El futuro
Cualquiera que sea el resultado de los comicios estatales de hoy, es claro que la democracia electoral en México muestra signos de un nada saludable agotamiento. En algún sentido, es un síndrome mundial. Ya lo vimos el año pasado en Gran Bretaña y Estados Unidos, con ...

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Cualquiera que sea el resultado de los comicios estatales de hoy, es claro que la democracia electoral en México muestra signos de un nada saludable agotamiento.
En algún sentido, es un síndrome mundial. Ya lo vimos el año pasado en Gran Bretaña y Estados Unidos, con el triunfo de las opciones populistas. En Francia pasaron a la segunda vuelta dos alternativas distintas a las de los partidos tradicionales y, por fortuna, triunfó la que en el discurso parece más sensata.
Sin embargo, creo que nuestro país no es ajeno a ese sentimiento de cansancio social que se asoma cada vez que se reinicia el ciclo de las urnas.
La de nuestro vecino del norte y las de los países europeos son democracias maduras, con sistemas sólidos establecidos durante mucho tiempo.
La nuestra, en cambio, se reinventa en cada proceso. La organización de los comicios se transformó por completo en los años noventa. Pasó de estar plenamente controlada por el gobierno a un esquema de ciudadanización, sometido a ajustes y parches, sin terminar de cuajar del todo.
Comenzamos el nuevo siglo con la alternancia en el poder presidencial y crecieron fuerzas distintas a la hegemónica. Sin embargo, algo pareció torcerse en el camino.
Es cierto, la redistribución del poder para que éste fuera ejercido por varios partidos trajo mejoras. Pero también es cierto que los antiguos adalides de la oposición se mimetizaron con varias de las peores prácticas de la fuerza que monopolizó la política nacional durante siete décadas. Perdieron autoridad moral y a los ojos de muchas personas se volvieron parte de lo que combatían.
Por eso, no extraña que en la más importante de las jornadas que se celebran hoy, la del Estado de México, las preferencias estén prácticamente partidas en cuatro.
No importa el que gane. En el mejor de los casos habrá triunfado, si bien le va, con apenas un tercio del total de los votantes. Es decir, no habrá convencido a los dos tercios restantes. Gobernará a 60 o 70 por ciento de habitantes que no le dieron su aval. Tendría que hacer un esfuerzo supremo para incluirlos en su proyecto de gobierno.
Pero el hecho de que hayamos llegado a esta atomización es resultado de varios factores. El principal de ellos: la incapacidad de los partidos de sumar esfuerzos en torno a una meta común. En la medida que todos se sintieron con posibilidades reales, así fuera con una votación exigua, todos creyeron que podrían ganar solos, sin necesidad de tener que repartir el pastel con otros.
Mala estrategia, porque nada hace más fuerte a un gobierno que contar con el mayor consenso social posible. En este caso, lamentablemente, no existió ni siquiera voluntad de acercar posiciones o hacer a un lado las animadversiones de toda la vida. Por el contrario, prefirieron el típico juego de todos contra todos y el de sacar los trapitos al sol. En otra época, las luchas en el lodo serían al menos divertidas. Hoy, aburren. Hasta para la insidia se necesita imaginación.
Pero del lado de la sociedad tampoco cantamos mal las rancheras. Las redes sociales nos empoderaron, cierto. Han dado voz a millones de personas y son clave para denunciar conductas ilegales o autoritarias. Pero también se convirtieron en vehículos de información falsa que sólo refuerza dogmas.
Nuestra generación, que luchó por hacer efectivo el sufragio, no supo transmitir a los millennials el valor del ejercicio democrático. Me temo que no veremos mucha sangre joven volcarse en las urnas. Una lástima, porque dejarán a la gente mayor decidir su futuro, en el mejor de los casos. También, por desgracia, hoy veremos en acción prácticas de clientelismo y acarreo propias de una época que debía estar enterrada. Confiemos en el esfuerzo de las autoridades por atacar trapacerías como la compra de voto. Pero sería mucho mejor ver una ciudadanía organizada, activa en el ejercicio del sufragio y exigente de buenas prácticas gubernamentales.
El panorama no es halagüeño. Pero no todo está perdido. El jueves, el Congreso de Jalisco avaló una iniciativa para reducir el financiamiento público que se otorga a los partidos políticos de esa entidad cuando no haya elecciones, y que la asignación del dinero que reciban esté en concordancia con el porcentaje de votos que conquisten.
El triunfo de la propuesta impulsada por el diputado independiente Pedro Kumamoto abre una leve esperanza a que los partidos políticos atiendan los reclamos ciudadanos y den a la democracia electoral la expectativa de un mejor futuro.
Twitter: @Fabiguarneros