La muerte de un tirano

En 1988, Raisi –como miembro del Consejo de la Muerte– firmó la sentencia de pena capital contra cuando menos cuatro mil prisioneros políticos.

En memoria del mexicano Orión Hernández,

asesinado por Hamás el 7 de octubre.

Los funerales del presidente iraní Ebrahim Raisi, muerto junto con su ministro de Relaciones Exteriores, Hossein Amir Abdollahian, en un accidente de helicóptero, se celebraron el miércoles con la asistencia de miles de personas y representantes diplomáticos de naciones amigas de Irán. Estuvieron presentes oficiales de China, Singapur, Sri Lanka, Venezuela, Nicaragua, Serbia, Bielorrusia, Afganistán, Uzbekistán, Siria, Jordania y algunos más. El ambiente de solemnidad y luto durante las exequias contrastó, sin embargo, con la alegría manifestada por una gran parte de la ciudadanía iraní disidente del régimen, la cual conoce de primera mano la crueldad ejercida por Raisi durante la represión de las protestas por el asesinato de Mahsa Amini a manos de la “policía de la virtud", represión que produjo cerca de 500 muertos en las calles y miles de presos que han sufrido torturas en las cárceles del país.

Si bien es sabido que todo lo que ocurre en Irán depende en primera y última instancia de la voluntad del gran ayatola Alí Jamenei —siendo por tanto él quien debe cargar con la responsabilidad de tales comportamientos brutales hacia su ciudadanía— Raisi siempre mostró el mismo talante inclemente desde su temprana aparición en el establishment político-religioso del país. Tanto así que ha corrido insistentemente la versión de que dada la avanzada edad de Jamenei, Raisi, clérigo de formación, era su delfín para ocupar el cargo en el futuro.

Y es que su perfil coincidía bastante con el de Jamenei. No sólo que, a diferencia de anteriores presidentes como Ahmadinejad, Raisi era un clérigo, y por ende podía ocupar ese cargo con legitimidad, sino que, además, tenía un currículum que aseguraba la continuidad de la mano dura y de la inclemencia en el trato a quienes se apartaran de la visión islamista radical que ha caracterizado al régimen en estos últimos tiempos.

El periodista iraní Ali Deilami, exiliado en Italia desde cerca de tres años, relata en su blog algunos de los datos más impactantes acerca de quién fue Raisi. Él cuenta que, como estudiante universitario en Irán en 2017, escuchó el nombre de este personaje cuando se le mencionaba como candidato potencial para las siguientes elecciones presidenciales. En aquel entonces, la información que sobre él se extendió viralmente entre el estudiantado se refirió a su papel en las ejecuciones de 1988. Hay que recordar que en ese año estaba por finalizar la cruenta guerra de ocho años de duración entre Irán e Irak que cobró un millón de muertos. En aquel contexto, Raisi, como miembro del Consejo de la Muerte, había firmado la sentencia de pena capital contra cuando menos cuatro mil prisioneros políticos. A partir de entonces en los círculos disidentes se le aplicó el mote de Ayatola de las Ejecuciones, y también el de Carnicero de Teherán.

Deilami narra también cómo dentro del medio universitario, el establishment clerical justificaba religiosamente tales ejecuciones mediante citas de la Sura Al-Anfal, verso 60 del Corán, donde se señala que Alá asignó a los musulmanes el deber de infundir temor en los corazones de los enemigos, por lo cual el terror no sólo es permitido, sino que además es estimulado. A fin de ilustrar con más claridad el mensaje, ciertos docentes hacían uso de la historia del siglo VII acerca de la tribu judía de Banu Qurayza que habitaba entonces en la ciudad sagrada de Medina. Ahí la citada tribu fue acusada de traicionar a Mahoma y de colaborar con sus enemigos, así que Mahoma ordenó la ejecución de todos los hombres y adolescentes de los Banu Qurayza, y la toma de sus mujeres y sus niños para convertirlos en esclavos.

Esas son las referencias que en 1988 circulaban en los medios oficiales iraníes y que aún ahora son usadas para legitimar el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre, lo mismo que los actos de guerra del Hezbolá libanés y los hutíes de Yemen. En esa línea, el ayatola Jamenei y Raisi estaban en sintonía. Ciertamente, Jamenei va a poder encontrar un nuevo candidato presidencial idóneo a quien promover con la fuerza de su aparato, para sustituir a Raisi cuando el 28 de junio se celebren elecciones. Lo más problemático le será, sin embargo, elegir y preparar de acuerdo con sus concepciones religiosas islamistas radicales, un sucesor a la altura de sus expectativas. Durante nueve años cultivó a Raisi para el cargo de gran ayatola y ahora se verá obligado a enfrentar una crisis derivada del choque que significará la lucha entre quienes dentro del clero chiita iraní ambicionan quedarse con el puesto.

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