Una buena, entre muchas malas
En estos días se ha registrado un encuentro entre el ministro israelí de asuntos estratégicos, Ron Dermer, y el ministro de exteriores sirio, Assad al-Shaibani. El reporte es que con ello se han abierto las posibilidades de llegar a un acuerdo de seguridad entre ambas naciones.
Para los pueblos habitantes de Oriente Medio el panorama es hoy especialmente sombrío y cargado de augurios pesimistas. La guerra entre Israel y Hamás está entrando en una fase expansiva que presagia más sufrimientos y víctimas a los dos lados de las trincheras. Netanyahu se rehúsa a poner fin a los operativos militares destinados a tomar la ciudad de Gaza, a pesar de que tres cuartas partes de la sociedad israelí no concuerdan con él, mientras que Hamás se niega a liberar a los 48 rehenes vivos y muertos que tiene en su poder desde hace casi dos años. Paralelamente, continúa el intercambio de ataques entre los hutíes e Israel, en un ping-pong macabro que no tiene visos de terminar.
En cuanto a Irán, todo indica que, a pesar de su debilitamiento producto de la guerra de 12 días que mantuvo recientemente contra Israel, su régimen continúa empeñado en proseguir con su objetivo de hacerse de poderío nuclear bélico. Los últimos esfuerzos del grupo E3 (Gran Bretaña, Francia y Alemania) para llegar a un acuerdo al respecto con Teherán fueron infructuosos, por lo que está en curso la reposición de una serie de sanciones económicas que, sin duda, agudizarán la profunda crisis en la que está sumida la población iraní, agobiada por la escasez, las devaluaciones constantes de su moneda, el desempleo y desde luego, la tiranía del gobierno que durante los últimos meses ha procedido a torturar y ejecutar a una cantidad pavorosa de ciudadanos acusados de “traición a la patria”.
Dentro de este contexto tan fértil en violencia, destaca en estos momentos el hecho de que la profunda enemistad y hostilidad prevaleciente entre Siria e Israel desde hace 77 años, podría estar cediendo para dar inicio a una nueva relación que tan sólo hace unos cuantos meses era inimaginable. Desde 1948 el régimen de Damasco se rehusó a reconocer la legitimidad de la existencia de Israel, por lo cual a lo largo de casi ocho décadas se mantuvo oficialmente en estado guerra contra él. Hoy esta situación parece entrar a una fase distinta, ya que con la caída del régimen alawita de Bashar al-Assad a fines del año pasado, el nuevo gobierno encabezado por el sunnita y exmilitante del ISIS, Ahmed al-Sharaa, se enfrenta a una coyuntura en la que llegar a ciertos acuerdos con Israel le resulta útil para consolidarse en el poder y recuperar mínimamente la devastada economía siria tras 14 años de guerra civil que produjo 500 mil muertos y lanzó al exilio a cinco millones de sus ciudadanos.
Dentro del contexto geopolítico regional, Siria se halla hoy en una situación cualitativamente distinta. Ha dejado de pertenecer al eje Irán-Hezbolá-Hamás- hutíes, y ha sido arropado por el presidente Trump, quien procedió a retirarle múltiples sanciones bajo las cuales había estado Siria en la última década y media. En otras palabras, cambió de bando, lo cual le ha permitido al presidente Al-Sharaa ser invitado a la reunió de la Asamblea General de la ONU que se celebrará la próxima semana en Nueva York. Más allá de que se trata de una presencia insólita ahí, resalta el hecho de que en estos días se ha registrado un encuentro entre el ministro israelí de asuntos estratégicos, Ron Dermer, y el ministro de exteriores sirio, Assad al-Shaibani. El reporte es que con ello se han abierto las posibilidades de llegar a un acuerdo de seguridad entre ambas naciones.
En una entrevista celebrada el 17 de septiembre, Al-Sharaa declaró que las pláticas están progresando satisfactoriamente y es posible llegar pronto a un acuerdo que pavimente el camino para entendimientos adicionales, aunque aclaró que ello no implica un acuerdo de paz ni la normalización de relaciones. Pero es evidente que las dos naciones pueden beneficiarse significativamente de este acercamiento. Al-Sharaa conseguiría el retiro de las fuerzas militares israelíes hoy en su territorio y con ello aumentaría su legitimidad tanto internamente como en el concierto internacional. Y, adicionalmente, habría posibilidad real de una remoción permanente de las múltiples sanciones internacionales de las que ha sido objeto por tanto tiempo.
En cuanto a Israel, el consolidar el acercamiento hoy en curso podría brindarle acuerdos diplomáticos que darían pie a una frontera mucho más segura, libre ya de la amenaza que significó por tanto tiempo la alianza de la Siria de Assad con el régimen iraní de los ayatolas, enemigo acérrimo de Israel. Sin duda es una buena noticia que un frente de guerra que ha durado casi ocho décadas esté en posibilidad de dejar de serlo.
