La doctrina Biden para Medio Oriente

Cuatro meses han pasado desde el estallido de la guerra y, a pesar de las turbulencias causadas por ella, el príncipe saudita Mohamed Bin Salman no ha retirado su ofrecimiento de normalización de relaciones con el Estado judío.

Está por cumplirse un año de que China medió para conseguir la reanudación de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán –hasta entonces acérrimos enemigos– con lo que Beijing mostró su ambición de ser un protagonista central en esa región, haciéndole competencia a Estados Unidos y Rusia. Los festejos por ese aniversario han empezado ya, con un show de jets fighters chinos volando sobre Riad, al tiempo que se anuncian ejercicios navales conjuntos entre China, Irán y Rusia. Sin embargo, en la competencia entre las potencias por el protagonismo en la zona, Washington sin duda lleva la delantera al haberse convertido desde el inicio de la guerra entre Hamás e Israel, en un actor central de gran relevancia para lo que ahí se cocina.

Y es que en los últimos meses ha despuntado un proyecto de ambiciosos alcances cuyo gran gestor es Estados Unidos. Se trata de la creación y consolidación de un bloque de naciones árabes sunitas, amparadas militarmente por Washington, y aceptantes al mismo tiempo de la legitimidad de la existencia de Israel en el vecindario. Teóricamente, se trataría de un conglomerado de países cuya fortaleza podría contener las ambiciones y designios de Irán y de sus proxis –Hezbolá, Hamás, los hutíes y las diversas milicias chiitas ubicadas en Irak y Siria– creando así una especie de detente entre ambos bloques, capaz de estabilizar esa convulsa región. Siendo Estados Unidos el promotor y padrino de esa fórmula, estaría en condiciones de conseguir una considerable marginación de Rusia y China.

Ya desde antes del ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre, fue público que el príncipe saudita Mohamed Bin Salman (MBS), había expresado su disposición a normalizar relaciones con Israel, siguiendo los pasos de Emiratos Árabes y Bahrein. Desde entonces esa oferta estaba condicionada a que Israel se comprometiera a trabajar con seriedad en la solución de la cuestión palestina. Cuatro meses han pasado desde el estallido de la guerra y, a pesar de las turbulencias causadas por ella, el monarca saudita no ha retirado su ofrecimiento de normalización de relaciones con el Estado judío, bajo las mismas condiciones. No es un secreto que para la monarquía saudita, al igual que para varios otros países árabes sunitas, Hamás, Hezbolá, Irán y la ideología de la Hermandad Musulmana que los inspira, son poco menos que anatema. Claro que por solidaridad fraterna árabe y, para efectos de política doméstica, MBS ha estado obligado a condenar la ofensiva israelí contra  Hamás, aunque se sabe que la eliminación de éste le sería más que conveniente.

En ese contexto es que se desarrolla la política recientemente bautizada como doctrina Biden. El secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, ha realizado siete viajes a la zona desde el 7 de octubre. Ha estado en Riad, Doha, Jerusalén, Ramala, El Cairo y Amán, entrevistándose una y otra vez con los respectivos liderazgos. Y aunque mucho de lo que ahí se trata se desconoce, trasciende por las declaraciones e iniciativas que se revelan o se filtran, que el presidente Biden, apoyado por la fuerte influencia que tiene Estados Unidos en cada uno de esos actores, ha diseñado un esquema de la ruta a emprender para la estabilización de la región mediante la contención de las fuerzas extremistas y fanáticas que ahí abundan.

El plan de Biden estriba básicamente en que el gobierno israelí se comprometa con seriedad a dar los pasos necesarios para llegar al establecimiento de un Estado palestino al final de la guerra con Hamás, a cambio de que Arabia Saudita normalice relaciones con Israel y participe junto con otras fuerzas árabes sunnitas del Golfo en la reconstrucción y administración temporal de Gaza. Ello al lado de representantes de la Autoridad Palestina que deberá reforzarse y limpiarse de corrupción, para eventualmente hacerse cargo del control de la Franja y proyectarse a futuro como la esencia del gobierno del Estado de Palestina que nacería.

Desde luego que Biden está haciendo uso de palos y zanahorias para convencer y disuadir. Para Arabia, la oferta incluye platos apetitosos, como un acuerdo de cooperación militar y defensa mutua, lo mismo que los elementos necesarios para establecer una instalación nuclear con fines pacíficos. En el caso de Israel, el apoyo político, la ayuda económica y el abasto de pertrechos militares provenientes de Washington le son sumamente necesarios en esta coyuntura de guerra. Sin embargo, es innegable que existen múltiples elementos y variables que se interponen para hacer realidad ese proyecto. Habrá que ver.

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