Las alianzas
En 1999 se planteó una fallida candidatura presidencial única entre PAN y PRD.
En la mayoría de los casos los partidos políticos requieren de aliados de diferente signo político para conseguir su objetivo de llegar al poder y mantenerse. La ciudadanía raramente otorga todo el poder a una sola formación, ya sea en el marco de un régimen presidencialista o parlamentario. La democracia mexicana logró consolidarse en el momento en que la presión del bloque antipriista obligó al entonces partido de Estado a llevar a cabo transformaciones que paulatinamente condujeron a una competencia electoral con reglas aceptables para todos los contendientes.
En ese entonces, las coincidencias entre la izquierda perredista y la derecha panista pasaban por el filtro de la necesaria unión de sus fuerzas para generar el cambio político que se requería. Incluso, en 1999 se planteó una fallida candidatura presidencial única entre PAN y PRD, que no cuajó por las incapacidad de Cuauhtémoc Cárdenas y Vicente Fox de renunciar a sus aspiraciones personales. La idea de las alianzas entre izquierda y derecha pasó siempre por la línea de la alternancia y el desmembramiento del régimen de partido único. Sin embargo, la propia alternancia en el año 2000 no se dio en esos términos, puesto que el triunfo foxista fue parte de una avalancha social antipriista ajena a la competencia entre PAN y PRD.
El traslado del modelo aliancista para las elecciones en diferentes estados de la República, siguió basándose en la lógica de que únicamente unidos panistas y perredistas podían vencer al PRI. Si bien esto resultó cierto, también lo fue el hecho de que raramente se trataba de una alianza programática, sino más bien de un pragmatismo basado en una figura que, por su poder electoral o por haber disentido de las filas priistas, poseía las características necesarias para vencer al gigante tricolor. En realidad una vez elegidos, los gobernadores aliancistas se dedicaron a hacer lo que les vino en gana —como todo gobernador— sin que nadie pudiera pedirles cuentas por ello.
Personajes como Ángel Heladio Aguirre Rivero en Guerrero, o Gabino Cué en Oaxaca, Moreno Valle en Puebla y Mario López Valdez en Sinaloa, terminaron por armar proyectos propios de gobierno sin que existiera la más mínima necesidad de referirse a la ejecución de un programa aliancista. En algunos casos como el de Aguirre, la elección de un disidente priista se convirtió en el peor error para amarillos y blanquiazules, al toparse con un personaje incapaz e irresponsable, del que todavía se espera que alguien lo lleve ante la justicia por los abusos de todo tipo cometidos por él en Guerrero.
No se trata de rechazar las alianzas porque se pretenda conciliar proyectos ideológicos que a primera vista son contradictorios. Ése no es el problema. Las alianzas entre izquierda y derecha han sido viables en muchas democracias cuando el programa y su ejecutor se encuentran en la misma sintonía y funcionan como parte de un equipo de gobierno plural y coordinado. No es ésta la experiencia mexicana en donde el tema del programa es secundario y lo importante es saber si el candidato puede o no ganar la elección. Esto ha funcionado en algunas ocasiones, pero en otras ha desdibujado la imagen de los ya de por sí devaluados partidos políticos.
Ganar la elección y perder el control del ejercicio de gobierno debido a la concentración de poder en manos de gobernadores parece ser la peor carta de presentación para aquellos que insisten en la necesidad de alianzas opositoras destinadas a terminar con el dominio del PRI en algunas entidades del país. Frente a las candidaturas independientes y los cacicazgos locales aún existentes, las alianzas tienen que establecer contenidos concretos fácilmente perceptibles para una ciudadanía hastiada de candidatos carismáticos y resultados nulos durante su gestión de gobierno.
Twitter @ezshabot
