Irán expulsa a medio millón de afganos

La guerra de 12 días entre Israel e Irán aceleró aún más el ritmo de deportaciones forzadas con un promedio de 30 mil personas diarias. Desde entonces familias enteras llegan en autobuses a Islam Qala, punto de contacto con la provincia afgana de Herat

En 2021 el presidente Biden sacó a la totalidad de sus tropas de Afganistán en un entorno caótico que dejó de nueva cuenta a los talibanes en control de ese país asiático desde donde Bin Laden había organizado los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos. Uno de los efectos de tal convulsión fue un éxodo de centenares de miles de afganos que buscaron refugio donde fuera posible encontrarlo, e Irán, país vecino, fue uno de los destinos a los que recurrió la atemorizada población.

Tal concesión de refugio está llegando a su fin, ya que, de acuerdo con la Agencia de Naciones Unidas para la Migración, desde principios de este año el régimen iraní anunció que el 6 de julio era la fecha límite para el regreso de los afganos indocumentados a su patria. Según cifras oficiales, en este medio año 691 mil 49 han salido del país persa, 70% de ellos deportados por la fuerza. La guerra de 12 días entre Israel e Irán aceleró aún más el ritmo de deportaciones forzadas con un promedio de 30 mil personas diarias. Desde entonces familias enteras llegan en autobuses a Islam Qala, punto de contacto con la provincia afgana de Herat. Las escenas ahí son dramáticas: con pertenencias escasas a cuestas marchan obligadamente a su país natal donde les espera no sólo un peor nivel de pobreza, sino también el yugo del gobierno talibán que, comparativamente con lo experimentado en Irán, es más cruel y fanático aún, sobre todo en el trato hacia las mujeres. La sustitución del chador, que deja ver el rostro femenino, por la burka, que lo oculta obligatoriamente, es representativo de la diferencia.

Es así como en la frontera se agolpan multitudes desesperadas cuyas necesidades de alimento y servicios higiénicos mínimos no están cubiertas, ya que tanto la ONU como las organizaciones no gubernamentales supuestamente encargadas de prestarles auxilio, alegan carencia de fondos debido a los recortes a programas de ayuda internacional que se han registrado en los últimos tiempos, entre ellos los proporcionados por USAID. Quienes aún operan para paliar el sufrimiento de los deportados declaran que sus recursos alcanzan apenas para cubrir a 3% de la demanda.

No cabe duda que los resultados de la guerra con Israel han sido demoledores para Irán. Si bien el régimen se mantiene aún en pie, su posición regional ha sufrido un descalabro enorme. Sus proxys Hamás, Hezbolá y el régimen sirio de Al Assad están en la lona debido a los efectos de la guerra de Israel contra el llamado “anillo de resistencia islámica”, además de la devastación sufrida durante la guerra de los 12 días que dañó su infraestructura de desarrollo nuclear y diezmó al Cuerpo de los Guardias Revolucionarios, a su élite científica y a parte de su dirigencia política.

Irán ya vivía desde hace años en estado de crisis económica permanente, no obstante su riqueza petrolera. La ideología mesiánica del régimen de los ayatolas fundada en la prioridad nacional de destruir al Estado de Israel y doblegar a la “corrupta” civilización occidental, echó por tierra cualquier consideración pragmática referente al bienestar de su población. Desde esa perspectiva, el terrorismo se adoptó como un medio legítimo de lucha y la obtención de armamento nuclear pasó a ser un objetivo prioritario.

Las consecuentes sanciones impuestas por Occidente a raíz de su ilegal intento de desarrollar armas nucleares terminaron por llevar a su economía a una espiral de desgaste, con devaluaciones continuas de su moneda, escasez de productos básicos e inflación incontenible. Paralelamente, el carácter totalitario del régimen mantuvo inconmovible su represión brutal a la disidencia, uno de cuyos más notables ejemplos fue la campaña de arrestos, torturas y ejecuciones durante el tiempo que duraron las protestas por la muerte de Mahsa Amini, asesinada por la policía de la moral por no tener cubierta apropiadamente su cabellera.

Ante sus crecientes dificultades, el régimen reacciona hoy como un animal herido y emprende redadas contra presuntos espías y traidores. Prisión, tortura y muerte se multiplican, junto a la deportación forzada de cientos de miles de refugiados afganos que, de forma parecida a como la administración de Trump trata a los indocumentados, se encuentran en el desamparo total ante la indiferencia de la opinión pública mundial, solidaria sólo con las causas que tienen éxito en difundirse en los medios y en alimentar prejuicios añejos.

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