Saber gobernar

El arte de gobernar se mide por la capacidad de los funcionarios públicos para poner en práctica sus proyectos políticos y sociales, conciliando intereses y superando los obstáculos propios de la realidad y de los opositores quienes no están dispuestos a conceder si no ...

El arte de gobernar se mide por la capacidad de los funcionarios públicos para poner en práctica sus proyectos políticos y sociales, conciliando intereses y superando los obstáculos propios de la realidad y de los opositores quienes no están dispuestos a conceder si no reciben algo a cambio. En el camino hacia el éxito el gobernante se topa con enemigos, adversarios, oportunistas y traidores quienes después de la adulación y la supuesta incondicionalidad, son capaces de apuñalar por la espalda. Es por estas dificultades, que en ocasiones el funcionario supone debe recibir algo más que su simple salario y, entonces, pierde la noción del tiempo y el espacio donde se sitúa.

El fracaso de determinado político, es justificado por él mismo bajo el argumento de que la oposición no lo dejó gobernar, o le impidió alcanzar los acuerdos necesarios para llevar a cabo su proyecto. Nunca escuchamos a un gobernante aceptar sus propias limitaciones, o asumir su incapacidad o la de su equipo de trabajo en la consecución de sus objetivos. Y no es que los obstáculos para tener una administración exitosa no existan, de hecho son la parte medular de una lucha por el poder que, sin saber enfrentarlos, terminan por hacer pedazos a cualquier gobierno o político inexperto. Una de las causas por las que las administraciones de Fox y Calderón no pudieron avanzar en la transformación del país fue la falta de oficio político para enfrentar a la maquinaria priista de gobernadores y sus dirigentes, comprometidos con la posibilidad de regresar a la Presidencia. Algo similar le pudo haber ocurrido a Peña Nieto durante su inicio como Presidente. Sin embargo, las condiciones imperantes al interior del PAN y el PRD facilitaron la concreción del Pacto por México, además de la capacidad negociadora de los nuevos funcionarios responsables de la política interna del país. Sin embargo, esta lógica pragmática no existió en entidades  como Michoacán y Guerrero donde la combinación de ineptitud política, corrupción e infiltración del crimen  terminaron por hacer desaparecer a estos estados como espacios de gobernabilidad y posibilidad de resolución de problemas y carencias. Leonel Godoy y Fausto Vallejo en Michoacán, y Ángel Aguirre y Rogelio Ortega en Guerrero, fueron lo suficientemente irresponsables como para no sólo demostrar su falta de oficio político, sino también su condescendencia y colaboración con el crimen organizado, en medio de una debacle total de las instituciones estatales. Es por esto que la tarea que les espera a Silvano Aureoles y a Héctor Astudillo  se basa en dos factores clave. El primero es el de la relación con el Ejecutivo federal para poder recibir el apoyo militar y económico que permita recuperar los espacios perdidos, el segundo es el de la instrumentación de una política de alianzas sociales internas para anular a aquellos poderes fácticos que siguen imponiendo condiciones en esos territorios.  Principalmente en Guerrero la única posibilidad de revertir el círculo de violencia e inseguridad radica en la voluntad del nuevo gobernador de arriesgar su capital político para romper con la inercia que ha llevado a la ruina al estado, y comenzar a destruir cacicazgos de todo tipo que han hecho de miseria de miles, el negocio más grande que uno pueda imaginar. La cleptocracia guerrerense ha llegado a niveles insostenibles, en donde no existe diferencia alguna entre gobernantes y criminales, además de la ingobernabilidad que amenaza con destruir todo aquello que aún queda en pie en la entidad. Se trata de saber gobernar, pero también de tener la audacia necesaria para generar la ruptura que un cambio de gobierno requiere. No hay de otra.

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