moderadora Azucena Uresti le preguntó: “No habla literalmente, ¿o sí?”. El gobernador con licencia de Nuevo León le respondió con su estilo entrón: “Sí, claro. Literalmente”.

Tomando esta última expresión también literalmente, qué bueno que el aspirante presidencial dejó así en claro cuál es su idea de gobernar.

Y no me refiero a que, en caso de que ganara la elección, literalmente “cumpla” su promesa enviando la iniciativa sólo para demostrar su hipótesis de que ningún partido se atrevería a aprobarla o simplemente para quedar bien con sus simpatizantes.

No. Lo verdaderamente perturbador de esta idea es que es una metáfora exacta de cómo imagina El Bronco que se resuelven los problemas: de la manera más simple y burda posible. Mutilando todo. Desde el diagnóstico hasta los mecanismos de solución.

Es como decir: si duele la cabeza, el mejor remedio es cortarla.

Cuando El Bronco habla de mochar las manos reduce la corrupción a un problema de culpas individuales, que fácilmente pueden ser inhibidas con una pena corporal que atente contra la integridad física.

Por supuesto, en su pensamiento no existe la posibilidad de que la corrupción sea un problema estructural. No es que un diseño institucional basado en la sobreburocratización de los trámites facilite o promueva la “mordida”. No es que exista una cultura que premie los méritos del tramposo por encima de quien cumple reglas, plazos y procesos. No es que los castigos ya existentes en la ley palidezcan mientras la impunidad sea un valor compartido, incluso entre adversarios políticos, en los que la entrega del poder de un partido a otro se pacte mediante el perdón de los pecados (léase abusos) cometidos.

No, se trata simplemente de “mochar” manos como si fueran ramas podridas de un árbol de por sí retorcido, y como si éstas no fueran a brotar de nuevo. Se trata de “mochar” manos como medida intimidatoria, llevando al extremo la potestad que tiene el Estado del monopolio legítimo de la violencia. Se trata de mutilar la inteligencia para sustituirla con barbarie. Puede ser que lo de mochar manos nunca ocurra, pero ¿qué otra respuesta igual de simple sí podría tener aplicación en la vida real?

Lo cierto es que lo único que terminó abruptamente mochado el pasado domingo fue la expectativa de que el debate sirviera para poner sobre la mesa alguna idea verdaderamente útil y creativa. Tuvimos frases chistosas, ocurrencias, puntadas y duelos personales. Hubo quienes echaron montón y quienes esquivaron todo aquello que les incomodaba. Hubo combustible para generar todo tipo de memes y, no hay que negarlo, el formato permitió un intercambio que el resto de la semana dio varios temas de conversación. Pero seguimos extrañando que los candidatos de veras se dieran cuenta de la trascendencia del encargo al que aspiran en los difíciles años por venir.

Como anticipábamos la semana pasada, el debate difícilmente rebasaría su naturaleza de ring para ver pelearse a los candidatos frente a frente. Pero quizá en algún momento se anidó la esperanza de que el encuentro viera nacer aunque sea un atisbo de solución a alguno de los múltiples problemas que aquejan al país. Si así fue, lamentablemente no pudo ni siquiera meter las manos. Literal.

                Twitter: @Fabiguarneros

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