Israelíes, 70%

Setenta por ciento de la población reprueba la continuación de la guerra en Gaza al considerar que esa decisión no obedece ya al interés nacional general, sino más bien a la terca voluntad personal de Netanyahu de conservar en pie su gobierno, y a las ambiciones de los sectores más duros y ultranacionalistas de su coalición.

Es posible afirmar que, de enero a octubre de 2023, aproximadamente 70% de la población israelí se manifestó en protestas multitudinarias, semana a semana, contra la reforma judicial que el gobierno de ultraderecha nacionalista israelí encabezado por Benjamín Netanyahu pretendía imponer. Una reforma muy parecida a la que aquí en México está en curso de establecerse mediante la grotesca elección del 1 de junio próximo.

El objetivo era el mismo: acabar con la independencia del Poder Judicial para eliminar uno de los contrapesos más necesarios para el ejercicio de una democracia funcional. Igual que lo que ha acontecido con muchos de los gobiernos populistas y autoritarios que en diversas partes del mundo hoy proliferan.

Pero cuando el 7 de octubre de 2023 Israel fue sacudido por el ataque sorpresa de la organización terrorista Hamás –una brutal masacre que cobró mil 200 muertos y 251 secuestrados– la ciudadanía israelí cerró filas y se concentró en su defensa y en el obligado contraataque ante lo acontecido. El conflicto interno por la mentada reforma judicial quedó así en pausa para dar pie a un consenso casi total acerca de lo que en ese momento era de importancia vital para la ciudadanía toda.

No era para menos, ya que, además de tenérselas que ver con el desafío de Hamás, se abrieron de inmediato frentes de guerra adicionales con el inició de los ataques de Hezbolá desde Líbano y de los hutíes desde Yemen, además de las amenazas provenientes desde Teherán.

Ahora, tras casi veinte meses de guerra, el consenso general que existió durante los primeros tiempos ha desaparecido. La forma como la coalición gobernante en Israel fue manejando la guerra perdió la aprobación del público poco a poco, para llegar a este momento en que, de acuerdo con diversas encuestas, 70% de la población reprueba la continuación de la guerra en Gaza al considerar que esa decisión no obedece ya al interés nacional general, sino más bien a la terca voluntad personal de Netanyahu de conservar en pie su gobierno, y a las ambiciones de los sectores más duros y ultranacionalistas de su coalición como lo son los encabezados por los ministros Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, empeñados en reconquistar Gaza e imponer un control israelí total sobre la Franja.

Ese 70% de israelíes que hoy protestan de nuevo cotidianamente considera que la decisión de proseguir y ampliar la guerra va contra la posibilidad de rescatar a los 20 rehenes vivos que siguen en manos de Hamás. Incluso afirman que la sobrevivencia de ellos está en mayor en riesgo con la ampliación de las hostilidades. Pero no es sólo eso lo que provoca el desacuerdo con su gobierno.

Esa gran mayoría resiente también la continuación del derramamiento de sangre en ambos bandos, de esa violencia que cobra tantas víctimas inocentes, sobre todo entre la población palestina. Hay entre estas casi tres cuartas partes de la ciudadanía israelí un hartazgo de la guerra, un agotamiento y un enorme desencanto y enojo con su gobierno.

Toda esa enorme frustración se intensifica más aún al padecer la deslegitimación tan generalizada que a nivel internacional ha brotado desmesuradamente no sólo del derecho de Israel a responder a la masacre de 7 de octubre, sino, sobre todo, de que Israel exista como una nación más entre las naciones.

Para esa gran mayoría de ciudadanos israelíes –judíos, árabes y drusos– el sueño colectivo que revela su estado de ánimo actual es que el gobierno de Netanyahu caiga lo más pronto posible y el país no siga resbalando por esa pendiente que lo está llevando a una descomposición que será muy difícil revertir.

Por desgracia, la aritmética parlamentaria no contribuye a la posibilidad de desbancar a la coalición gobernante actual, por más que se siguen acumulando pruebas y acusaciones de manejos corruptos del propio Netanyahu y algunos de sus cercanos.

Y es que las artimañas de los gobernantes populistas con demasiado colmillo, como es el caso del premier israelí, son increíblemente eficaces para encontrar la manera de sobrevivir contra viento y marea. Es triste, pero así es. Lo sabe la mayoría de los israelíes que hoy desespera de no poder deshacerse de quien, más allá de sus antiguos y actuales pecados menores y mayores, tenía las riendas del país en sus manos el 7 de octubre y no fue capaz de prevenir la catástrofe que se desencadenó ese día fatal.

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