Siria: a un año del cambio
Ahmed al Sharaa, el líder rebelde triunfante y actual presidente de Siria, era un personaje desconocido y entre sus datos biográficos sólo se sabía que había sido militante de ISIS,por lo tanto, buscado por las fuerzas de inteligencia de EU en calidad de terrorista.
Estos días se está cumpliendo un año de la caída del régimen de Bashar al Assad en Siria, tras una corta campaña militar encabezada por fuerzas sunnitas al mando de un hombre llamado Ahmed al Sharaa. Lo que no se pudo lograr en más de una década de guerra civil, que cimbró al mundo por su crueldad y sus millones de expulsados, se consiguió de manera sorpresiva en un lapso brevísimo, como si la embestida de Al Sharaa y su gente hubiera sido el último soplido que derrumbó a esa endeble dictadura que se había mantenido en pie gracias al soporte brindado por Irán y el Hezbolá libanés, lo mismo que la Rusia de Putin.
A fines de noviembre del 2024 ya era patente que esas tres fuentes de apoyo al régimen de Al Assad no eran capaces de seguir sosteniendo al dictador de Damasco. Desde hacía tiempo Putin se concentraba en su propia guerra contra Ucrania, y en cuanto a Irán y Hezbolá, su músculo militar operativo había dejado de ser lo robusto que era debido a los golpes recibidos de parte de Israel. Desde que Hamás desató su guerra contra éste el 7 de octubre de 2023, Irán y Hezbolá se incorporaron a ella abriendo frentes alternativos que no les fueron propicios, lo que derivó en una imposibilidad de seguir dando respiración artificial al inquilino del palacio presidencial de Damasco, quien junto con su familia huyó de inmediato al exilio moscovita, cargado con su fortuna multimillonaria.
Ahmed al Sharaa, el líder rebelde triunfante y actual presidente de Siria, era en aquel entonces un personaje desconocido y entre sus datos biográficos sólo se sabía que había sido militante de ISIS y, por lo tanto, buscado desde hacía tiempo por las fuerzas de inteligencia de EU en calidad de terrorista. Y aunque hasta la fecha sigue siendo un personaje rodeado de misterio por la trayectoria que ha seguido, puede afirmarse que ha conseguido dar un giro decisivo a su perfil al haber sido capaz de asumir un papel institucional que no concuerda con su imagen previa de abanderado del radicalismo islámico.
Ya en el poder, su raíz sunnita le facilitó ser acogido por gobiernos árabes del Golfo Pérsico, como Arabia Saudita y Emiratos, lo que a su vez lo condujo hacia un encuentro con el presidente Trump, quien en una de sus visitas a Riad en que coincidieron, le otorgó su espaldarazo anunciando que estaba dispuesto a retirarle a Siria la mayoría de las sanciones internacionales que pesaban contra el país desde el estallido de la guerra civil en 2011.
A partir de entonces se ha consolidado Al Sharaa como presidente de Siria, participando en foros como la Asamblea General de la ONU en Nueva York en octubre pasado. En esa ocasión se reunió incluso con un puñado de judíos estadunidenses descendientes de las decenas de miles de judíos expulsados de Siria en los años 40 y 50 del siglo pasado, quienes, perseguidos y masacrados por su condición judía, tuvieron que abandonar forzadamente la tierra en la que habían vivido por siglos. Por lo pronto, el panorama a futuro del Estado sirio se aprecia menos sombrío que durante el largo reinado de la familia Assad, que duró 54 años. Se ha rehabilitado su legitimidad internacional, se le están retirando muchas de las sanciones que sufría y hay amplias posibilidades de inversiones foráneas para la reconstrucción de la infraestructura y el impulso a la actividad económica.
Pero aún no se puede cantar victoria, quedan problemas mayúsculos en múltiples áreas, en especial en el tema de las confrontaciones sectarias derivadas del mosaico étnico-religioso que caracteriza a su población –sunnitas, chiitas, alawitas, drusos, kurdos y cristianos– cuestión que constituye uno de los mayores desafíos para su estabilización y el fin de la violencia. Además del reto de cómo enfrentar la presencia de tropas turcas e israelíes en ciertas zonas del país, ambas instaladas ahí en función de sus particulares intereses. Israel en razón de su seguridad fronteriza, y Turquía bajo el argumento de impedir que el activismo nacionalista de los sirios-kurdos refuerce a su particular movimiento kurdo-turco rebelde. En síntesis, a pesar de que aún existen serias suspicacias respecto al rumbo que tomará el nuevo régimen de Al-Sharaa, el panorama para el pueblo sirio es, sin duda, mucho más esperanzador que hace un año.
