Los populistas

En el fondo, el proyecto populista está imbuido por un pensamiento mágico y una lógica voluntarista que supone la posibilidad de reproducir la riqueza por el simple deseo de apoyar a los desposeídos.

La tentación por acceder al poder y mantenerse en él con el apoyo permanente de la ciudadanía, lleva a ciertos políticos a delinear programas de gobierno que pretenden generar un rápido y constante crecimiento económico, redistribuyendo ingresos y combatiendo pobreza de forma tal que todos los intereses de la sociedad se concilien en torno a la figura de un caudillo incuestionable. El gran problema de esta opción de gobierno, más allá del autoritarismo con el que el líder maneja los hilos de mando, es la imposibilidad real de cumplir con todas las demandas sociales por el sencillo argumento de que no existen recursos ilimitados para dejar a todos  satisfechos.

En el fondo, el proyecto populista está imbuido por un pensamiento mágico y una lógica voluntarista que supone la posibilidad de reproducir la riqueza por el simple deseo de apoyar a los desposeídos y obligar a los dueños del capital a repartir sus ganancias. El desprecio por las leyes del mercado o el desconocimiento de las mismas, termina por generar catástrofes económicas que no sólo hacen desaparecer los logros iniciales del modelo populista, sino que degradan al máximo el nivel de vida de aquellos a los que juraron rescatar de las garras del capitalismo salvaje.

Los momentos de crisis económica, desempleo masivo y recesión, son el mejor caldo de cultivo para el surgimiento y eventualmente el triunfo de apuestas populistas que solucionan a través de la hechicería económica los males de una sociedad. La Venezuela de Chávez y Maduro y la Argentina de Cristina Fernández de Kirchner han repetido, una vez más, la política irracional de crecer sin sustento, para luego entrar en espirales inflacionarias destructoras de toda riqueza y beneficiarias de los más acaudalados capaces de acumular y proteger capitales a través de la dolarización y la especulación accionaria.

Cuando, al finalizar su mensaje con motivo del Tercer Informe de Gobierno, Peña Nieto hace referencia al populismo y sus riesgos, el dardo va dirigido al menos a dos grupos de poder. El primero claramente identificado en la figura de López Obrador, cuyo discurso populista se ubica al filo de la legalidad y en donde no hay lugar para espacio negociador alguno. La apuesta de Morena es claramente antisistémica, y por ello el rechazo a todo tipo de contacto con cualquier fuerza política no dispuesta a someterse a la estrategia del líder supremo.

Los desplantes de AMLO frente a las propuestas del liderazgo perredista o aquellas otras ofrecidas por el gobernador electo de Michoacán, Silvano Aureoles, reproducen claramente el espíritu populista del caudillo que se cree capaz de ganar solo la lucha por el poder y que, por lo tanto, posee la solución mágica a todos los problemas del país. Pero el mensaje también iba dirigido para aquellas “candidaturas independientes” que, en el fondo, representan opciones vinculadas a sectores económicos poderosos poseedores del capital necesario para enfrentar a la partidocracia.

El discurso voluntarista del gobernador electo de Nuevo León, Jaime Rodríguez El Bronco, se sitúa en esta dimensión, y si bien su plataforma no es lo extremadamente utópica que presenta López Obrador, queda claro que el “modelo independiente” en México responde no a una propuesta ciudadana surgida desde un grupo social determinado, sino que expresa la capacidad de reacción de sectores del empresariado mexicano que se perciben excluidos y, por lo tanto, dispuestos a desafiar al poder político establecido con su dinero y su influencia mediática aglutinadora de un real descontento popular.

En ambos casos se trata de populismos de distinto tipo, cuyo denominador común es la simplificación de la realidad que le permite al líder iluminado presentarse como el salvador de la patria. Cuidado.

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