La fuerza de la destrucción

La catástrofe que acaba de ocurrir en Acapulco y zonas aledañas por el impacto del huracán Otis, muestra cómo lo construido con esfuerzos y trabajo de años y años –viviendas, comercios, hoteles, escuelas, hospitales, vías de comunicación y vidas humanas– puede ...

La catástrofe que acaba de ocurrir en Acapulco y zonas aledañas por el impacto del huracán Otis, muestra cómo lo construido con esfuerzos y trabajo de años y años –viviendas, comercios, hoteles, escuelas, hospitales, vías de comunicación y vidas humanas– puede venirse abajo en un santiamén. Sin que quede más remedio que, como el mitológico Sísifo, se tengan que emprender las tareas de reconstrucción que implican enormes recursos de todo tipo destinados a atender a los damnificados y a restablecer la infraestructura perdida. Mucho tiempo, pues, para volver a las condiciones prevalecientes antes del meteoro.

Los ejemplos de construcción larga y paciente, que trágicamente se desmorona en lapsos brevísimos, son muchos y se manifiestan en una diversidad de áreas. Ahora que sigue candente el tema de la guerra de Israel-Hamás, vale la pena recordar cómo el mayor esfuerzo que llegó a avanzar hacia la solución del conflicto israelí-palestino, los Acuerdos de Oslo firmados en 1993 por el primer ministro israelí Isaac Rabin y su canciller, Shimon Peres, con el líder de la OLP, Yasser Arafat, esfuerzo que fue precedido de un largo proceso de negociaciones, consultas, mediación de actores internacionales y concesiones mutuas que no fueron sencillas de acordar, fue muy pronto obstaculizado, y finalmente anulado por efecto de las corrientes inconformes que de los dos lados de la ecuación, detestaban ese nuevo statu quo, intolerable a sus ojos debido a que no coincidía con sus visiones maximalistas y no dispuestas a concesión alguna.

En ese contexto, un mesiánico ultranacionalista israelí, Yigal Amir, asesinó al premier Rabin el 5 de noviembre de 1995, bajo el influjo de la corriente radical inconforme con lo firmado en la Casa Blanca por Rabin y Arafat. Desde la otra trinchera, la organización jihadista y terrorista palestina Hamás desató una de las más mortíferas campañas para enterrar los Acuerdos de Oslo, que habían posibilitado hasta ese momento la instalación de Arafat en Ramala y Gaza como presidente de la naciente Autoridad Nacional Palestina.

Desde 1993 Hamás había tildado a Arafat de traidor y dictador corrupto, reclamándole el haber negociado con los israelíes y, por tanto, haber renunciado al establecimiento de un Estado palestino desde el Mediterráneo hasta el Jordán. La carta fundacional de Hamás declaraba que Israel debía desaparecer para crear en su lugar un Estado islámico fundamentalista.

Fue así como a partir de 1994 y hasta 2003 Hamás, mediante su brazo armado, las Brigadas Izzedin-al-Kassam, perpetró 113 atentados terroristas suicidas. Fueron sobre todo numerosos en el primer semestre de 1995 cuando la pretensión de destruir cualquier posibilidad de avance de los Acuerdos de Oslo desató una oleada macabra de atentados suicidas en múltiples ciudades de Israel donde las víctimas civiles se contabilizaron por centenares.

Calles, autobuses, restaurantes, centros comerciales, mercados, estaciones de trenes y discotecas se convirtieron en hierros retorcidos que prefiguraban cómo el proceso de paz aún en curso, pronto estaría también hecho pedazos. La polarización desatada a partir del calentamiento de los ánimos dio una puñalada mortal al espíritu conciliador y constructivo que sólo por un brevísimo lapso pudo imponerse de manera lamentablemente efímera.

Dos décadas han pasado desde los Acuerdos de Oslo y el panorama ha sido cada vez más sombrío. Estas últimas tres semanas han sido demoledoras hasta un nivel nunca antes alcanzado. Las fuerzas radicales se han adueñado del escenario a partir de los salvajes ataques de los terroristas del Hamás contra toda clase de población presente en la zona. No sólo judíos ni sólo israelíes fueron víctimas de la orgía de sangre. Trabajadores temporales tailandeses, beduinos, árabes israelíes y turistas de diversa procedencia, fueron sacrificados brutalmente o secuestrados.

Ante ese trauma y ante la violencia que sigue envolviendo a las poblaciones de Israel y de Gaza bajo fuego, la sombra de lo que está por venir ahoga no sólo a quienes ahí habitan, sino que se despliega más allá. ¿Qué pasará en la Franja ante el embate israelí para destruir a Hamás? ¿Qué con su población civil atrapada entre el fuego de Israel y la tiranía inmisericorde de Hamás? ¿Podrán los rehenes regresar con vida? ¿Hezbolá e Irán escalarán el conflicto sumándose a la contienda a pesar de las advertencias norteamericanas? Si así fuera, ¿cuánto más podría complicarse el escenario regional y el global?

Y también, ¿hasta qué grado han renacido y crecerán las oleadas del viejo antisemitismo que sigue vivo con consignas cargadas de odio en las redes sociales e incluso con violencia verbal y física en diversas ciudades y universidades de los cinco continentes donde los judíos, sólo por serlo, se vuelven blanco de insultos y ataques que ponen en riesgo su integridad? Todas son preguntas que no estamos en posibilidad de responder, pero que revelan la enorme dificultad de construir paz y convivencia, y la grandísima facilidad de destrucción de éstas a manos de quienes se les oponen.

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