¿Logrará Líbano estabilizarse?
EU, Francia y los países árabes del Golfo se han mostrado dispuestos a invertir para la reconstrucción de Líbano, a condición de que Hezbolá sea totalmente desarmado, cuestión que cuenta con el suficiente consenso dentro del gobierno libanés, pero que se está enfrentando presiones en sentido contrario de parte de los remanentes de Hezbolá que sobrevivieron, y del gobierno iraní, que se resiste a perderlo como uno de sus bastiones.
Desde que el movimiento terrorista Hezbolá sufrió un serio descalabro como consecuencia de su guerra con Israel, Líbano ha estado en posibilidad de reestructurarse ya liberado de esa fuerza chiita radical que dirigía los destinos del país de acuerdo con su agenda islamista dictada mayormente por el Irán de los ayatolas. Durante las últimas décadas, el País de los Cedros estuvo sumido en situación de Estado fallido debido no sólo a la corrupción y disfuncionalidad de su élite gobernante, sino también al hecho de que Hezbolá impuso como gran prioridad nacional la guerra contra Israel, con el consecuente abandono de políticas de desarrollo social dirigidas al bienestar de la población. Los recursos económicos de Líbano sirvieron durante mucho tiempo para abultar el arsenal de Hezbolá, que llegó a poseer entre 120 mil y 200 mil misiles, cuyo costo fue pagado parcialmente por Irán. El cálculo es que, en promedio, Irán aportaba 700 millones de dólares anuales para tal efecto.
El dramático debilitamiento de Hezbolá, registrado a partir de septiembre pasado, permitió la formación de un gobierno funcional que parece haber superado la grave irregularidad de haber estado acéfalo por largo tiempo. Quedó establecido así un gobierno encabezado por el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam, dispuestos a imprimir un giro de 180 grados a la agenda de las prioridades. Una de ellas fue conseguir el desarme total de las milicias del Hezbolá, el fortalecimiento de su ejército nacional y la obtención de inversiones económicas y recursos necesarios para recuperar al país de la profunda crisis en la que ha vivido en los últimos 35 años y que se agudizó durante la última guerra de Hezbolá contra Israel, cuyo costo para Líbano se calcula en 14 mil millones de dólares.
Ahora bien, Estados Unidos, Francia y los países árabes del Golfo se han mostrado dispuestos a invertir grandes sumas de dinero para la reconstrucción, a condición de que Hezbolá sea totalmente desarmado, cuestión que cuenta con el suficiente consenso dentro del gobierno libanés, pero que evidentemente se está enfrentando presiones en sentido contrario por parte de los remanentes de Hezbolá que sobrevivieron, y del gobierno iraní, que se resiste a perder a Líbano como uno de sus bastiones desde donde atacar a Israel.
Irán no se da por vencido y pretende regresar de algún modo al statu quo anterior. Con ese propósito, esta semana llegó a Beirut el secretario del Consejo Supremo de Seguridad iraní, Alí Larijani, para exigir al presidente libanés dar marcha atrás en el proyecto de desarmar totalmente a Hezbolá. En esta ocasión, el ejecutivo libanés reaccionó rechazando la presión y demandando respeto a la soberanía de Líbano. Sin embargo, es previsible que el desarme total de Hezbolá se enfrente a resistencias de los segmentos políticos y sociales afines ideológicamente a esa organización, por lo que no es del todo remoto que pueda estarse incubando la semilla de una nueva guerra civil.
Ayer mismo, el máximo líder de Hezbolá, Naim Qassem, amenazó al gobierno libanés con hacerle la vida imposible al país si es que acata las directrices del poder estadunidense-israelí arrebatándole las armas por la fuerza. Junto con el movimiento Amal, socio de Hezbolá, están advirtiendo que, por lo pronto están dispuestos a dialogar, pero que de proseguir el intento de desarmar a sus milicias, podrían recurrir a la violencia sectaria.
Es difícil evaluar qué tanta fuerza posee aún en Líbano el eje Hezbolá-Irán en comparación con la que ha logrado amasar en estos últimos meses el gobierno de Joseph Aoun mediante el apoyo de Occidente y los países árabes del Golfo. El destino de Líbano es en estas condiciones profundamente incierto, ya que tanto la terrible guerra civil que sufrió entre 1975 y 1990, como las graves turbulencias padecidas en lo que va del siglo XXI, revelan que el abigarrado mosaico étnico-religioso que caracteriza a su población, aunado a la influencia de los intereses geopolíticos de sus vecinos regionales, le hacen extremadamente complicado alcanzar la paz social y un nivel de estabilidad medianamente aceptable.
