Guerra: la religión como bandera
En Occidente tendemos a creer que las guerras inspiradas por disputas y diferencias religiosas son cosas del pasado. Quizá por eso no se calibra con sensatez y realismo a qué extremos de irracionalidad y barbarie pueden llegar esas pulsiones religiosas e ideológicas francamente fanatizadas y a las que considerábamos premodernas y, por tanto, superadas ya por efecto de los avances civilizatorios.
Cayó el jueves pasado Yahya Sinwar, el líder máximo del Hamás, artífice principal del ataque contra Israel del 7 de octubre de 2023 que desencadenó la guerra que sigue en curso y se ha extendido a otros seis frentes adicionales. Antes de la eliminación de Sinwar, habían sido ultimados varios de los más importantes dirigentes de la lucha armada contra el Estado hebreo. Los más notables fueron los casos de Ismail Haniye y Muhamad Deif, igualmente de Hamás, lo mismo que el jeque Hasán Nasrallah, jefe supremo del Hezbolá libanés.
También altas figuras del régimen iraní de los ayatolas fueron víctimas de los ataques israelíes sobre Líbano, por lo que se puede afirmar que la desaparición de tan importantes liderazgos debe haber desarticulado sustancialmente las operaciones del jihadismo dirigidas, no como a menudo se sostiene falazmente, a hacer justicia a la legítima causa de la independencia del pueblo palestino, sino a la desaparición del mapa del Estado de Israel para restaurar el dominio absoluto del islam en la región donde originalmente esa religión nació y floreció.
A estas alturas y con el trasfondo de los últimos acontecimientos, es imposible prever cómo se desarrollarán las cosas en el futuro próximo. La enorme cantidad de variables que operan en este vasto escenario y la complejidad inherente a la intervención de tantos y tantos actores en esta conflagración, impiden las certezas. ¿Se acordará algún cese al fuego en alguno de los frentes de guerra? ¿Habrá regreso a casa para los 101 rehenes en manos de Hamás? ¿Profundizará Israel su campaña en Líbano contra Hezbolá y, al mismo tiempo, atacará territorio iraní en respuesta a la lluvia de misiles que recibió el 1 de octubre pasado desde Irán? ¿Proseguirán los hutíes con sus disparos y atentados a la libre navegación internacional? ¿Qué pasará con el desarrollo nuclear iraní? ¿Qué pasará si Netanyahu, si Trump, si Kamala, si Putin…?
La lista de imponderables puede ser infinita. Sin embargo, hay ciertas cuestiones que son claras. La obsesión de acabar con Israel, abiertamente manifiesta en los idearios de Hamás, de Hezbolá, de los hutíes y de ISIS o Estado Islámico, obedece sobre todo a una visión religiosa propia del islam radical, encarnada en el concepto de “guerra santa” que exige emprender la misión suprema de eliminar a los infieles.
Es un hecho histórico que Irán del Sha, previo a la revolución que lo derrocó en 1979, no tenía ningún problema ni con Israel ni con los judíos. Las relaciones entre ellos eran amistosas y de colaboración porque no existía en el plano de la realidad ningún agravio ni ninguna disputa territorial. Sin embargo, el viraje de 180 grados fue inmediato con el triunfo de la revolución islámica. El ayatola Jomeini, máximo líder de Irán de 1979 a 1989, padecía una obsesión respecto a Israel y los judíos. Infectado por el virus de las ideas de conspiraciones y complots, hacía constante alusión a ellos. Se afirma que 40% de los discursos de Jomeini estaban dedicados a denunciar al “enemigo sionista” y a los judíos como perversos poderes que, incluso controlaban a Estados Unidos, denominado éste en el discurso oficial iraní como “Gran Satán”. Israel y la civilización occidental eran a sus ojos, los grandes enemigos de los valores fundamentales de la civilización musulmana. Por tanto, destruirlos constituía la más sagrada tarea a emprender.
El ayatola Khamenei, sucesor de Jomeini, ha mostrado a lo largo de sus más de tres décadas de gestión una obsesión aún más intensa. En 90% de sus discursos el énfasis reside en la malignidad de Israel y los infieles, repitiendo iguales consignas los líderes de Hezbolá y de Hamás, absolutamente convencidos de que libran esa misma guerra santa.
En Occidente tendemos a creer que las guerras inspiradas por disputas y diferencias religiosas son cosas del pasado. Quizá por eso no se calibra con sensatez y realismo a qué extremos de irracionalidad y barbarie pueden llegar esas pulsiones religiosas e ideológicas francamente fanatizadas y a las que considerábamos premodernas y, por tanto, superadas ya por efecto de los avances civilizatorios. Para dimensionar el desafío al que se enfrenta el mundo en la actualidad sería muy útil reconocer que las llamadas guerras de religión siguen vivitas y coleando, con el agravante de que a pesar de ser similares en sus motivaciones a las del siglo XVI, hoy se libran con armamento y tecnologías del siglo XXI.
