Totalitarismo
El totalitarismo es un régimen político que se caracteriza por la anulación de la voluntad individual, la cual se somete absolutamente a un poder superior denominado Estado. Su característica principal es la desaparición del mundo de lo privado que, al ser absorbido ...
El totalitarismo es un régimen político que se caracteriza por la anulación de la voluntad individual, la cual se somete absolutamente a un poder superior denominado Estado. Su característica principal es la desaparición del mundo de lo privado que, al ser absorbido por el público, destruye toda posibilidad de pensar o actuar en forma distinta a la línea ideológica de ese ente omnipotente encarnado en la figura del líder carismático y forma parte integral de ese todo. Los totalitarismos buscan la unidad que representa unanimidad, pensamiento primitivo y unitario y eliminación del diferente o el incapaz de cumplir con las expectativas que de él tiene el Estado.
Los totalitarismos son algo mucho más complejo que un sistema autoritario o una dictadura militar. Requieren de represión, pero también de una masa capaz de actuar en un solo sentido sin dudar ni cuestionar. A diferencia de una dictadura basada en la fuerza, el totalitarismo se sirve de su capacidad para convencer a una nación entera de los beneficios del sometimiento al valor superior del Estado, y de la justificación de aniquilamiento físico de todo aquel que represente un peligro a su proyecto supremacista de nación. El nazismo alemán y el estalinismo soviético se presentan como los ejemplos más nítidos de la barbarie totalitaria que produjo millones y millones de muertos durante el siglo XX.
Tras el fin de Guerra Fría al finalizar el siglo pasado, surgieron intentos de liderazgos locales en el Oriente Medio dispuestos a ocupar un espacio de poder en el escenario internacional. La aparición del fundamentalismo chiita en el Irán del ayatola Jomeini, la llegada de los talibanes al poder en Afganistán, y la caída de Hussein en Irak, delinearon el surgimiento de un nuevo totalitarismo distinto al occidental, pero alimentado por las mismas ideas de supremacía humana y justificación de la muerte de aquel que no pertenece a su mundo único e incuestionable.
La aparición de Al-Qaeda y más recientemente del Estado Islámico, se ubican en esa ecuación en donde el dogmatismo religioso mezclado con la aspiración a imponer un nuevo orden mundial se complementa con un desmembramiento de los Estados autoritarios tradicionales como Siria, Libia, o incluso Irak, cuya primavera democrática terminó —salvo el caso de Túnez— en el peor invierno de descomposición política y nacional. El totalitarismo islámico cuyo eje principal se centra en la destrucción del mundo occidental para imponer el islam como forma de vida, ha demostrado su capacidad de atracción no sólo entre la juventud musulmana en países del Oriente Medio, sino dentro de Europa e, incluso, Estados Unidos.
Para poder asesinar a sangre fría a civiles inocentes en un teatro, restaurant, o un estadio no sólo se requiere estar convencido de que la causa lo amerita, sino también de que el valor de la vida se reduce a cero, tanto para el ejecutor como para aquellos ejecutados a los que no se considera seres con derecho a vivir. Los millones muertos en las cámaras de gas del totalitarismo nazi, o en los gulags estalinistas, fueron parte de esa concepción que deshumaniza al enemigo para poderlo eliminar sin remordimiento o duda alguna.
Es esto exactamente lo que el EI hizo en París el viernes pasado, cuando al matar a estos civiles que disfrutaban de la vida al estilo occidental en un restaurante, teatro o estadio de futbol, asesinaron a su enemigo cultural, deshumanizándolo y convirtiendo en esa “cosa” capaz de ser exterminada indiscriminadamente. El grito fascista de “viva la muerte”, ha sido sustituido por el de Ala u Akbar (Dios es Grande) en una herejía que no puede ser tolerada porque representa el fin de la libertad, la tolerancia y de la vida misma.
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