Nueva Izquierda
Para el PRD, la pérdida de posiciones se agudizó tras la ruptura con López Obrador, además del golpeteo interno por parte de los bejaranistas...
La idea de una izquierda unida en México se concretó plenamente con la creación del Frente Democrático Nacional, y después con el PRD como institución aglutinante de todo aquello que se definía como el movimiento progresista en nuestro país. A partir de esos momentos históricos, la unidad de la izquierda se basó en la presencia de liderazgos carismáticos fuertes a los cuales se subordinaron las distintas corrientes que conformaron el partido. Primero Cuauhtémoc Cárdenas y después López Obrador, se convirtieron en la última instancia que decidía el destino y funcionamiento del partido.
En ambos casos la izquierda fue incapaz de llegar a la Presidencia de la República, aunque estuvo cerca de ello, pero fue precisamente esa limitante la que provocó la fractura y, con ello, el surgimiento de Morena y el choque entre AMLO y el liderazgo perredista en manos de Nueva Izquierda, con Carlos Navarrete a la cabeza. La elección del pasado 7 de junio demostró el poderío de cada una de esas fuerzas, así como sus enormes diferencias personales y programáticas. Morena demostró la fuerza de su caudillo, así como del aparato corporativo construido a su alrededor, mientras que el PRD perdía bastiones en el Distrito Federal por el abandono de corrientes capaces de garantizar un voto duro cada vez más consolidado.
Para el PRD la pérdida de posiciones se agudizó tras la ruptura con López Obrador, además del golpeteo interno por parte de los bejaranistas, quienes supieron jugar sus fichas con unos y con otros. El saldo de esta primera elección con una izquierda confrontada fue el de la creación de tres bloques incapaces no sólo de encontrar un denominador común para llevar a cabo acciones conjuntas, sino también de fortalecer la idea de que sus respectivos proyectos eran compatibles el uno con el otro. Es por eso que sorprende la propuesta de Navarrete de intentar absorber a los restos del Partido del Trabajo, una organización más cercana al corporativismo de Morena que a lo que supuestamente pretende construir el PRD de Nueva Izquierda.
Y es que la tentación por seguir gozando de los privilegios que proporciona contar con votos asegurados que no requieren más que dinero para ganar elecciones y espacios de poder, es muy grande frente a aquella visión que está dispuesta a arriesgar capital político con la finalidad de construir una propuesta que privilegie la justicia social sobre la generación de riqueza, pero que sea aceptable para los grandes grupos de votantes en el país. Es el gran paso que permite hacer de un partido que se reparte dinero y cotos de poder para seguir disfrutando de los beneficios del negocio, otro cuyo objetivo sea gobernar y modificar las condiciones de vida de la población.
Es por esto que el PRD tendrá que tomar una decisión muy clara con respecto al tipo de izquierda que pretenda ofrecer a la ciudadanía. La unidad de las izquierdas es hoy imposible en función de la incompatibilidad de los distintos proyectos que componen esta tendencia política, por lo que Navarrete y su grupo requieren tomar la decisión de romper con los residuos de un corporativismo anacrónico y dañino para su propio partido, así como abandonar la doctrina del nacionalismo revolucionario como principio para resolver los problemas de pobreza y desigualdad social en el país.
Se trata de una verdadera revolución en donde está prohibido mirar hacia atrás, o verse seducido por los privilegios de un viejo corporativismo que sirve para el enriquecimiento personal y la permanencia en el poder, pero no para construir una opción política capaz de atraer a las mayorías y hacer de la izquierda una alternativa que pueda triunfar en 2018, sin tener que depender de caudillos ni de un nacionalismo trasnochado y obsoleto. De eso se trata.
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