¿Nuevo PAN?

En el tema de la inseguridad, los gobiernos panistas enfrentaron con poco éxito su lucha contra el crimen organizado.

Con el triunfo de Ricardo Anaya en la elección para conformar una nueva dirigencia nacional del PAN, se abre la puerta para la transformación de un partido que durante largo tiempo fue la oposición legitimadora del presidencialismo absoluto, y terminó por convertirse en un factor de poder determinante para la transición democrática mexicana. Sus dos sexenios al frente de la Presidencia, con claroscuros comunes a todo gobierno de alternancia, se caracterizaron por una estabilidad económica sin crecimiento significativo, una ampliación de las libertades civiles y el acomodamiento de sus administraciones a la estructura política y social de un priismo corporativo que se negaba a morir.

En el tema de la inseguridad, los gobiernos panistas enfrentaron con poco éxito su lucha contra el crimen organizado. Primero en el espacio de la negociación foxista, y después en el de la confrontación calderonista. En ambos casos, la falta de apoyo político de la oposición priista y perredista dejaron a los presidentes panistas sin el poder suficiente para avanzar en la transformación real del país. De hecho, el acercamiento al poder real emanado de la Presidencia de la República hizo de los blanquiazules políticos comunes y corrientes, fuertemente atraídos por los excesos económicos derivados de su cercanía con las arcas nacionales.

El poder y el dinero terminaron por corromper a dirigentes y militantes atraídos por su primera oportunidad de estar cerca de los dineros nacionales. Si los gobernadores se despachaban con la cuchara grande, por qué  no lo harían quienes desde la administración federal gozaban por primera vez de ese privilegio. La derrota del 2012 y los posteriores escándalos y enfrentamientos entre sectores dentro del PAN hicieron patente el grado de deterioro sufrido por el partido durante su estancia en la Presidencia y en los primeros años de retorno a la oposición. Calderonistas y maderistas, así como aquellos que proponían una tercera vía, encontraron en la figura de Ricardo Anaya una opción confiable para replantear de fondo la propuesta panista para la sociedad mexicana.

El papel de Anaya será el de intentar reducir al mínimo la desconfianza existente entre las distintas facciones partidarias, pero también abrir el partido a un nuevo modelo de participación al que hoy todas las agrupaciones aspiran para atraer a votantes desencantados de la partidocracia, sus excesos y abusos. Temas como el conservadurismo extremo, o la presencia de dinastías familiares de abolengo, así como el fantasma del inexistente, pero presente Yunque, alejan al PAN de la posibilidad de regresar a Los Pinos. Al igual que el PRD, Acción Nacional está obligado a arriesgar su voto duro en aras de convertirse de nuevo en una opción viable para la ciudadanía.

La recuperación de una tradición liberal adaptada a los tiempos actuales y la renuncia expresa a dogmas ideológicos vinculados con su voto duro, así como un control institucional del manejo del dinero por parte de sus dirigentes y representantes elegidos por el voto ciudadano, son hoy la apuesta que Anaya tendrá que ganar para revertir el deterioro partidario que los aleja de los votantes potenciales, capaces de llevarlos de nuevo a la silla grande. Se trata, de alguna manera, de romper con el pasado y dejar de simular que dentro de la institución cabe todo, desde ultras hasta moderados, pasando por traficantes de poder que se venden al mejor postor.

Paradójicamente, los partidos impulsores de la democratización del sistema político mexicano viven crisis derivadas de su problema de representatividad interna, mientras que el priismo regresa a la unidad a través del poder presidencial y un elemento de cohesión partidaria  como Beltrones. Son los vuelcos de una democracia todavía débil y vulnerable.

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