Líbano: corrupción, violencia y miseria
Una señal más de la gravedad de la situación proviene de las advertencias a sus ciudadanos de no viajar a Líbano hechas en estos días por las autoridades de Arabia Saudita, Kuwait, Omán, Bahréin, Qatar, Alemania y Gran Bretaña, quienes, con base en experiencias previas, temen secuestros o asesinatos de sus nacionales en suelo libanés.
Un aniversario más, el tercero, de la explosión que devastó el puerto de Beirut, se conmemoró el pasado 4 de agosto. Día de duelo nacional, pero también de rabia, porque no ha habido justicia para los 200 muertos, los 6 mil heridos y las inmensas pérdidas materiales que constituyeron el tiro de gracia para una nación que desde el fin de su guerra civil en 1990, no ha podido hacerse de un gobierno estable, capaz de encarrilarla hacia la concordia y la seguridad. El estallido, aquel fatídico día, del almacén de nitrato de amonio que cimbró al país y cuya potencia ha sido calificada por los expertos como una de las mayores explosiones no nucleares en la historia, representó simbólicamente la culminación de una descomposición interna imparable, sin fin a la vista.
En aquel entonces, el presidente Michel Aoun prometió investigar y localizar a los responsables de la tragedia. Sin embargo, muy pronto el caso se politizó y quedó entrampado en la red de las pugnas interétnicas y sectarias que han caracterizado la vida nacional libanesa desde siempre. Las sospechas sobre la responsabilidad del movimiento chiita Amal y su aliado el Hezbolá, quedaron sepultadas en un mar de acusaciones cruzadas, jueces acosados y triquiñuelas jurídicas, de tal suerte que el reclamo de familiares de las víctimas y demás damnificados de la explosión sigue tan vivo como al principio. Por ello, más de 300 organizaciones civiles y grupos de sobrevivientes urgieron en días pasados al Consejo de Derechos Humanos de la ONU a establecer una misión internacional para llevar a cabo la investigación de lo ocurrido.
Todo ello en medio de una crisis económica y humanitaria de gigantescas proporciones que ha sumido en la miseria y la incertidumbre a la mayoría de la población. Inflación desbocada, devaluación constante de su moneda, crisis alimentaria, quiebra de su sistema bancario, corrupción rampante de su élite gobernante, violencia, falta de energéticos y servicios básicos, son el pan de cada día del pueblo libanés. Justo antier el Departamento de Estado de EU anunció sanciones contra Riad Salameh, exgobernador del Banco Central Libanés durante 30 años, acusado de haberse enriquecido él y su círculo íntimo mediante corruptelas y abusos que han contribuido a la ruina del país. Y, desde luego, la carga de cientos de miles de refugiados sirios ha sido un agravante más de esa precaria situación.
Por si algo faltara, nuevas desventuras han aparecido en el escenario en estos días. El 29 de julio estalló la violencia en el más grande campo de refugiados palestinos denominado Ain el-Hilwe. De sus cerca de 80 mil habitantes, 20 mil se han visto obligados a abandonar sus viviendas debido a la confrontación armada que se suscitó entre dos agrupaciones palestinas activas en el campo: el Fatah y una organización de islamistas radicales. El primer saldo de esa violencia fue de 13 muertos y una atmósfera de caos generalizado, lo cual ha provocado un éxodo de familias cuyo destino inmediato es incierto. Si bien el premier interino libanés, Najib Mikati, asegura que la calma será prontamente restaurada, la inseguridad persiste, junto con las penurias por la escasez de agua y alimentos que sufren las familias desplazadas. La organización Save the Children ha manifestado su preocupación por la suerte que en este contexto están corriendo los menores de edad.
Una señal más de la gravedad de la situación proviene de las advertencias a sus ciudadanos de no viajar a Líbano hechas en estos días por las autoridades de Arabia Saudita, Kuwait, Omán, Bahréin, Qatar, Alemania y Gran Bretaña, quienes, con base en experiencias previas, temen secuestros o asesinatos de sus nacionales en suelo libanés. Sus reservas tienen desde luego fundamento, como lo demuestra lo ocurrido hace un par de días cuando el vehículo del ministro de Defensa libanés, Maurice Slim, fue baleado en calles de Beirut.
La crisis política se revela también en el hecho de que desde octubre pasado cuando Michel Aoun dejó el puesto, el Parlamento no ha logrado ponerse de acuerdo para elegir presidente. El desgobierno prevaleciente constituye así un elemento más que contribuye a considerar hoy a Líbano –en los buenos tiempos conocido como “la Suiza del Medio Oriente”– como un Estado fallido, un país de pequeñas dimensiones geográficas, pero de enormes tragedias.
