La otra guerra posible

Un factor que ha operado para que las hostilidades no escalen es la postura del gobierno de transición libanés, que sabe muy bien de la devastación brutal que sufriría su país en caso de una guerra más amplia.

La tensión en Gaza se mantiene. Israel no ha conseguido que Hamás libere a ninguno de los 132 rehenes secuestrados el 7 de octubre, ni tampoco ha procedido a una invasión total a la zona de Rafah, último espacio en la Franja donde cuatro batallones de Hamás aún operan en medio de una población civil de 1.3 millones de palestinos. Contribuyen a la incertidumbre acerca de lo que vendrá las declaraciones confusas y contradictorias de los distintos actores políticos, enfrascados en un estira y afloja que hasta ahora no ha producido avances significativos. A pesar de las ruidosas y a menudo agresivas manifestaciones estudiantiles pro-Hamás en diversas universidades de Estados Unidos, la administración norteamericana continúa apoyando a Israel, pero con la demanda a su gobierno de no entrar a Rafah y facilitar la ayuda humanitaria a los habitantes de la Franja.

Para quienes viven en la región es claro que lo anteriormente descrito es sólo una parte del problema y que el frente de guerra Gaza-Israel constituye muy posiblemente el prólogo de lo que aún está por venir. Porque hay otros frentes donde la guerra se ha hecho presente, aunque sin la intensidad de lo ocurrido en estos siete meses entre el Hamás e Israel. Están los choques cada vez más frecuentes entre palestinos y fuerzas israelíes en Cisjordania, los ataques de los hutíes –proxys de Irán– a las embarcaciones que circulan en el Mar Rojo, y las escaramuzas altamente riesgosas entre Irán e Israel que hace tres semanas subieron peligrosamente de tono. Sin embargo, la zona fronteriza entre Israel y Líbano es la que tiene más altas probabilidades de generar en el futuro cercano un choque cuya gravedad podría ser peor aún de lo que se ha visto en Gaza.

Y es que desde el 8 de octubre el Hezbolá libanés, patrocinado y entrenado por Irán, empezó a lanzar proyectiles a la zona norte de Israel, acercándose cada vez más a la línea fronteriza, en contravención a la resolución 1701 de la ONU que data de 2006. Los ataques tenían por objeto solidarizarse con Hamás y distraer a las fuerzas armadas israelíes para atenuar su capacidad de combate en Gaza. A partir de entonces, y ante el temor entre los pobladores israelíes de esa franja norteña de que ahí se produjera un ataque similar al del 7 de octubre, poco más de 60 mil de ellos abandonaron sus hogares. Localidades como Metula, Rosh Hanikrá y muchas otras más se volvieron ciudades fantasma y, hasta el momento, sus habitantes no han podido regresar, convirtiéndose desde hace siete meses en desplazados internos.

Hasta ahora, se ha considerado que el jeque Nasrallah, máximo líder de Hezbolá, a pesar de contar con un arsenal impresionante de cerca de 150 mil misiles de gran alcance, no tiene intenciones de involucrarse en una guerra de alta intensidad, pero el hecho es que las escaramuzas han ido aumentando en cantidad y potencia destructiva a medida que el tiempo ha pasado. A partir de enero comenzó a usar misiles antitanque manufacturados por Irán, lo mismo que misiles balísticos Burkan y Falaq de gran alcance. El saldo de víctimas israelíes por tales ataques ha sido de 21 personas, la mitad de ellas soldados, e Israel ha contraatacado afectando infraestructura militar, cuarteles y arsenales dentro de territorio libanés. Hezbolá ha reportado que 275 de sus combatientes han perecido en tales ataques, incluyendo siete altos mandos de las Fuerzas Radwan, la tropa de élite de esa organización.

Tras los ataques terroristas de Hamás a Israel el 7 de octubre y el ingreso de Hezbolá a la contienda, el presidente Biden advirtió tanto a Irán como a Hezbolá, que no intentaran ampliar la guerra y para ello de inmediato ordenó el traslado de dos inmensos portaaviones a la zona como muestra de que no se trataba de palabras huecas. Eso ha sido sin duda un freno para tales actores. Otro factor que ha operado para que las hostilidades no escalen es la postura del gobierno de transición libanés, que sabe muy bien de la devastación brutal que sufriría su país en caso de una guerra más amplia.

Sin embargo, para Israel la situación es insostenible en los términos actuales ya que está obligado a hacer lo necesario para que los más de 60 mil israelíes que abandonaron la zona puedan regresar a sus hogares sin amenazas a sus vidas. En ese sentido, si no se da pronto una solución diplomática que obligue a Hezbolá a retirarse de las inmediaciones de Israel, como lo estipula la resolución 1701, una nueva guerra de alta intensidad podría estar en puerta.

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