Falta crecer
La obsesión por dejar de emitir circulante sin respaldo alguno y prohibir el endeudamiento que, se sabe, no podrá ser cubierto, rindió frutos durante estos últimos 20 años.
Después de la crisis de endeudamiento de 1995, la clase política mexicana en su conjunto entendió que romper con los equilibrios económicos y financieros podía generar un rápido crecimiento a corto plazo, pero los riesgos de una caída por efectos de presiones internacionales se agrandaban de manera exponencial. Era algo así como jugar a la ruleta rusa, y en donde la cantidad de balas en el cargador de la pistola sobrepasaba, con mucho, el número de espacios libres, donde el disparo podía no dañar al tirador. Esta obsesión por dejar de emitir circulante sin respaldo alguno y prohibir el endeudamiento que, se sabe, no podrá ser cubierto, rindió frutos durante estos últimos 20 años.
Esto que para algunos representaba someterse a los designios del gran capital internacional, la ortodoxia financiera y el neoliberalismo en una connotación totalmente negativa, se convirtió en la receta para atraer capitales, disminuir inflación y garantizar estabilidad a largo plazo. Es por ello que la discusión ahora no es si se puede generar un mayor déficit para crecer o si el endeudamiento puede llegar al infinito en el entendido de que siempre habrá forma de renegociar con los acreedores.
El desastre que hoy viven economías como la venezolana, la argentina o incluso la brasileña, la cual se presentaba hace unos años como el mejor ejemplo de crecimiento con inflación moderada y déficit alto, pero manejable, son la muestra clara de que, cuando se presentan crisis internacionales derivadas de fallas en los países de alto desarrollo, la única forma de paliar la tormenta es contar con fundamentos sólidos que permitan soportar el temporal y luego regresar a la normalidad. La discusión sobre cómo crecer tiene que darse a partir de estos principios básicos que nos permiten entender cómo funcionan los mercados internacionales.
El problema del crecimiento económico, la redistribución del ingreso y el abatimiento de la pobreza pasan primero por mantener en línea las variables de gasto, endeudamiento e inflación, para después pasar a la discusión de cómo aumentar la recaudación fiscal, quién debe pagar más impuestos y de qué manera el Estado debe hacer uso de sus recursos para impulsar acciones que beneficien a los más necesitados. Economías sometidas a cuellos de botella, donde la concentración del ingreso en pocas manos y la proliferación de monopolios son la constante, no pueden pasar mágicamente de los equilibrios económicos, al alto crecimiento sostenible que genera empleos y reduce pobreza.
La decisión del gobierno mexicano de mantener una baja inflación y un reducido endeudamiento sirvieron en la década pasada para reforzar a la clase media y contener la caída real de los ingresos. Sin embargo, mientras no se rompan las estructuras monopólicas y los privilegios de aquellos que siguen teniendo el control de diversos mercados, logrando generar así una competencia abierta en todo el modelo, será imposible pensar en la posibilidad de un crecimiento mayor al raquítico 2% de los últimos años.
Además, en tanto las economías de autoconsumo en el sur y sureste del país no rompan el ciclo de explotación y baja productividad y se dediquen a realizar actividades más rentables, no habrá forma de combatir la pobreza extrema que genera violencia y muerte sin límite alguno. La tentación de crecer por efecto de un mayor gasto público no es sólo “populismo”, sino la interpretación simplista de una realidad que ya no se ajusta a variables del siglo pasado, y que hoy no sólo no genera crecimiento, sino que produce inflación y mayor pobreza. La complejidad de la globalización requiere jugadores más audaces, pero al mismo tiempo responsables de los límites de sus acciones.
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