Las teocracias
Organizaciones como la teocracia iraní basan la mayoría de sus directrices políticas en el objetivo privilegiado de hacer avanzar la guerra santa al costo que sea. No importa el precio en vidas humanas ni en destrucción ejercida, con tal de que al final de los tiempos el islam reine y los infieles sean exterminados o sometidos
La incertidumbre acerca de lo que pasará entre EU e Irán en los próximos días tiene a los habitantes de Oriente Medio y al mundo en general en una angustiosa espera. La muy posible expansión de ese conflicto se sumaría a la creciente inestabilidad del actual entorno global, tan convulso y violento desde que hace cuatro años Rusia invadió a Ucrania, y meses después se inició la guerra Hamás-Israel. Ante este panorama, resulta sin duda útil revisar algunos de los rasgos que pueden incidir en el desenlace de este drama.
Porque hay que tomar en cuenta que la naturaleza de las sociedades y regímenes dominantes en la región de Oriente Medio ofrece un perfil bastante distinto a lo que estamos acostumbrados a ver en Occidente, donde el secularismo ha ido ganando terreno desde tiempo atrás, con la consecuencia de que religión y Estado por lo general operan separados, con fricciones y coincidencias ocasionales que, sin embargo, no alcanzan a anular la consideración esencial de que la fe religiosa es un asunto privado que no debe mezclarse con la reglamentación oficial que rige la vida ciudadana general, ni con la decisiones de política exterior.
Distinto es lo que sucede en la mayoría de las naciones de Oriente Medio donde operan con mayor fuerza impulsos de matriz religiosa. Quizá por el hecho de que la región fue históricamente la cuna de las tres religiones monoteístas, ahí se observa una intervención sustancial de principios basados en la fe para la construcción y funcionamiento de la vida pública. Hay teocracias absolutas, como la de Irán, cuyo régimen se rige por la sharía o ley islámica y cuyos altos mandos están en manos del clero chiita encabezado por el gran ayatola, parecido a como funciona el actual Afganistán de los talibanes. Aunque con matices diferenciados, el fenómeno también opera en países como Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes y el resto de las naciones de la península arábiga, todos ellos con legislaciones inspiradas en buena medida en sus textos sagrados y en las tradiciones derivadas de las exégesis de tales textos acumuladas a lo largo de siglos. Basta observar en estos casos la condición de inferioridad oficial de las mujeres y las crueles sanciones ante la blasfemia o el abandono de la fe musulmana para calibrar el peso de tales tradiciones y principios valorativos.
En los entornos arriba citados es frecuente encontrar así al concepto de la jihad o guerra santa, que ha sido retomado del lejano pasado para prosperar y cobrar impulso en las últimas décadas. Organizaciones que atraviesan todo Oriente Medio como la Hermandad Musulmana, Al Qaeda, ISIS, Hamás, los talibanes en Afganistán, lo mismo que la teocracia iraní, basan la mayoría de sus directrices políticas en el objetivo privilegiado de hacer avanzar esa guerra santa al costo que sea. No importa el precio en vidas humanas ni en destrucción ejercida, con tal de que al final de los tiempos el islam reine y los infieles sean exterminados o sometidos.
Hace algunos días Steve Witkoff, uno de los principales representantes de EU para mediar en el conflicto entre Rusia y Ucrania, lo mismo que para conseguir el compromiso del régimen iraní de cancelar su carrera nuclear con fines bélicos, expresó su desconcierto ante la resistencia de Teherán a asumir tal compromiso cuando lo que podía ganar a cambio en términos prácticos –fin de las sanciones económicas, mejoramiento de las condiciones de vida de su población, incorporación digna del país a la comunidad internacional y estabilización general promotora de crecimiento sostenido– fue rechazado por los representantes iraníes en las tres rondas de negociaciones que se han llevado a cabo las últimas semanas. Extraño que Witkoff, como muchos otros políticos de talla internacional, no se haya percatado aún de que para gobiernos teocráticos y organizaciones jihadistas, la verdad absoluta reside en sus manos y sólo en ellas. De tal suerte que la consigna suprema de la guerra santa contra los infieles está por encima de cualquier otra consideración. Conceptos como respeto a la vida humana y a la diversidad, o convivencia pacífica con los diferentes no juegan ningún papel preponderante dentro de sus agendas.
