Represión en Irán no cede
A pesar de la crisis interna por las protestas, de las condenas internacionales y de las innumerables muestras de solidaridad hacia las mujeres manifestadas en las redes socialesy en medios de comunicación, la policía iraní anunció la instalación de cámaras en los espacios públicos con el fin de localizar a las mujeres impropiamente vestidas, para sancionarlas.
En algunos momentos se llegó a decir que el régimen iraní de los ayatolas se estaba viendo forzado a aligerar el yugo que tiene impuesto sobre las mujeres. Tras el asesinato de Mahsa Amini hace un año por haber tenido mal puesto el hijab sobre su cabellera, y las continuas y multitudinarias protestas que ese hecho desató, hubo señales de que algunos clérigos, políticos y miembros de las Guardias Revolucionarias estaban considerando ceder a las demandas sociales planteadas. Incluso se habló de que el mismo régimen estaba en riesgo de implosionar debido al caos en que se sumió el país a lo largo de meses. Sin embargo, esas expectativas no sólo no se cumplieron, sino que, de acuerdo con el panorama actual, la mano de hierro gubernamental ha recobrado ímpetu, para desesperación y desencanto de todas y todos aquellos que vislumbraban un futuro diferente a la mano.
Y es que las protestas sociales de naturaleza pacífica fueron reprimidas con lujo de violencia. La Agencia Iraní de Derechos Humanos ha reportado que más de 500 personas fueron asesinadas en plazas y calles, mientras que cientos más fueron aprehendidas y ejecutadas, a pesar de las peticiones de organizaciones de derechos humanos, las cuales han acusado a las autoridades de torturas y juicios sumarios. Ha quedado documentado que al menos 697 personas fueron ejecutadas desde septiembre del año pasado.
La voz autócrata del presidente Ibrahim Raisi se hizo presente en los festejos por el aniversario 44 de la Revolución Islámica en febrero. Acusó a los enemigos de Irán de orquestar las protestas para ensombrecer los logros del régimen. En esa ocasión, la transmisión televisiva del evento fue hackeada brevemente por un grupo autodenominado La Justicia de Alí, apareciendo por algunos instantes en las pantallas la proclama “Muerte a Khamenei”. Un mes después el máximo ayatola perdonó a 22 mil 628 personas que se hallaban en prisión en conexión con las protestas.
Mientras tanto, ¿qué pasó con las demandas respecto al hijab y la vestimenta femenina en general? A pesar de la crisis interna por las protestas, de las condenas internacionales y de las innumerables muestras de solidaridad hacia las mujeres manifestadas en las redes sociales y en medios de comunicación a lo largo y ancho del mundo, en abril la policía iraní anunció la instalación de cámaras en los espacios públicos con el fin de localizar a las mujeres impropiamente vestidas, para así poder sancionarlas.
Las cosas siguieron empeorando. En junio hubo una protesta de los estudiantes de la Universidad de Arte de Teherán por una nueva disposición que obligaba a las alumnas a portar el maqnaa, prenda negra que cubre totalmente cabeza, cuello y hombros. Un mes después, el gobierno anunció el regreso a las calles de las patrullas de la moral para sancionar la violación del código de vestimenta islámica por las mujeres. En agosto, previendo el resurgimiento de las protestas sociales al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Mahsa Amini, las autoridades procedieron al arresto de docenas de activistas, lo mismo que de cantantes cuyas canciones fueron consideradas subversivas.
Varias conclusiones pueden sacarse de estos hechos. Una de ellas es que, tal como ocurre en Cuba, Nicaragua, Eritrea o Corea del Norte, esas autocracias violadoras consuetudinarias de los derechos humanos, pueden durar décadas y décadas, a pesar de su crueldad y de sus cotidianos atentados en contra de las libertades esenciales. De hecho, generaciones nacen y mueren ahí sin haber conseguido zafarse de ese pesado y asfixiante yugo.
Otra conclusión más, pertinente tanto para Irán como para países que comparten ese fanatismo religioso misógino –Afganistán, por ejemplo– es que ahí el patriarcado ancestral es incapaz de renunciar a ese poder jerárquico que le proporciona esclavas domésticas y sexuales, obligadas a satisfacer a sus amos, los varones. Para ello cuentan con la religión, que al ser interpretada a modo, para legitimar y justificar ese orden de cosas, resulta un elemento clave para dar fortaleza y estructura a ese sistema de represión y explotación. Como presuntos dueños y conocedores de la palabra de Dios y de la verdad absoluta, están dispuestos a todo con tal de imponer su peculiar perspectiva. Se trata, sin duda, de una estrategia perfecta para eternizar los privilegios de los que ellos disfrutan, a costa del sufrimiento, la humillación y las propias vidas de sus mujeres.
