El balón ya no tapa las heridas

¿Ya vio la publicidad, los logos oficiales del Mundial y los ajolititos? Seguro sí, están en todas partes. ¿Se dio cuenta de que las autoridades en la CDMX apresuran las inauguraciones de obras públicas y cortan listones, entre pintura fresca de amarillo a morado y viceversa? ¿Por qué en las calles no se respira la fiesta de antaño? 

Hay un silencio pesado, un desinterés generalizado que contrasta de forma nítida con el júbilo histórico del México 70 y el México 86. Para entender por qué la tercera Copa del Mundo en suelo azteca se siente apagada, es necesario mirar el retrovisor de la historia y contrastarlo con las crudas realidades económicas y sociales de este 2026. ¿Cómo fue posible que México desbordara alegría en sus mundiales anteriores si el contexto era profundamente trágico?

En 1970, el país venía de sufrir la matanza de estudiantes en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. El contexto político estaba marcado por el autoritarismo del partido único, el control absoluto de los medios y un Estado policiaco. El gobierno utilizó el torneo como una colosal campaña de lavado de cara internacional y de distracción interna, con la ayuda de una televisión que operaba como monopolio y dictaba una sola narrativa de paz y progreso. La sociedad civil abrazó el Mundial como una válvula de escape. El futbol fue la única plaza pública donde la gente pudo congregarse a gritar de alegría en lugar de protestar con temor.

Si en 1970 la crisis fue política y de credibilidad, 1986 constituyó una prueba de supervivencia. Apenas nueve meses antes de la inauguración, los terremotos de septiembre de 1985 devastaron la CDMX, dejando miles de víctimas y un gobierno rebasado por la tragedia. La economía se encontraba en el piso debido a la crisis de la deuda externa y la devaluación constante del peso. El ánimo social previo era de duelo, pero también de un profundo orgullo solidario. Nació entonces la sociedad civil organizada. Los mexicanos de 1986 vieron el Mundial no como una distracción superflua, sino como una declaración de resiliencia ante el mundo y el grito de identidad se trasladó de los escombros a las tribunas.

La población necesitaba esa reunión para sanar junta; el torneo se convirtió en un catalizador de la reconstrucción psicológica del país. La ola en las gradas fue un despertar espontáneo.

A diferencia de lo ocurrido en el pasado, la víspera de este Mundial se encuentra inmersa en un clima de protestas activas que la propaganda oficial ya no puede contener. La fragmentación de los medios y la inmediatez de la información hacen imposible ocultar los brotes de inconformidad que hoy estrangulan el ánimo festivo. A sólo cuatro días del silbatazo inicial, los colectivos de madres buscadoras se manifiesta activamente. Buscan visibilizar que mientras el Estado destina sumas multimillonarias para albergar un torneo de un mes, ellas siguen rascando la tierra con sus propias manos. Para esas familias no hay nada que celebrar en un país con más de 130 mil personas desaparecidas.

A la par, la CNTE mantiene paros y plantones activos en la capital y amenaza con bloquear los accesos a las zonas hoteleras y eventos oficiales del torneo en demanda de reformas al sistema de pensiones —promesa de campaña presidencial— y aumentos salariales. Campesinos y transportistas se suman al descontento con amagos de cierres carreteros en la CDMX, Guadalajara y Monterrey, las tres sedes mundialistas. Los primeros exigen la revisión de las condiciones agrícolas; los segundos, frenar la ola de violencia y extorsiones que sufren diariamente en las rutas federales. El factor digital de la información en tiempo real y la viralización de las noticias le otorga una dimensión inocultable a este México inseguro, cuyos pasajes de violencia cotidiana en calles y escuelas ya no pueden ser silenciados por las narrativas oficiales.

Al descontento social se le suma la variable de la economía de bolsillo y el cambio tecnológico. El futbol ha dejado de ser el deporte del pueblo para convertirse en un producto de lujo exclusivo. Las generaciones mayores que crecieron con la tradición de prender la televisión abierta para ver todo el torneo de forma gratuita, hoy estarán obligados a contratar paquetes especiales de streaming por la fragmentación de los derechos de transmisión. En 1970 y 1986, el Mundial funcionó como el bálsamo que unió a una sociedad golpeada; en 2026, el torneo opera al revés, como un espejo que amplifica las fracturas sociales, la impunidad y el descontento que terminaron por arrebatarle el balón a la gente.