La sucesión
Tratar de sacar de la jugada a un compañero de gabinete haciéndolo fracasar podría ser mortal en una democracia donde la posibilidad de perder es real y las fisuras internas cuestan muy caro.
En medio de una tormenta económica y del golpeteo político producido por la falta de resultados perceptibles para la sociedad, el Presidente de la República realizó cambios a su gabinete respetando los dos ejes de su gobierno desde el inicio de la administración. Osorio y Videgaray lastimados, el primero por la fuga de El Chapo y el segundo por la volatilidad financiera y el derrumbe de la producción petrolera, lograron reforzar sus posiciones al interior del grupo gobernante, en el entendido de que el nuevo equipo se ubica hoy, junto con ellos, en la carrera final para la sucesión de 2018, y que ésta será una disputa diferente a las que conocimos en la era del presidencialismo absoluto.
Anteriormente, cuando el triunfo del PRI se daba por descontado, la misión de cada aspirante a ser candidato del partido era la de descarrilar al compañero de gabinete para que el Presidente en turno escogiera como su sucesor al que había logrado eliminar a la mayor cantidad de oponentes, y le garantizase, además, cierta seguridad. Hoy el escenario es totalmente distinto. Cualquier error grave de un funcionario de alto nivel repercute en forma directa en la imagen del partido, y se convierte en un arma en manos de la oposición que, legítimamente, exige la responsabilidad colectiva de un gobierno y de su candidato interesado en ganar en las urnas
Tratar de sacar de la jugada a un compañero de gabinete haciéndolo fracasar podría ser mortal en una democracia donde la posibilidad de perder es real y las fisuras internas cuestan muy caro. Tanto Osorio, Videgaray, Nuño, Meade y Ruiz Massieu, así como el propio Manlio, saben que su posible candidatura apunta más al éxito de su gestión que al fracaso de los otros. Una debacle en lo económico o la pérdida de la interlocución política con los distintos factores reales de poder, no sólo dañarían una exitosa conclusión del sexenio, sino que obligarían a Peña a buscar otra candidatura ajena al gabinete para intentar competir con sus adversarios de derecha y de izquierda.
Si la lógica que ha utilizado el Presidente en el sentido de respetar la opción que parece más adecuada para lograr los equilibrios de poder y mantener sin rupturas la estructura interna se sostiene, la sucesión priista para 2018, donde el primer mandatario sigue teniendo un peso significativo en la decisión final, será más fácil de procesar, haciendo a un lado consideraciones de grupo, familia o de amigos personales. Como paso previo a la elección presidencial, habrá que transitar por la aduana de 12 comicios para elegir gobernadores en 2016, y de su resultado dependerá, en buena medida, el avance o retroceso de los contendientes por la candidatura presidencial tricolor.
Para todos ellos, el desafío consiste en presentar resultados positivos y reducir al mínimo los errores derivados de su ineficiencia, o de factores externos que determinan su actuación y que, de todas formas, son achacados a su responsabilidad. Habilidad y suerte son los dos elementos indispensables para avanzar en la carrera hacia la presidencia. Así, Morena ya tiene a su histórico candidato y el PRD busca sobrevivir en la izquierda, mientras el PAN se debate en una intensa búsqueda que casi siempre termina en Puebla, y los priistas preparan a su caballada que, a partir de este momento, se lanza en pos de la fórmula mágica —capacidad y suerte—, sin la cual es imposible ganar la contienda.
Falta un largo trecho para llegar al momento de la decisión final en lo referente a la candidatura priista, pero queda claro que, en esta ocasión, la carrera regresó al gabinete después de que la vida en la oposición obligara a los tricolores a voltear a sus gobernadores como alternativa al vacío presidencial.
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