Los Ássad: perfil de una tiranía

La preservación del régimen de Ássad, apoyado por Irán y por las huestes del Hezbolá libanés que se trasladaban a territorio sirio a fin de apuntalar al tirano, cimbró la estructura de la Unión Europea, modificándola dramáticamente hasta el grado de presagiar una posible eclosión en su seno en un futuro no muy lejano.

La tumba de Hafez al-Ássad, padre del dictador Bashar, hoy asilado en Moscú, acaba de ser quemada por la población que sufrió durante 54 años de la inclemencia de esa dinastía responsable de cientos de miles de muertes y del sufrimiento extremo de millones de personas que se vieron forzadas al exilio para escapar del infierno en que se había convertido el país. Un dato que pinta de cuerpo entero al padre, Hafez, es el de su brutal represión de la rebelión protagonizada por la Hermandad Musulmana en la ciudad de Hama en 1982, que consistió en un bombardeo indiscriminado que en unos cuantos días acabó con la vida de 20 mil personas.

Bashar siguió los pasos de su progenitor. Conocidos son los saldos de la represión ejercida durante la guerra civil que estalló en 2011 en el marco de la Primavera Árabe: medio millón de muertos y más de seis millones de refugiados. Tres millones de ellos en Turquía, 800 mil en Líbano, 600 mil en Jordania, 250 mil en Irak y 180 mil en Egipto. El resto fue recibido en diversas naciones europeas, de las cuales Alemania fue la receptora de la mayor cantidad, cerca de un millón. Un tercio de la población total de Siria fue así expulsada por efecto de la brutalidad del régimen de Ássad.

La necesidad de brindar solución a ese gigantesco movimiento migratorio de los ciudadanos sirios durante la década pasada fue uno de los factores fundamentales para la emergencia de agrias disputas entre los países miembros de la Unión Europea acerca del reparto de la responsabilidad de cada cual en el abordaje de ese problema humanitario. El Brexit y la emergencia y fortalecimiento de partidos y movimientos europeos de ultraderecha, con la agenda antiinmigrante en su centro, constituyeron algunas de sus derivaciones. Se presentó así una suerte de efecto dominó peculiar donde la preservación del régimen de Ássad, apoyado por Irán y por las huestes del Hezbolá libanés que se trasladaban a territorio sirio a fin de apuntalar al tirano, cimbró la estructura de la Unión Europea, modificándola dramáticamente, hasta el grado de presagiar una posible eclosión en su seno en un futuro no muy lejano.

Un dato revelador de la naturaleza espeluznante del régimen de Ássad es el referente a la manera como sus servicios secretos y su cuerpo policiaco operaban mediante prácticas no muy diferentes a las de los gulags soviéticos. Hoy, por ejemplo, se empieza a hablar de una prisión específica que puede figurar destacadamente en la historia universal de la infamia. La prisión de Sadnaya, cercana a la capital Damasco, a donde los rebeldes entraron a liberar a sus presos inmediatamente después del derrumbe del régimen. Se calcula que tan sólo en esa cárcel-campo de extermino, fueron asesinadas 30 mil personas a partir de 2011.

De hecho, en 2021 el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Inglaterra, reportó que, en los primeros diez años de la guerra civil, 100 mil personas fueron asesinadas en las prisiones sirias. Sednaya fue conocida desde entonces como “el matadero humano” debido al grado de abuso y crueldad ejercida ahí, que incluyó matanzas masivas, violencia sexual y tortura en modalidades pocas veces registradas. En 2017 el Departamento de Estado de Estados Unidos reportó que el gobierno sirio había construido crematorios subterráneos en Sadnaya para deshacerse de los restos de los miles de presos ahí recluidos y martirizados.

El aislamiento internacional de Siria a raíz de tanta barbarie terminó por convertirla durante la última década en un narcoestado que se alimentaba del tráfico de la droga captagón, más los recursos que le seguía aportando el régimen de Teherán, afín a la familia Ássad. Para Irán, Siria ha representado el medio necesario para transferirle al Hezbolá libanés toda clase de pertrechos militares necesarios para extender su hegemonía regional, que incluye destacadamente el objetivo de borrar del mapa al Estado de Israel. Se calcula que en los 13 años transcurridos desde que estalló la guerra civil, Irán invirtió entre 30 y 50 billones de dólares para apuntalar la dictadura de los Ássad. Por lo visto, los tiranos del siglo XXI bien pueden equipararse, en términos de sadismo, a sus pares de los siglos anteriores. Con el agravante de que cuentan con tecnología de guerra ultramoderna, que magnifica exponencialmente el horror que desatan.

Temas: