El año que fue
Concluye este 2015 en medio de datos económicos que serían considerados positivos en otro contexto político, pero que terminan por ser cuestionados a partir de un malestar mediático y de algunos sectores empresariales y corporativos afectados por las reformas puestas en ...
Concluye este 2015 en medio de datos económicos que serían considerados positivos en otro contexto político, pero que terminan por ser cuestionados a partir de un malestar mediático y de algunos sectores empresariales y corporativos afectados por las reformas puestas en marcha y que dañaron intereses de monopolios y de negocios hechos al amparo del viejo modelo proteccionista anulador de la competencia y la rendición de cuentas. Es cierto que persisten muchas asignaturas pendientes que refuerzan la evaluación pesimista de la realidad nacional, siendo los temas de la inseguridad y la proliferación de bandas del crimen organizado, los principales elementos que se niegan a morir para poder percibir un cambio profundo en la cotidianidad nacional.
Las reformas financiera, laboral, energética y de telecomunicaciones representan un rompimiento real frente al modelo proteccionista y monopolizador de antaño. La baja en la inflación y el aumento en el consumo sólo pueden ser explicables a partir de la estabilidad macroeconómica, pero también por el aumento de la movilidad en los mercados y la vinculación a una economía como la estadunidense a través de productos con cada vez más valor agregado.
Frente al crecimiento imponente de los estados del centro y norte del país, la debacle del sur petrolero y agropecuario para el autoconsumo, nos obligan a pensar en formas más agresivas e innovadoras que les permitan a esas entidades salir del atraso, la miseria y el caciquismo que sigue aprovechándose de la miseria de millones de connacionales. La percepción de que el país va mal, pero la situación personal mejora a partir de cambios en la estructura económica, refleja la contradicción propia de un país que cambia su forma de producir y crecer, aunque no supera sus vicios y abusos propios del viejo régimen que no acepta dejar de existir en su totalidad.
Gobernadores que roban y asaltan las arcas nacionales, funcionarios que siguen haciendo de la administración pública un barril sin fondo para el enriquecimiento personal, no son compatibles con el proyecto modernizador y competitivo aprobado por las mayorías parlamentarias en el Congreso. Es real el hecho de que los grupos afectados por las reformas, como los empresarios concentradores de mercados y los liderazgos sindicales corporativos, siguen siendo parte de la resistencia al cambio y actúan en consecuencia.
Pero la parte más débil del modelo de cambio echado a andar por Peña Nieto, radica en la imposibilidad de romper con el círculo vicioso de poder —corrupción— enriquecimiento personal —más poder y corrupción. El riesgo del fracaso de la apuesta política modernizadora está en que la falta de un Estado de derecho capaz de contener los abusos de los poderosos, termine por volver viable la opción populista en la figura de López Obrador u otro candidato independiente carismático estilo El Bronco, incapaces ambos de plantear una alternativa racional a las carencias del régimen actual.
El fenómeno de resistencia a la Reforma Educativa por parte de la CNTE y el tema de los desaparecidos de Iguala, se proyectan mediáticamente a nivel nacional e internacional, impidiendo generar un mensaje de avance uniforme que cambiara la percepción negativa que de México se sigue teniendo en determinados segmentos sociales internos y externos. El éxito en las licitaciones petroleras y la instrumentación de las evaluaciones a los docentes en prácticamente todo el país son elementos positivos que deberán, junto con la apertura en telecomunicaciones, provocar un giro radical en 2016. Gobernar, tomar riesgos y afectar intereses desgasta, y eso es lo que el PRI debe entender frente a las elecciones del próximo año, y más aún ante el 2018.
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