Nasrallah

Pasado mañana, 7 de octubre, se cumplirá un año del brutal ataque perpetrado por terroristas del Hamás contra población civil del sur de Israel, por el que fueron asesinadas 1,200 personas en un solo día, y tomadas 251 como rehenes, la mitad de ellos aún en ...

Pasado mañana, 7 de octubre, se cumplirá un año del brutal ataque perpetrado por terroristas del Hamás contra población civil del sur de Israel, por el que fueron asesinadas 1,200 personas en un solo día, y tomadas 251 como rehenes, la mitad de ellos aún en cautiverio. Mucho fuego ha corrido desde entonces, con un panorama a futuro más bien ominoso. La guerra se ha extendido a diversos frentes, siendo el que confronta a Israel versus Hezbolá, uno de los más convulsos en estos momentos. Al ser Hezbolá el brazo armado de Irán para combatir al Estado hebreo, necesariamente la República de los ayatolas está metida hasta el fondo en este conflicto. No fue así casual, la andanada de 181 misiles balísticos lanzados desde Teherán a Israel el miércoles pasado.

Hace una semana el máximo líder del Hezbolá, Hassan Nasrallah, fue asesinado, junto con buena parte de su cúpula militar denominada Fuerzas Radwan, mediante un potente y preciso bombardeo israelí. El golpe fue uno más de los que en las dos semanas previas había sufrido esa organización terrorista chiita libanesa a manos de Israel, lo cual evidenció que los servicios de inteligencia israelí han estado contando con apoyo e información profusa de libaneses dispuestos a colaborar con los israelíes en función del repudio que buena parte de la población libanesa siente hacia Hezbolá, ya que esta milicia-partido de índole fundamentalista islámica ha sido el principal responsable del estado ruinoso del País de los Cedros que es calificado ya como un Estado fallido.

El currículum de Nasrallah bien se presta a pensar que el mundo está ciertamente mejor sin su presencia. Sus sanguinarias “hazañas” son legendarias por el horror que han desencadenado en una multitud de escenarios. Como instrumento manejado y alimentado a larga distancia por el ayatola Khamenei, las consecuencias de las acciones de esa dupla diabólica constituyen sin duda algunas de las páginas más negras de la historia de nuestros tiempos.

Los ejemplos abundan y no se limitan a la confrontación con Israel. Van mucho más allá. Son conocidos los nexos de Hezbolá con algunas de las tiranías más crueles del planeta, su contubernio con los cárteles del narcotráfico en Sudamérica y su participación en numerosos actos terroristas en Europa y el sureste asiático. No es casual que Nicolás Maduro, el dictador venezolano, haya expresado públicamente su condena al asesinato de Nasrallah a quien cubrió de elogios al calificarlo de “un gran líder del mundo musulmán y de los pueblos árabes”.

Pero ciertamente una de las fechorías más trascendentes a nivel mundial de Hezbolá al mando de Nasrallah fue su amplia colaboración con el dictador sirio, Bashar al-Assad, en la represión que a lo largo de 13 años de guerra civil ha ejercido contra su propio pueblo. Cientos de miles de militantes de Hezbolá fueron ejecutores y cómplices de la barbarie que condujo a que medio millón de sirios fueran asesinados y que cerca de seis millones tuvieran que emprender el exilio forzado, que constituyó la más grande ola de refugiados atestiguada por el mundo en estos últimos años.

Esa oleada tuvo que buscar asilo en Turquía, Jordania y múltiples países europeos, con la consecuente crisis en esos lugares de acogida. Lo cual finalmente derivó en el surgimiento en muchos de los países receptores de corrientes políticas y sociales xenófobas y de ultraderecha que a su vez sacudieron hasta sus raíces a muchos de los acuerdos por los cuales los países integrantes de la Unión Europea habían funcionado hasta entonces. El Brexit, por ejemplo, fue en buena parte uno de sus productos colaterales, como también lo fueron los virajes políticos como el del régimen húngaro por el cual se consolidó la dictadura de Viktor Orban, o el fortalecimiento de partidos de ultraderecha racistas y xenófobos como el de Marine LePen en Francia.

Interesante y significativo que en muchas partes del mundo árabe y musulmán hubo manifestaciones de júbilo y alegría por la desaparición del jeque Hassan Nasrallah y por el debilitamiento que hoy sufre el Hezbolá. Para la mayoritaria población sunnita de ese entorno fue una gran noticia porque vislumbran con ello la posibilidad de ir deshaciéndose del yugo y la influencia de una de las agrupaciones políticas, religiosas y militares que más daño e inestabilidad han causado en la región del Oriente Medio desde hace décadas.

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