La guerra de los 12 días: apuntes

Las naciones europeas por su parte, recibieron con beneplácito el anuncio de cese al fuego y la posibilidad de que el programa nuclear iraní haya sido desmantelado. Para ellas también representaba un alto riesgo en materia de seguridad, por lo que no fue una ganancia menor el que tal riesgo haya sido conjurado sin siquiera haber tenido que meter las manos.

Mucha tinta ha corrido para narrar, analizar y discutir la guerra entre Israel e Irán que empezó y terminó cuando nadie se lo esperaba. Toneladas de bombas y cientos de misiles y drones volaron por los aires estremeciendo a millones de personas, iraníes e israelíes, que vivieron jornadas llenas de terror y destrucción. De manera extraoficial sabemos que las pérdidas humanas fueron 639 en total —610 en Irán y 29 en Isra—l-, que Israel sufrió importante destrucción de infraestructura urbana con un saldo de 12 mil personas hoy sin hogar, y que tanto los centros de desarrollo nuclear iraní de Isfahán, Natanz y Parchín, como las instalaciones subterráneas de Fordo fueron arrasadas, esta última mediante el bombardeo norteamericano que metió durante algunas horas a EU en la contienda. Igualmente, Israel consiguió destruir vastos arsenales de misiles y plataformas de lanzamiento, todo mediante ataques aéreos que actuaron libremente ante la inoperancia de los mecanismos de defensa aérea del país persa.

Una vez concluida la guerra, la discusión se ha centrado en la evaluación de si Irán logró trasladar los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% a algún lugar seguro fuera de las instalaciones bombardeadas, y si por tanto, el programa nuclear podrá ser retomado en un futuro próximo. No hay aún certeza acerca de ello y las opiniones de expertos y políticos pueden resumirse en que todo es posible, tanto que se haya conseguido acabar con ese riesgo, como que el impacto de la guerra sólo haya logrado retrasar por algunos meses o años el momento en que Irán posea una o varias bombas atómicas.

Dicho lo anterior, resulta interesante revisar algunas de las reacciones a lo acontecido. El ayatola Khamenei, supremo líder de Irán, a quien no se había visto en público desde el inicio de la guerra, se presentó ante las cámaras de televisión de su país el jueves por la noche diciendo que “…la República Islámica salió victoriosa y como represalia le asestó una bofetada al rostro de América… EU pagará un alto precio si se atreve a golpear de nuevo a Irán”. Agregó que “Israel fue casi destruido y aplastado por los ataques de la República Islámica”. Ese triunfalismo sin bases, dirigido a engañar a su población acerca del verdadero balance dejado por la guerra, confirma la naturaleza totalitaria del régimen dejando patente que ahí no debe de reinar más que la verdad oficial, por más que los hechos objetivos la desmientan.

En Israel, el fin de la guerra fue recibido con alivio y un alto reconocimiento a su ejército y servicios de inteligencia por los resultados. Sin embargo, de inmediato resurgió el descontento popular por el estado de cosas que prevalece en la cruenta guerra contra Hamás en Gaza. La demanda, específicamente dirigida a Netanyahu y su gobierno, de poner fin al derramamiento de sangre y recuperar a los rehenes israelíes que llevan más de 20 meses en cautiverio, resurgió con la misma vitalidad una vez que la gente pudo salir a los espacios públicos.

Las naciones europeas por su parte, recibieron con beneplácito el anuncio de cese al fuego y la posibilidad de que el programa nuclear iraní haya sido desmantelado. Para ellas también representaba un alto riesgo en materia de seguridad, por lo que no fue una ganancia menor el que tal riesgo haya sido conjurado sin siquiera haber tenido que meter las manos. Aunque fue también claro que las posturas a lo largo de la guerra difirieron. Por ejemplo, el presidente francés Macron criticó los bombardeos de Israel y EU, mientras que el canciller alemán, Friedrich Merz se mostró especialmente favorable al considerar incluso que “Israel nos está haciendo el trabajo sucio”.

En cuanto a los ricos países árabes del Golfo, casi todos de identidad islámica sunnita, el debilitamiento de Irán ha sido bienvenido, por más que al principio de la contienda hayan condenado el bombardeo israelí. Fue obvio que se trató de una condena de dientes para afuera destinada al consumo doméstico, pero sólo eso. Si bien las relaciones entre Arabia Saudita e Irán ya no eran tan tensas como lo fueron hace años, aún existía una seria competencia entre ambos por la hegemonía regional. La muy comentada iniciativa de Trump de expandir los Acuerdos Abraham con el ingreso de Arabia a ellos para normalizar así las relaciones entre el reino saudita e Israel, revela que hay bases para pensar que puestos a escoger, la mayoría de los países árabes prefieren alinearse al bando opuesto al del régimen de Teherán.

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