Hijos de la guerra

¿En qué momento perdimos la brújula con nuestras infancias y juventudes? ¿Qué fibra social se rompió para que un adolescente de 15 años, como Osmar “N” en Michoacán, decida que la solución a sus conflictos es empuñar un rifle de asalto, grabarse para presumirlo en redes sociales y entrar a su escuela a asesinar a sus profesoras? No es una tragedia aislada que ocurre en otro país. Es nuestra realidad, la de un México que parece haberse acostumbrado a que el “pan nuestro de cada día” sea la violencia extrema, como bien dice Christian Madrigal, quien hoy llora a su hermana Tatiana, una de las docentes asesinadas en la preparatoria Antón Makárenko de Lázaro Cárdenas.

Las preguntas que queman: ¿Por qué? ¿Qué les estamos diciendo, qué están percibiendo en esta sociedad nuestras niñas, niños y adolescentes? ¿Por qué un menor de edad asume que la masculinidad se valida a través de la pólvora y el odio?

El caso de Michoacán es el síntoma de una enfermedad de largo aliento. Para especialistas como Juan Martín Pérez García, coordinador de Tejiendo Redes Infancia, estos jóvenes no son “entes aislados” ni “enfermos mentales” por generación espontánea. Son, en sus palabras, “hijos de la guerra”. Han crecido en un contexto donde, desde hace dos décadas, las armas, los cuerpos abandonados y las confrontaciones son parte del paisaje cotidiano.

Lo que vimos en Lázaro Cárdenas, y lo que hemos visto en el CCH Sur, en Puebla, o en aquellos episodios sombríos de Monterrey (2017) y Torreón (2020), es la reproducción de la violencia que como sociedad les hemos impuesto. Si los adultos resolvemos las diferencias mediante el uso de la fuerza, si el Estado no garantiza paz y si las redes sociales se inundan de discursos de odio —como la peligrosa ideología incel que, según las investigaciones, rodeaba a Osmar “N”—, ¿qué esperamos que aprendan los menores?

La escuela, ese espacio que históricamente fue el refugio seguro, se ha transformado en un entorno hostil. Los datos de la Encuesta Nacional de Violencia hacia los Maestros (2024) revelan que cuatro de cada diez docentes han sido agredidos dentro de los planteles. Insultos, burlas, amenazas y, ahora, ejecuciones. El profesor ha dejado de ser ese referente de autoridad para convertirse, en muchos casos, en el blanco de las frustraciones de una generación que no sabe cómo gestionar sus emociones.

¿A qué juegan hoy nuestros niños? El juego, ese elemento vital para el desarrollo cerebral y la socialización, ha sido desplazado por el encierro —producto de la inseguridad que impide salir a la calle— y por el tiempo excesivo frente a las pantallas. En ese aislamiento digital, los algoritmos se encargan de alimentar resentimientos y misoginia.

El resultado es un vacío generacional. Las autoridades escolares y los padres de familia muchas veces prefieren ignorar las señales previas, esperando que los conflictos se resuelvan solos. Pero la violencia, cuando no se atiende, se cocina a fuego lento hasta que estalla. Ante la tragedia, surge la respuesta inmediata y visceral, el castigo. La presidenta Claudia Sheinbaum ha puesto sobre la mesa el debate de si un menor debe ser juzgado como adulto en casos de asesinato. Es una discusión que polariza. Por un lado, el dolor legítimo de las familias que exigen justicia proporcional al daño; por otro, la advertencia de que las respuestas puramente punitivas no resuelven las causas de fondo.

La salud mental de los jóvenes no se arregla sólo con una plática en el aula, se atiende garantizando que la escuela sea, de verdad, un lugar seguro y que el entorno social deje de glorificar el crimen. Llegamos a este punto porque permitimos que la violencia se normalizara. Porque dejamos que el “derecho de piso”, el narcomenudeo y el machismo estructural se filtraran hasta las mochilas de los estudiantes. Si un joven de 15 años tiene acceso a un rifle de asalto y siente que su identidad se fortalece al jalar el gatillo, el fracaso es de todos: del Estado que no controla las armas, de la sociedad que calla y tolera, y de las instituciones que no supieron leer las alertas.

El reto es tremendo. Mientras seguimos enfrascados en discusiones políticas, en las aulas se está gestando una crisis de odio que no se resuelve con discursos, sino con presencia, atención y una política integral que entienda que la seguridad no se construye con armas, sino con inteligencia y, sobre todo, con humanidad.