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Mujeres en Irán, un caso de cautiverio

Esther Shabot

Esther Shabot

Catalejo

 

 

Esta semana fue intensa en cuanto a los legítimos reclamos de las mujeres en el mundo. El caso mexicano nos es especialmente entrañable ante la violencia muchas veces asesina contra las mujeres, lo mismo que ante la desigualdad, el maltrato y la falta de respuesta del Estado para hacer frente a esta otra epidemia de misoginia que sigue extendiéndose sin control. Nada de políticas públicas que con seriedad aborden el problema y, sí, en cambio, una oceánica incomprensión y falta de sensibilidad de nuestras autoridades ante los millones de tragedias cotidianas derivadas de ese machismo tan arraigado para el cual lo natural es desconocer campantemente la dignidad de las mujeres.

En otras partes del mundo las cosas no son tan graves, pero ciertamente existen también ejemplos de injusticias distintas a las de México, pero igualmente indignantes. En ese sentido está, por ejemplo, el caso de Irán, con las consabidas desigualdades propias del manejo que en cuestiones de género presenta el fundamentalismo islámico en casi todas sus vertientes. La legalidad de la poligamia, las mujeres como propiedad masculina y, por tanto, la posibilidad de tratarlas como objetos a los que resguardar de las miradas y apetitos de otros hombres mediante pesados ropajes que las cubren para no dejar asomar prácticamente nada de sus cuerpos.

En síntesis, la vida femenina apresada permanentemente dentro de una atmósfera sofocante donde la libertad para tomar decisiones autónomas no existe. Y no se trata sólo de la tradición, la cultura, la religión y las costumbres. Todo esto se refuerza hasta límites extremos con la complicidad del Estado, cuya legislación se presta a mantener incólume ese estado de cosas. Un sólo ejemplo sirve para ilustrar de qué estamos hablando: las leyes iraníes prohíben a cualquier mujer salir del país sin el permiso de su marido, o bien de su padre o hermano si es que no está casada. De hecho, existen 23 restricciones en la legislación iraní dirigidas a las mujeres casadas y dos de ellas tienen que ver con “la solicitud de pasaportes” y “los viajes fuera del hogar”. Ahora bien, estas leyes datan de la etapa prerrevolucionaria, o sea, rigieron durante el régimen del Sha, pero se han conservado en la república islámica a pesar de que se abolió a partir de 1979 gran parte de otras leyes preexistentes, como fue el caso del Acta de Protección Familiar, que contenía legislación protectora de las mujeres en algunos aspectos.

La exigencia del permiso del marido para obtener un pasaporte y viajar ha mostrado su garra incluso en casos de mujeres destacadas, por ejemplo, en deportes competitivos. En 2018, el equipo femenil iraní de esquí viajó a Italia para participar en el Campeonato Alpino Mundial de Ski sin su entrenadora oficial, Samira Zargari, debido a que el esposo de ésta le prohibió salir del país. Por más que las integrantes del equipo lucharon para que ella las acompañara, el aparato estatal respaldó la decisión tiránica del marido. Situaciones similares vivieron hace cinco años Niloufar Ardalan, capitana del equipo nacional de futsal, quien no pudo estar presente en la Copa Asiática, y Zahra Nemati, campeona en arco de los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro en 2017, quien tras disputas conyugales serias recibió la advertencia de su marido de que se olvidara de volver a salir jamás del país para efectos de competencias deportivas.

Miles de mujeres más, sin la fama de figuras destacadas a nivel internacional como las mencionadas arriba, padecen este cautiverio a manos de sus maridos, todo ello con el apoyo de las autoridades, que actúan bajo la premisa básica de que quienes pertenecen al género femenino son infantes perpetuas a las que hay que controlar y mantener bajo el resguardo tiránico de sus propietarios.

Una imagen que, sin duda, expresa de manera nítida cuál es el papel otorgado a las mujeres bajo el régimen de los ayatolas la dieron los escaparates de las tiendas de ropa femenina del país a partir de la instauración de la república islámica. Los maniquíes empezaron a mostrar esos largos y anchos ropajes con los que de ahí en adelante debían de vestirse las mujeres, pero, además, se les borró de las caras los ojos y la boca, y se les cubrió la cabeza. El mensaje era claro, las mujeres no debían ver ni hablar y, desde luego, tendrían que estar lo más ocultas posible en la esfera pública. Sin embargo, en las cuatro décadas que han transcurrido desde entonces, no han faltado las voces rebeldes y valientes que se han arriesgado por cambiar las cosas. Su lucha ha sido heroica y lo que han conseguido ha sido fruto tanto de su propia ira como de la inspiración ofrecida por los movimientos feministas a lo largo y ancho del mundo.

 

 

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