La mancuerna Irán-Rusia
Panahi (cineasta iraní) fue detenido la semana pasada y, según un fallo de 2010, deberá purgar una pena de seis años. Su delito: “Propaganda contra el régimen”, al haber apoyado protestas populares. Sus otros dos colegas cineastas fueron encarcelados bajo la acusación de haber publicado una carta abierta de protesta contra la represión de manifestaciones populares.
Los bandos se perfilan cada vez con más precisión. Esta semana llegaron los presidentes de Rusia y Turquía de visita a Irán. Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan e Ibrahim Raisi, primer mandatario del país persa, se encontraron con el propósito de tratar temas de cooperación en diversos campos. Para el mandatario turco, su prioridad era velar por sus intereses en territorio sirio, donde prevalece una enorme influencia de Moscú y Teherán, lo mismo que discutir el desbloqueo de los cereales almacenados en puertos ucranianos, cuya importancia para la alimentación mundial es mayúscula. Su membresía en la OTAN le otorga a Turquía un papel en extremo relevante para mediar entre el bloque occidental, por un lado, y Rusia e Irán, por el otro.
En cuanto a Putin y Raisi, cuyos países se hallan aquejados por las sanciones impuestas a ambos por Estados Unidos y sus aliados, la conversación versó sobre negocios, entre ellos el acordado entre la compañía nacional de petróleo de Irán, y la rusa Gazprom. El otro gran tema fue la intención de Rusia de comprarle a Irán equipos de drones, que requiere para continuar con mayor efectividad la inclemente guerra de desgaste que lleva a cabo contra la nación ucraniana. Y es que se sabe que Teherán posee uno de los mayores y más sofisticados arsenales de drones y misiles de precisión del Oriente Medio. Al respecto, altos oficiales del Pentágono estadunidense anunciaron que la transferencia de drones de Teherán a Moscú provocaría acciones abiertas o encubiertas de Washington para impedirlo o sancionarlo.
La solidez de los lazos entre Irán y Rusia –probada a lo largo de su estrecha relación en el contexto de los más de 10 años de guerra en Siria– se ha mantenido firme en la coyuntura actual, al grado que hace un par de días, el ayatola Khamenei alabó la decisión de Putin de invadir Ucrania como una forma legítima de resistir los desafíos de la OTAN, aun cuando lamentó, al mismo tiempo, la pérdida de vidas inocentes. Es notable cómo básicamente sólo liderazgos autocráticos, donde la democracia es inexistente o muy precaria, constituyen hoy por hoy a quienes se solidarizan con Rusia en su aventura en Ucrania. Tal como lo hemos atestiguado, Siria, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bielorrusia e Irán se han colocado de parte de Moscú, lo que denota, sin duda, quiénes están, en este caso, en el lado incorrecto de la historia.
En ese contexto, y ya que hablamos de Irán, vale la pena comentar la oleada de represión que el régimen de Ibrahim Raisi ha desatado en su país semanas recientes. La Patrulla de Guía de la Virtud ha estado arrestando y acosando a las mujeres iraníes, acusadas de estar impropiamente cubiertas, ya sea porque su cabellera no está totalmente tapada por el hiyab o porque asoma alguna parte del cuerpo más allá del rostro. Por ese motivo se han registrado jaloneos, trifulcas y aprehensiones que son difundidas cotidianamente en las redes sociales.
Otra muestra de que el presidente Raisi pretende imponer de nuevo, con todo rigor, la legislación islámica, ha sido el encarcelamiento reciente de tres de los más afamados cineastas iraníes, entre los que se encuentra Jafar Panahi, cuya película Taxi Teherán, ganadora del Oso de Berlín, tuvimos oportunidad de ver en México no hace mucho. Panahi fue detenido la semana pasada y, según un fallo de 2010, deberá purgar una pena de seis años de prisión. Su delito: “propaganda contra el régimen”, al haber apoyado protestas populares. Sus otros dos colegas cineastas fueron encarcelados bajo la acusación de haber publicado una carta abierta de protesta contra la represión de manifestaciones populares de descontento social.
No hay duda de que tanto el pueblo iraní como el ruso padecen hoy el yugo de tiranías a las que apoyan a su vez otros tiranos. En todos los casos, ya sea en América Latina o en Europa Oriental, una de las características que comparten es la de que sus respectivos aparatos de justicia están politizados y sometidos a la voluntad de los máximos jerarcas. Entran a prisión o son perseguidos los disidentes que se atreven a discrepar del autócrata en turno. Cuando esto sucede con frecuencia –como ocurre actualmente en nuestro país– es necesario prender las luces de alerta. La experiencia histórica nos ha mostrado con creces a qué destino conduce esa ruta.
