En México se toman decisiones como si el país fuera un salón vacío. Sin alumnos, sin madres trabajadoras, sin infancias que dependen de la escuela para comer, convivir o estar seguros…
La noticia de adelantar el fin del ciclo escolar nos tomó por sorpresa a todos, incluso, según parece, a la propia Presidenta de la República. ¿Cómo se toman las decisiones en este país? ¿Quién evalúa los impactos económicos, educativos y sociales cuando lo que está en juego es el futuro de 23.4 millones de alumnos y la estabilidad de las familias?
La decisión —que será evaluada el lunes— deja una lección, pero de desorden, falta de coordinación y un desprecio preocupante por el rendimiento académico y bienestar de las infancias.
Adelantar las vacaciones no es un regalo para los niños y niñas; es un golpe a la estructura social y educativa del país. México ya arrastra un rezago educativo histórico.
Repasemos algunas lecciones para la SEP: según el Informe de Desarrollo Humano de las Juventudes del PNUD, el promedio de escolaridad en México apenas roza los nueve o 11 años.
La UNESCO en su informe de marzo sitúa a México en una categoría de “sin progreso” educativo, alertando sobre un estancamiento en la calidad del aprendizaje y un retroceso en lectura. Persisten desafíos estructurales graves, como la falta de internet en siete de cada diez escuelas primarias y un aumento en la deserción en secundaria.
Hablemos ahora de los daños colaterales. ¿Quién cree usted que se va a quedar en casa a cuidar a los hijos? Exacto, las madres, abuelas, tías, hermanas mayores. Mujeres que trabajan fuera y dentro de casa, que hacen dobles jornadas sin salario, sin descanso y sin reconocimiento.
En México, según el Inegi, 31.7 millones de personas brindan cuidados y 75.1% son mujeres. Ellas ya dedican, en promedio, 37.9 horas semanales a tareas no remuneradas. Al cerrar las escuelas antes, el Estado les avienta, otra vez, la carga del cuidado, limitando su movilidad laboral y su autonomía económica. El trabajo de cuidados en este país tiene un valor de 8.4 billones de pesos, casi una cuarta parte del PIB, pero se sigue tratando como si fuera un recurso inagotable y gratuito.
¿Qué hace una madre trabajadora cuando la escuela cierra? Sacrifica sus ingresos, limita su movilidad laboral o se ve obligada a dejar a sus hijos en condiciones de riesgo. La brecha de desigualdad social, ésa que tanto dicen querer combatir, se ensancha con cada decisión que ignora la falta de un Sistema Nacional de Cuidados. Adelantar las vacaciones no significa que los niños vayan a cursos de verano o a museos. En un país con 40 millones de jóvenes y adolescentes, muchos de ellos en contextos de vulnerabilidad, la escuela es el único espacio seguro.
Al sacar a los niños de las aulas los exponemos a peligros que van más allá del rezago académico. El Informe del PNUD alerta sobre la violencia homicida, feminicida y los riesgos en el entorno digital, que son realidades que acechan a nuestras juventudes. Sin la estructura escolar, muchos menores quedan a merced de la adicción a las pantallas o, peor, de la violencia intrafamiliar y sexual que, trágicamente, suele ocurrir en el hogar.
¿Y la economía de banqueta y pupitre?
No podemos olvidar que la escuela es el motor de una microeconomía vital. Alrededor de cada plantel hay un ecosistema que hoy se queda sin oxígeno: el transporte escolar, la papelería de la esquina, la señora que vende jugos y el comercio informal que provee el lunch diario. Para estas familias, semanas sin escuela significan semanas sin ingresos en un país donde la precarización laboral es la norma para los más jóvenes.
La SEP tiene un cero en planeación y cero en conocimiento de la realidad nacional, pero esas calificaciones tampoco importan, porque en este país nadie reprueba ni los alumnos, ni los funcionarios ni quienes toman decisiones sin medir consecuencias.
Coincido con Pascal Beltrán del Río, director editorial de Excélsior, todo esto nos recuerda aquel viejo sketch de Les Luthiers, donde al anunciar el gabinete y llegar a los puestos clave, la lógica brillaba por su ausencia:
“En el Ministerio de Educación... ¡el cabo primero, Anastasio López!”.
Parece que, en nuestra realidad, el cabo López ya despacha en la SEP.
