Siria e Israel: los drusos
Se caracterizan por su religión emparentada con el islam, a la cual mantienen en secreto dentro de sus comunidades donde se practica una endogamia bastante estricta con objeto de mantener viva su identidad.
El complicadísimo rompecabezas que es el Oriente Medio presenta hoy un conflicto adicional a los muchos que han asolado a la región en los últimos dos años. En estos días ha aparecido en escena una minoría étnica-religiosa, los drusos, que han sido el eje alrededor del cual ha estallado esta semana una violencia preocupante que enreda aún más el de por sí caldeado ambiente que se vive en la zona.
Los drusos se caracterizan por su religión emparentada con el islam, a la cual mantienen en secreto dentro de sus comunidades donde se practica una endogamia bastante estricta con objeto de mantener viva su identidad. Si bien su lengua materna es el árabe, su cultura los hace distintos al resto de los árabes, y como rasgo peculiar destaca el hecho de que tradicionalmente han sido leales a la nación dentro de la cual viven. Es así como los drusos que habitan en Israel poseen ciudadanía israelí con los derechos y obligaciones implícitos en tal condición, incluida la participación en el ejército y en ciertas esferas gubernamentales, mientras que las comunidades drusas de Siria han sido leales al Estado sirio desde siempre.
A fin de contextualizar lo que hoy sucede con los drusos, hay que recordar que el derrumbe en Siria del régimen totalitario de Bashar al Assad en diciembre pasado fue la culminación de la brutal guerra civil que estalló en 2011 y del sismo regional que se desató a partir de la masacre realizada por Hamás en Israel el 7 de octubre de 2023. El poder del tirano y sus aliados se desmoronó a partir de la suma de factores adversos a él a lo largo del último año y medio.
Ahmed al Sharaa, un sunnita, exmilitante de Al Qaeda, fue quien encabezó la embestida final contra el gobierno de Al Assad, desplazando del poder al clan de los alawitas al que pertenecía el dictador. De tal forma que hoy en Siria impera un nuevo orden, o más bien, un nuevo desorden. Al Sharaa se presenta ante el mundo como alguien que se ha rehabilitado de su pasado terrorista y yihadista. Trajeado a la occidental y con promesas de sacar adelante a Siria, consiguió ganarse la simpatía del presidente Trump a partir de un encuentro que tuvieron en Arabia Saudita hace dos meses. De inmediato, en una reacción sorpresiva, Trump anunció que confiaba en Al Sharaa, por lo que ordenó eliminar la mayoría de las sanciones económicas que pesaban sobre Siria desde hace casi 15 años. Dentro del plan del mandatario estadunidense, había que incorporar a Siria en la órbita occidental para que eventualmente formara parte de la ampliación de los Acuerdos de Abraham. El surgimiento de una alianza regional que incluyera a Israel, Siria, Líbano y los ricos países árabes del golfo, con Arabia Saudita a la cabeza, sería un logro mayúsculo de la administración de Trump y le daría quizás el premio Nobel con el que sueña.
Sin embargo, lo ocurrido esta semana con los drusos de Siria pone en jaque el plan de Trump. Por lo visto, el presidente Al Sharaa no ha podido controlar a las diversos bandos étnicos y religiosos que se mueven en su país. La prueba más reciente de ello fue el caos y el saldo pavoroso de muertos, más de 500, dentro de la localidad drusa de Sweida en el sur de Siria. Un inicial ataque de bandas de beduinos contra los drusos derivó en el ingreso de tropas del gobierno de Al Sharaa.
En medio de esa confusión, los drusos israelíes que habitan al otro lado de la frontera cruzaron por centenares a auxiliar a sus hermanos drusos sirios, simultáneamente al ingreso de fuerzas militares israelíes que los apoyaron mediante una campaña en la que soldados de a pie y aviación participaron, llegando sus acciones muy cerca de Damasco. Fue así como la contienda que comenzó como un pleito sangriento entre dos minorías sirias –beduinos y drusos– fue complicándose con la intervención de nuevos actores. En última instancia, Trump ha exigido, tanto al presidente sirio como al gobierno israelí, la restauración de la calma.
La situación dista de resolverse a pesar de que las armas se han acallado por el momento. Pero este episodio muestra con claridad que, así como ha sucedido por décadas en Líbano, también en Siria los conflictos sectarios entre etnias, religiones e intereses particulares constituyen volcanes capaces de explotar en cualquier momento. Si Trump pensó que la estabilidad en Siria con Al Sharaa a la cabeza estaba asegurada y los avances para incorporar a ese país en los Acuerdos de Abraham fluirían sin mucho problema, lo que ha pasado esta semana en la zona drusa ha mostrado lo contrario.
