Hutíes bajo órdenes de Irán escalan la guerra

No sorprende que el estallido de las hostilidades entre Hamás e Israel fuera usado como pretexto por Teherán para calentar más la región, utilizando como es su costumbre, a uno de sus proxys, los hutíes, para hacerle el trabajo sucio.

Hace dos días, una docena de países perdieron la paciencia y la esperanza de que cesaran los ataques de los hutíes contra las embarcaciones comerciales que circulan en el Mar Rojo, y emprendieron una ofensiva armada encabezada por Estados Unidos y Gran Bretaña contra objetivos hutíes en Yemen. Tras una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU aprobada el miércoles pasado en la que se condenaban las acciones hutíes de estos últimos dos meses y se les conminaba a ponerles fin, una coalición, encabezada por los gobiernos de Washington y Londres, decidió actuar militarmente luego de que los mecanismos de presión diplomáticos y financieros empleados hasta ese momento no dieran resultados. El comunicado conjunto presentado por EU, Gran Bretaña, Australia, Bahréin, Canadá, Dinamarca, Alemania, Holanda, Nueva Zelanda y Corea del Sur establece que “el objetivo sigue siendo el reducir tensiones y restablecer la estabilidad en el Mar Rojo… por lo que no dudaremos en defender vidas y proteger el libre flujo comercial en una de las vías marítimas más cruciales”.

Los ataques norteamericanos e ingleses de los últimos dos días sobre zonas controladas por los hutíes en Yemen han sido contra bases militares y aeropuertos. Un alto funcionario hutí, Hussein al Ezzi, respondió desafiante que “América y Gran Bretaña deben prepararse para pagar un alto precio y sufrir las consecuencias de esa descarada agresión”, mientras que el presidente Biden declaró que se trata de una operación defensiva legítima tras los ataques en el Mar Rojo. ¿Cómo comenzó este drama que está expandiendo peligrosamente los vientos de guerra en Oriente Medio?

El punto de arranque fue el brutal ataque del Hamás a Israel el 7 de octubre. A partir de entonces el bando de los hutíes de Yemen decidió iniciar una embestida contra cientos de naves comerciales y buques tanqueros que circulaban por el Mar Rojo. Su justificación: responder al contraataque israelí sobre las huestes de Hamás en Gaza. Pero los disparos de misiles y drones hutíes pronto mostraron ser irrestrictos, tanto sobre blancos que podían tener una relación con Israel, como contra cualquier otra embarcación independientemente de la bandera que portara o propiedad de quien fuera. Además, a mediados de noviembre secuestraron un barco con todo y su tripulación en la que, por cierto, se encontraba un ciudadano mexicano, Arturo Alberto Zacarías, del cual hasta ahora no tenemos noticias.

No hay duda de quién ha estado tras esa ofensiva. El régimen iraní ha sido el principal aliado y patrocinador de los rebeldes chiitas de Yemen, quienes habían estado librando una sangrienta guerra contra el gobierno establecido en ese país a lo largo de nueve años. Por lo que no sorprende que el estallido de las hostilidades entre Hamás e Israel fuera usado como pretexto por Teherán para calentar más la región, utilizando como es su costumbre, a uno de sus proxys, los hutíes, para hacerle el trabajo sucio. La intención provocadora iraní no ha podido ser más clara.

Y es que, desde la implantación del régimen de los ayatolas en 1979, uno de sus dogmas, mantenido hasta la fecha, es que el Estado de Israel debe desaparecer de la faz de la tierra. Por tanto, es de suponer que en la coyuntura actual de crisis extrema que vive Israel, Irán calcula que el caos provocado en el Mar Rojo por donde transita entre 12 y 15 por ciento de la navegación comercial del mundo, contribuirá al debilitamiento político y estratégico de Israel y de quienes de alguna manera lo apoyan.

La controversia internacional alrededor de lo que ocurre específicamente en Gaza está siendo sin duda intensa y apasionada, mucho más que lo que generalmente ocurre ante otros conflictos también graves. Sin embargo, brilla por su ausencia en los debates que ocupan a la opinión pública la perspectiva más amplia acerca de lo que también está en juego, a saber, lo que podría suceder a nivel global si las formaciones políticas y sociales que se apegan a los valores de la democracia y las libertades, sucumben ante los designios y proyectos de organizaciones y regímenes totalitarios de corte fanático religioso, como lo son ahora Irán, Hezbolá, Hamás, los hutíes, el ISIS y los talibanes. Un triunfo de éstos, guiados por principios propios de una mentalidad del siglo XI, pero con armas y tecnología del siglo XXI, significaría uno de los más grandes atentados contra los avances civilizatorios que mal que bien hemos logrado como humanidad.

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