Respiro económico para Líbano

La feroz hostilidad hacia Israel de la organización chiita libanesa Hezbolá, activa en Líbano, tanto en lo político como en lo militar, ha sido el factor que más ha contribuido a la dificultad de establecer una convivencia vecinal exenta de violencia y amenazas constantes.

Por fin, tras años de disputas, el martes pasado se llegó a un acuerdo entre Líbano e Israel acerca de la demarcación de la frontera marítima que comparten, lo cual brinda la posibilidad a ambas naciones de iniciar la explotación de los yacimientos de gas natural que subyacen en un área de 330 millas cuadradas en la costa del Mediterráneo. El acuerdo contó con la mediación de la administración de Biden, con lo cual éste se apunta un éxito en su política exterior, dado que se trataba de una operación muy complicada en la medida en que, hasta ahora, oficialmente prevalece un estado de guerra entre esos dos países vecinos.

Sobre todo, la feroz hostilidad hacia Israel de la organización chiita libanesa Hezbolá, activa en Líbano, tanto en lo político como en lo militar, ha sido el factor que más ha contribuido a la dificultad de establecer una convivencia vecinal exenta de violencia y amenazas constantes. De tal suerte que el acuerdo logrado fue posible sólo cuando las condiciones de vida de la población libanesa se deterioraron a tal extremo, que a la dirigencia del Hezbolá, encarnada por al jeque Hassan Nasrallah, no le quedó más remedio que permitir y aprobar tácitamente, que la negociación entre las partes culminara con éxito. Anteriormente Hezbolá había amenazado con atacar a Israel si éste se atrevía a explorar el gas en el área en disputa, pero, a fin de cuentas, no se manifestó contra el acuerdo, sino que tan sólo se abstuvo de pronunciarse. Y es que a Hezbolá, como al resto de la población libanesa sumida en una crisis de dimensiones descomunales, le está llegando el agua al cuello, así que no tuvo más remedio que consentir al acuerdo con su odiado enemigo sionista.

Entre todas las miserias que vive Líbano –80% de su población por debajo de la línea de la pobreza, devaluación del 90% de su moneda en los últimos tres años y quiebra de facto de su sistema bancario– la escasez de energía eléctrica, con la que sólo puede contar la ciudadanía durante un promedio de dos horas diarias, destaca por su impacto demoledor en la vida cotidiana. De ahí que la posibilidad de contar con el abasto del gas de su zona costera se haya convertido en un objetivo de primera importancia.

El mismo martes en que se selló el acuerdo, el ministro de Energía libanés, Walid Fayyad, anunció que el gigante corporativo francés TotalEnergies, empezaría a trabajar inmediatamente en las aguas libanesas donde se halla el yacimiento Qana, al tiempo que el presidente libanés, Michel Aoun, expresaba que el acuerdo final era satisfactorio para su país, ya que cumplía con las demandas y derechos del pueblo libanés respecto a sus recursos naturales.

Por su parte, el primer ministro israelí, Yair Lapid, calificó de histórico el acuerdo conseguido, ya que “fortalecerá la seguridad de Israel, inyectará billones a su economía y asegurará la estabilidad de nuestra frontera norte”. Falta aún que los respectivos parlamentos ratifiquen lo pactado, aunque es esperable que el procedimiento concluya con éxito.

Sin embargo, en Israel no todos comparten el optimismo de Lapid, ya que su rival en los próximos comicios que se celebrarán el 1 de noviembre próximo, Benjamín Netanyahu, ha utilizado como estrategia electoral  condenar el acuerdo bajo la acusación de que el beneficio económico que reciba Líbano de la explotación de su gas servirá a Hezbolá para fortalecer su arsenal y sus capacidades de atacar a Israel, como ocurrió en el verano del 2006, cuando una guerra de un mes de duración entre esa organización terrorista e Israel, consiguió paralizar la vida en el norte israelí, bajo fuego constante de centenares de misiles. Quienes en Israel aprueban el acuerdo piensan diferente, consideran que una ganancia inmediata es que, de facto, Líbano está reconociendo a Israel y a sus fronteras marítimas, y otra más es que se cuenta con un elemento adicional para disuadir a Hezbolá de atacar a Israel, al estar claro que ello desencadenaría de inmediato una devastadora respuesta militar israelí sobre los yacimientos libaneses.

Quienes conocen la trayectoria de Netanyahu saben que si él hubiera sido aún primer ministro en esta coyuntura, habría llegado al mismo acuerdo con Líbano y lo habría anunciado con bombo y platillo como un gran triunfo de su administración. Obviamente, estando él hoy en la oposición, su reacción es la contraria. Estoy convencida de que no es el interés de su nación el que orienta su opinión al respecto, sino su ambición personal, en este preciso momento preelectoral, de regresar a ocupar el puesto de primer ministro.

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