Devaluación

La pérdida de valor de una moneda representa la disminución de la capacidad adquisitiva de la mayoría de la población de determinado país. Esta afirmación, que no siempre es válida, se muestra a plenitud en economías con altos niveles de inflación y en donde los ...

La pérdida de valor de una moneda representa la disminución de la capacidad adquisitiva de la mayoría de la población de determinado país. Esta afirmación, que no siempre es válida, se muestra a plenitud en economías con altos niveles de inflación y en donde los desequilibrios financieros en las cuentas públicas terminan por eliminar el valor de los ahorros de millones de personas. Los casos del México de 1976, 82, 87 y 95 son, junto con la Argentina y Venezuela de hoy, el ejemplo más claro de las consecuencias del accionar de gobernantes irresponsables y abusivos que cargarán consigo el peso histórico de la miseria a la que llevaron a sus respectivas sociedades.

“Un presidente que devalúa se devalúa”, decía López Portillo en ese absurdo nacionalismo económico que equiparaba al peso mexicano con el poder del mandatario en turno, y a un perro como el mejor guardián de la paridad cambiaria. No fue sino a partir de 1995 cuando, al adoptar el mecanismo de flotación cambiaria, el tipo de cambio se fue desvinculando del mito nacional del peso mexicano como sinónimo de la fortaleza o debilidad no sólo de la economía, sino del país en su conjunto. Las modificaciones en la relación peso-dólar durante estos años son parte de una nueva realidad ajena al pasado, donde el destino nacional giraba únicamente alrededor de este factor.

El fenómeno de devaluación sin inflación es algo no visto anteriormente. La parálisis económica de 2008 generó un problema similar, en donde la falta de crecimiento limitó los efectos devaluatorios en el país, aunque en ese entonces el problema era la economía estadunidense y ahora es la del resto del mundo. Hoy EU se mueve y México también y, en medio de esto, el peso y el petróleo se desploman. Las evaluaciones que se hacen de las economías de ambos países, a pesar de sus partes débiles, siguen siendo positivas en medio de un pesimismo generalizado en el resto del planeta.

Es cierto que el incremento de la deuda pública mexicana comienza a inquietar a algunos analistas que recuerdan el desorden de los gobiernos del presidencialismo absoluto. Sin embargo, el margen de maniobra es todavía lo suficientemente amplio como para pensar en salidas de capitales, producto de la falta de capacidad de pago del gobierno o de los particulares. El fenómeno de la tormenta que recoge capitales de todo el mundo y los lleva a EU tiene que concluir, de una u otra forma, para permitir el desarrollo del resto del planeta.

Mientras la devaluación del peso no afecte la inflación, debido a una caída brutal del precio de las materias primas, incluyendo el petróleo, y a la acción de una mayor competencia producto de las reformas en energía y telecomunicaciones, la desvalorización de la moneda mexicana dañará únicamente a los importadores netos y al turismo de medianos ingresos, cuyos viajes no estarán al alcance de sus limitados recursos. La recuperación de los equilibrios cambiarios, aunado a un crecimiento económico sostenido con baja inflación, son los difíciles objetivos a conseguir por parte de Hacienda y el Banco de México.

Los movimientos bajistas de la moneda mexicana han dejado de ser un símbolo del fracaso económico de la política económica del gobierno en turno. Sin embargo, la necesidad de estar preparado ante los nuevos escenarios de incertidumbre que presenta el esquema de globalización, donde las variables externas tienen un enorme peso difícil de manejar con los instrumentos tradicionales de política monetaria, obligan a las autoridades a actuar con mayor celeridad y claridad antes de que los especuladores consigan hacer, de un momento de indefinición, una oportunidad para fijar modelos que destruyan el crecimiento y la capacidad adquisitiva conseguidos a través de largos años de esfuerzo.

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