El gabinete

No se trata aquí únicamente de fincar las responsabilidades por esta imperdonable falla de seguridad, sino de medir adecuadamente las consecuencias.

La conformación de un equipo de colaboradores se convierte en la máxima prioridad para un gobernante que pretenda llevar a cabo con éxito un proyecto político durante el lapso que dure su administración. El dilema siempre es el mismo: eficiencia o lealtad, en el entendido que el ideal es contar con funcionarios que posean ambas características es difícil de obtener, al menos, en la totalidad de las posiciones que se requieren para gobernar un determinado estado. Por ejemplo, Felipe Calderón fue de los mandatarios que privilegiaron el tema de las lealtades por encima de las capacidades de sus allegados para ejercer el poder, lo que lo llevó a

terminar su sexenio gobernando con unos cuantos colaboradores.

El gabinete de Peña Nieto se construyó bajo la base de dos bloques políticos unidos en torno a la popularidad del hoy Presidente. El de los mexiquenses que mantiene la hegemonía en el gobierno y que tiene en la figura de Luis Videgaray a su máximo representante, junto con aquellos otros provenientes de Hidalgo apoyados en la figura de Miguel Ángel Osorio Chong al frente de la Secretaría de Gobernación. En ambos casos las condiciones de eficiencia y lealtad han sido los ingredientes que le han permitido a Peña gobernar el país con relativo éxito durante los casi tres años, y con pocos cambios al interior de su equipo de trabajo.

La crisis de la Casa Blanca fue sorteada con eficacia, no así la de Ayotzinapa, donde la responsabilidad de las autoridades guerrerenses en la masacre fue trasladada del gobierno perredista local, a las autoridades federales, lo que explica la remoción de Jesús Murillo de la PGR, y el  reacomodo de fuerzas como consecuencia de ello. Los datos de la recuperación económica del país que apenas comienzan a percibirse en la realidad cotidiana de la población, permiten al secretario de Hacienda obtener una ganancia política que había estado disminuida por los efectos negativos de la Reforma Fiscal en amplios sectores de la población.

El complejo equilibrio de poderes al interior del gabinete se vino abajo con el affaire de El Chapo, donde el cuestionamiento al aparato de seguridad del estado comenzó en las autoridades del penal del Altiplano, sin que se sepa hasta dónde puede llegar. Si bien es cierto que los secretarios de Estado son una fuerza de apoyo y contención para proteger al Presidente de los embates políticos de la oposición, más lo es el hecho de que sacrificar al secretario de Gobernación por esta falla garrafal de los sistema de inteligencia nacionales, sería como permitir que el túnel de El Chapo alcanzase las cercanías de Los Pinos.

No se trata aquí únicamente de fincar las responsabilidades por esta imperdonable falla de seguridad, sino de medir adecuadamente las consecuencias de una decisión que, tratando de cuidar el proyecto político del sexenio, termine por destruir el equilibrio de poderes entre mexiquenses e hidalguenses que le ha permitido al Presidente gobernar sin mucha grilla interna durante este tiempo. En este sentido, las especulaciones que se hacen en relación con la incorporación de Manlio Fabio Beltrones al gabinete están condicionadas por el binomio eficacia-lealtad, que no le es fácil de procesar a la alianza mexiquense-hidalguense a pesar de lo demostrado por el sonorense desde la campaña electoral y durante estos casi tres años de gobierno.

Transformar a fondo el gabinete implica —como lo demuestra el caso Mancera— una redefinición de alianzas y la ruptura con aquellos que no han funcionado, o francamente se han mostrado como desleales. Este es el dilema que enfrenta Peña Nieto para los próximos días o meses, y que señalará su rumbo para la última parte del sexenio. Con esto Peña Nieto se juega el éxito o fracaso de un proyecto reformador que hoy está en la cuerda floja.

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