Se agrava el conflicto israelí-palestino

Netanyahu reafirmó su voluntad de seguir avanzando en su reforma judicial, a pesar del repudio de miles de israelíes que continúan manifestándose masivamente contra ella.

A partir de los Acuerdos de Abraham, inicialmente pactados en 2020, Israel pudo normalizar relaciones con naciones árabes que nunca habían reconocido la legitimidad de su existencia. Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Sudán y Marruecos, estuvieron dispuestos a iniciar una fluida relación con Israel que muy pronto prosperó. Intercambios comerciales y tecnológicos, cooperación en temas de seguridad, inversiones y turismo, fueron áreas en las que pudieron apreciarse los beneficios de tal relación. Incluso Arabia Saudita, líder supremo del mundo musulmán en razón de su abolengo religioso y su riqueza petrolera, comenzó a dar señales de que un acercamiento a Israel no era inconcebible. Su anuencia a que aviones israelíes pudieran sobrevolar por el espacio aéreo saudita, así lo corroboró.

Tal panorama fue vivido por los israelíes como un venturoso parteaguas en su historia. Que media docena de países árabes dejaran de ser sus enemigos les brindó una sensación de seguridad y de optimismo hacia el futuro que logró bloquear temporalmente la amarga realidad de que mientras la ocupación sobre el pueblo palestino se mantenga, el futuro de su país está en jaque. Lo que ha ocurrido en los últimos meses así lo demuestra, no sólo por los intentos del actual gobierno extremista israelí de ultraderecha nacionalista de imponer una reforma judicial que debilitaría su democracia a grados extremos, sino también por la espiral de violencia desatada en el contexto del conflicto palestino-israelí.

Tan sólo en la última semana, la lista de ataques, contraataques, devastación y muertes, ha sido de una magnitud no vista en mucho tiempo. El domingo, el gobierno de Netanyahu, con el beneplácito de sus socios radicales en la coalición, anunció sus planes de construcción de 4 mil 500 nuevas viviendas en territorio palestino de Cisjordania, con el fin de expandir los asentamientos judíos, planes que recibieron reprobación de parte de la administración de Biden. Simultáneamente, el premier israelí reafirmó su voluntad de seguir avanzando en su reforma judicial, a pesar del repudio de centenares de miles de israelíes que continúan manifestándose masivamente cada semana contra ella, tal como lo han hecho cada sábado desde hace casi medio año.

Al día siguiente se registraron actos de grave violencia en las cercanías de la ciudad palestina de Jenin, cuando una bomba colocada en el camino por militantes de la Jihad Islámica, dañó a un vehículo militar israelí y detonó una refriega en la que incluso tomó parte un helicóptero israelí. El saldo fue de siete soldados israelíes heridos, siete palestinos muertos y 91 más lesionados. Veinticuatro horas después, dos terroristas palestinos armados, presuntamente miembros de una célula del Hamas, asesinaron a cuatro civiles israelíes en una gasolinería cerca del asentamiento de Eli. Esa misma noche, como represalia, docenas de colonos residentes de los asentamientos se lanzaron hacia la aldea palestina de Turmus Ayya, incendiando y destruyendo casas, automóviles y campos de cultivo. La llegada de las fuerzas del orden fue tardía y se prestó a una prolongación de los enfrentamientos en los que un palestino perdió la vida.

Así pues, la espiral de violencia ha cobrado impulso, con presagios pesimistas acerca de la posibilidad de contenerla. En el campo palestino se multiplica la actividad de militantes del Hamas y la Jihad Islámica, los cuales actúan cada vez con mayor libertad gracias a la debilidad del gobierno de la Autoridad Nacional Palestina de Mahmoud Abbas, a quien las cosas se le han salido de las manos ya desde hace tiempo.

En lo que respecta a Israel, abundan las voces dentro de su gobierno que justifican y aún claman por mano dura y venganza, a la manera como ocurrió en la aldea de Turmus Ayya. En especial dos de sus ministros, Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, ampliamente conocidos por su talante violento y por su empeño en impulsar la construcción de asentamientos en territorio palestino, se muestran desbocados y dispuestos a pagar cualquier precio con tal de cumplir con su agenda anexionista y radical. En este contexto, el premier Netanyahu les sigue la corriente en aras de mantener a flote su gobierno y no perder el poder que lo protege para salir bien librado del juicio que enfrenta en tribunales por acusaciones diversas.

Como en una tragedia digna de William Shakespeare, lo que está ocurriendo parece tener todas las características como para presagiar en el mediano plazo un desenlace fatal para los dos pueblos. Un desenlace que ciertamente ninguno de los dos merece, pero que cobra cada vez más viabilidad a la luz de la realidad objetiva de este complicado presente.

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