Sudán, una masacre más
En el caso Israel-Hamás existe en el imaginario colectivo global la idea de que en ese binomio integrado por israelíes-judíos de un lado, y palestinos del otro, se ha afianzado desde hace mucho el esquema de que se trata de un conflicto entre los indudablemente buenos contra los indudablemente malos.
No aparece en titulares de los noticieros en casi ningún lugar del mundo, ni tampoco convoca a marchas de solidaridad entre las buenas conciencias de Occidente, y sin embargo se trata de una tragedia humanitaria de dimensiones extraordinarias que precisamente esta semana ha tenido su punto climático con la masacre de 2 mil 350 personas. Esto en Sudán, donde desde principios de 2023 se escenifica una cruenta guerra civil que cuenta ya con 150 mil víctimas mortales y ríos de desplazados cuyo número se calcula en 11.5 millones. Los actores en esa sangrienta confrontación son las fuerzas gubernamentales sudanesas, encabezadas por el primer ministro Kamil Idris, y el grupo paramilitar denominado Fuerzas Rápidas de Apoyo, que acaban de capturar la ciudad de El-Fasher, el último centro urbano de importancia en la zona de Darfur.
El domingo pasado los militantes de las Fuerzas Rápidas de Apoyo declararon victoria en su campaña para tomar El-Fasher, luego de un sitio que duró 18 meses y que mantuvo atrapados a 300 mil de sus habitantes en condiciones deplorables, sometidos a bombardeos continuos y a la falta de agua y alimentos. La conquista final de la ciudad estuvo acompañada de escenas de ejecuciones en masa, mutilaciones y torturas, que al estilo del Hamás palestino y de ISIS, fueron grabadas por los propios perpetradores para que quedaran como testimonio orgulloso de lo conseguido. En los últimos días de la lucha, convoyes de ayuda médica fueron confiscados y sus trabajadores tomados como rehenes para exigir por cada uno de ellos un rescate de 2 mil 500 dólares. Sobrevivientes de la masacre en El-Fasher que lograron refugiarse en el pueblo vecino de Tawila, describieron el horror vivido al haber presenciado actos de violenta rapiña, violaciones y niños asesinados frente a sus padres.
Muy escasas voces se escuchan en el mundo para condenar lo que está ocurriendo en Sudán, tragedia humanitaria que no es la primera padecida por su población, ya que a lo largo de los 30 años que rigió el gobierno encabezado por el tirano Omar Al Bashir, derrocado en 2019, las matanzas, especialmente en la zona de Darfur, fueron prácticas comunes. Una pregunta pertinente es, sin duda, ¿por qué existe una pasividad tan generalizada a nivel global en situaciones como ésa? Quizá se trata de que despiertan muy poco interés los conflictos en los que se enfrentan árabes contra árabes o africanos contra africanos. Al no conocer antecedentes ni tener estereotipos que diferencien a los bandos en pugna, la respuesta de la opinión pública internacional es casi siempre de indiferencia. No contar con una idea previa de quiénes pueden considerarse los buenos y quiénes los malos, impide tomar partido.
El contraste con lo que ha pasado durante la guerra entre Israel y Hamás es, así, notable. Siendo éste un conflicto evidentemente violento y destructor, no ha tenido, sin embargo, ni la duración ni un saldo de víctimas que siquiera se acerque a lo que sucede en Sudán desde hace años. Una de las respuestas posibles a esa diferencia tiene que ver probablemente con el hecho de que, en el caso Israel-Hamás, existe en el imaginario colectivo global la idea de que en ese binomio integrado por israelíes-judíos de un lado y palestinos del otro, se ha afianzado desde hace mucho el esquema de que se trata de un conflicto entre los indudablemente buenos contra los indudablemente malos. No hace falta decir que hay dos mil años de estereotipos negativos acerca de los judíos y que el arraigo de ellos es de tal envergadura que no ha sido posible extirpar esos prejuicios antijudíos que brotan de inmediato cuando la ocasión es propicia.
Esta semana se conmemoró en el Vaticano el aniversario número sesenta de la declaración Nostra Aetate, promulgada en el marco del Concilio Vaticano Segundo convocado por el papa Juan XXIII. La parte medular de la declaración estuvo enfocada al diálogo interreligioso, lo mismo que a un mea culpa de la Iglesia por los daños y pesares infligidos a los judíos a lo largo de la historia. A ellos se les exculpó del crimen del deicidio y se les abrazó como hermanos en la fe compartida a través de tantos nexos. El horizonte cambió desde entonces para el pueblo judío, que vivió un alivio nunca antes experimentado en su larga vida diaspórica. Hasta que llegó el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y los demonios del antisemitismo volvieron a hacerse presentes.
