Los fantasmas del pasado
Sólo el PRI puede desmontar al PRI, al igual que los franquistas desmontaron la dictadura y construyeron un modelo democrático alternativo. Los estudiosos de las transiciones entre un modelo autoritario y uno democrático, sostienen que son específicamente aquellos que ...
Sólo el PRI puede desmontar al PRI, al igual que los franquistas desmontaron la dictadura y construyeron un modelo democrático alternativo. Los estudiosos de las transiciones entre un modelo autoritario y uno democrático, sostienen que son específicamente aquellos que formaron parte del viejo régimen los que tienen la habilidad y la fuerza para anular aquellas instancias de poder anacrónicas y que representan un obstáculo para la construcción de un sistema diferente. La razón por la cual lo hacen, no radica en una transformación de sus orígenes autoritarios, sino más bien en la necesidad pragmática de sobrevivir a las presiones de una sociedad que no acepta vivir ya bajo el yugo del poder omnímodo de un individuo o de un partido.
Los 12 años de la alternancia panista, si bien consiguieron modificar las reglas del juego político, no pudieron desbaratar a las organizaciones e instituciones del antiguo régimen que se acomodaron a las nuevas condiciones y, de hecho, sacaron ventaja del debilitamiento de un presidencialismo democrático carente de andamiaje jurídico y político para actuar como tal. Por ello, las reformas estructurales no se aprobaron en ese periodo, y no fue sino hasta el regreso del PRI a Los Pinos cuando éste asumió su papel como guía del cambio económico y político y, por lo tanto, obligado a romper con sus viejos aliados sindicales que, ahora sí, representaban un obstáculo para su proyecto de país.
La eliminación del cacicazgo magisterial en la figura de Elba Esther Gordillo suponía el primer paso en el camino hacia la construcción de una nueva realidad que permitiese recuperar al Estado mexicano el control de la educación y su necesaria modernización en el corto plazo. El tema de la disidencia magisterial en manos de la CNTE parecía en ese momento un problema secundario fácilmente manejable a través de la negociación política y la canalización de recursos desde el gobierno federal hacia los distintos liderazgos locales del magisterio disidente.
El error en la estrategia del gobierno de Peña Nieto se debió a su intención de negociar con la Coordinadora como si se tratase de un grupo dispuesto a renunciar a su existencia misma como grupo de poder, y amoldarse a las nuevas reglas que les arrebataban a los líderes sindicales el privilegio de dirigir el sistema educativo por encima del Estado mexicano. Rubén Núñez, líder de la Sección 22, lo dijo claramente: “Hacer política es un trabajo que las bases nos han encomendado”. Y tiene razón, la Reforma Educativa aprobada representa el fin para una organización cuyo objetivo es formar activistas políticos dispuestos a mantener la lucha por una causa revolucionaria no claramente definida y para lo cual el fin justifica los medios.
La CNTE es esa agrupación surgida al amparo de gobernadores de Oaxaca quienes prometieron mantener a grupos armados bajo control a través de esta organización, y que luego la utilizaron como instrumento de chantaje político. Es parte del viejo corporativismo que se niega a morir y que, para ello, reivindica el uso de la fuerza y la humillación para todo aquel que se interponga en su camino, siguiendo los lineamientos del maoísmo, cuya bandera siguen ondeando. Es uno de estos fantasmas del pasado que, se pensó, desaparecerían junto con el cacicazgo de Gordillo, y que, al menos en Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Michoacán, sigue vivo y dispuesto a inmolarse por la causa.
En este contexto, al gobierno federal no le queda de otra que desmontar a este viejo aparato de poder utilizando la ley, pero también el consenso político generado alrededor de esa Reforma Educativa aprobada, y que es la única esperanza para millones de niños mexicanos. No hay de otra.
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