Sudán: de lo que no se habla
Según la Organización para la Migración de la ONU, más de 10 millones de personas han sido desplazadas.
El resultado de nuestros recientes comicios y sus posibles consecuencias, Trump y sus locuras, las elecciones en el Parlamento Europeo, Rusia y su agresión a Ucrania, las hábiles maniobras político-económicas de China, la guerra Hamás-Israel y las apasionadas manifestaciones propalestinas en campus universitarios, en calles y avenidas de capitales diversas, son los temas que en estos días capturan la mayor parte de la atención de los medios de comunicación tradicionales y de las redes sociales, presentándolos de manera obsesiva. Pero ese gran ruido sofoca muchos otros asuntos cuya gravedad no es menor, asuntos que tienen que ver con el desplazamiento, sufrimiento y muerte de millones de seres humanos para quienes no hay siquiera el mínimo consuelo de que su fatal suerte sea tomada en cuenta por las multitudes enganchadas con lo que los medios y sus hábiles manipuladores deciden venderle al gran público.
Escribo esto porque sólo en un muy escondido lugar de la prensa escrita encontré referencias a masacres poco o nada conocidas y de dimensiones inconcebibles que han ocurrido y siguen haciéndolo cada vez con más ferocidad en Sudán, país africano y miembro de la Liga Árabe, donde el estado de guerra interna se remonta a más de dos décadas atrás, pero que en el último año ha cobrado dimensiones de horror. Quienes actualmente se enfrentan en esta cruenta guerra en las zonas de Darfur y El Fasher son el Ejército Sudanés y la Fuerzas Rápidas de Apoyo Paramilitar, que han matado a cientos de miles de civiles, provocando un éxodo de millones.
Parece ser que las cosas han llegado a tal nivel de barbarie, que el fiscal de la Corte Internacional de Justicia, Karim Khan, acaba de declarar que “…hay evidencia creíble proveniente de fuentes diversas acerca de ataques contra población civil, en particular contra campos de desplazados internos… donde se muestra un extendido uso de violaciones y otras formas de violencia sexual, junto al bombardeo de áreas civiles, rapiña contra propiedades y ataques directos a hospitales”.
Según los observadores, los dos bandos participan por igual en esos crímenes, que en realidad son la continuación de lo visto en las guerras previas entre población árabe y no árabe del país. En estos momentos, el conflicto muestra una raíz étnica, siendo la comunidad masalit la más afectada. Las cifras de víctimas reportadas son espeluznantes. Según la Organización para la Migración de la ONU, más de 10 millones de personas han sido desplazadas, por lo que califica a la situación como la peor catástrofe humanitaria en el mundo, con 150 mil muertos desde abril de 2023.
Tedros Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud, acaba de pedir a la comunidad internacional no olvidar la situación en Sudán, que tras 14 meses de guerra civil se ha convertido en “la mayor crisis humanitaria de la actualidad… en la que la población muere no sólo por la violencia, sino también por la falta de acceso a servicios de salud esenciales y medicinas, además de haber un riesgo muy real de hambruna masiva en algunas regiones”.
Lógicamente, surgen varias preguntas. ¿Por qué los grandes medios y los usuarios de redes sociales no cubren esa inmensa tragedia? ¿Por qué no hay fotos ni videos que muestren esa barbarie? ¿A qué se debe la falta de interés por escenas que podrían generar indignación o bien venderse a los ojos de quienes son adictos al morbo inherente a escenas sangrientas y descarnadas? Tal parece que las respuestas podrían girar alrededor de un hecho evidente: no hay conocimiento previo de lo que ahí ocurre, como tampoco existen prejuicios o estereotipos que puedan ser útiles para determinar quiénes son los buenos y quiénes los malos. Son africanos de tez oscura que enfrentan a africanos con igual color de piel, y en ese contexto no hallan referencias para tomar partido.
Existe una enorme clientela de los medios de comunicación y las redes sociales que desde la comodidad de sus casas, universidades y celulares están ávidos de embarcarse en una militancia que brinde sentido a sus vidas, más allá de su cotidianeidad. Para ellos, casos como el de Sudán son un fiasco en términos de la emoción que entraña tomar un partido con fervor. Así que se le ignora para dedicarse en cambio a hincar el diente al manjar que ofrecen otras realidades que posibilitan ondear banderas y gritar consignas a favor o en contra de lo que la gran masa, con sus visiones simplonas, prejuicios y estereotipos a cuestas, impone y exige para quedar en el bando de las buenas conciencias.
