Ramadán: el factor religioso
Hay conciencia en todos los actores de este drama, de que esa nueva etapa en la guerra constituiría un baño de sangre y una grave complicación política al involucrar a Egipto de manera más directa en vista de compartir éste frontera con Rafah.
En el calendario islámico, el mes sagrado de Ramadán se acerca. Alrededor del 10 de marzo dará inicio ese periodo en el que diariamente los fieles musulmanes están obligados a ayunar desde el amanecer hasta el anochecer, cumpliendo, además, puntualmente con los cinco rezos diarios establecidos como uno de los pilares de esa religión. El fervor religioso se intensifica especialmente en ese lapso, llenándose las mezquitas de miles y miles de devotos, quienes como ocurre también en otras religiones, aspiran a tener una experiencia espiritual mediante la separación del tiempo profano del sagrado.
Esa experiencia, que en muchas partes del mundo musulmán transcurre en paz y sin contratiempos, presenta en el escenario convulso de la realidad israelí-palestina actual, graves desafíos. La mezquita de Al-Aqsa, considerada el tercer lugar más sagrado del islam, está ubicada en el Monte del Templo bajo soberanía israelí, pero administrada por Jordania. En condiciones normales, cada año Israel permite a flujos de decenas de miles de árabes israelíes y palestinos de los territorios ocupados, arribar al lugar para los tradicionales rezos, pero en el contexto de guerra abierta entre Israel y el Hamás en Gaza, hay temor acerca de cómo se desarrollarán las cosas. Hay diversas experiencias previas en que la violencia se ha hecho presente debido a acciones provocadoras, ya sea de los propios fieles musulmanes o de judíos israelíes interesados en ambos casos en generar confrontaciones.
Por lo pronto, el gabinete de guerra israelí, en el que, por fortuna, no participan los miembros más radicales del gobierno, ha decidido frenar las iniciativas bravuconas y provocadoras de algunos de éstos. Y es que el ministro de Seguridad Interior, Itamar Ben Gvir, un político radical, mesiánico y ultranacionalista, intentó imponer una severa limitación a los árabes y palestinos residentes en Israel y los territorios de Cisjordania, para acudir a los rezos en Al-Aqsa durante el Ramadán. Los elementos sensatos dentro del citado gabinete de guerra han tenido muy claro que una política como ésa, equivaldría a destapar una caja de Pandora de la que emergería una escalada de violencia adicional a la que de por sí se está viviendo.
Es así que, en estos días previos al inicio del Ramadán, hay desconcierto, inquietud, cálculos y propuestas diversas de los distintos actores implicados en ese escenario. Con relación a la guerra en Gaza, destaca la intención del presidente Biden de conseguir antes del 10 de marzo, un acuerdo entre los contendientes por el que se establezca una tregua de seis semanas, durante la cual se dé la liberación de un cierto número de rehenes israelíes a cambio de prisioneros palestinos hoy en cárceles israelíes. Hasta el momento, los esfuerzos al respecto han sido infructuosos, sin horizonte positivo a la vista, más aún tras los trágicos acontecimientos de antier, cuando en un confuso y caótico episodio de entrega de ayuda humanitaria a la población gazatí, disparos de soldados israelíes mezclados con una estampida humana, produjeron cerca de un centenar de víctimas civiles de Gaza.
En ese contexto, sigue aún en suspenso la anunciada campaña militar israelí para entrar al último bastión del Hamás, la localidad de Rafah, donde se concentran 1.4 millones de palestinos. Hay conciencia en todos los actores de este drama, de que esa nueva etapa en la guerra constituiría un baño de sangre y una grave complicación política al involucrar a Egipto de manera más directa en vista de compartir éste frontera con Rafah. Biden sabe bien, además, que una guerra sangrienta como la que supone la entrada de las tropas israelíes a Rafah durante el Ramadán, podría derivar en caóticos desequilibrios regionales cuyas secuelas geopolíticas en todo el mundo musulmán podrían ser de suma gravedad. El fervor religioso islámico durante ese periodo es un elemento central para la posibilidad de que los ánimos exaltados conduzcan a decisiones y acciones radicales.
En ese sentido, el tiempo que queda para maniobrar con objeto de desactivar tensiones es reducido, una verdadera carrera contra el tiempo. La intervención diplomática de EU, Egipto y Qatar es clave, como lo son las decisiones que vaya tomando el gabinete de guerra israelí y el liderazgo militar y político del Hamás. Hacer coincidir esa multiplicidad de visiones, intereses y emociones religiosas es una empresa de tal complejidad, que resulta imposible predecir si se conseguirá, o si los esfuerzos invertidos al respecto habrán sido en vano.
