Gigantesca catástrofe humanitaria

Los casi dos millones de afganos que ya han sido deportados a su patria original están llegando a un país gobernado por una de las tiranías más crueles y fanáticas de nuestro mundo, la de los talibanes

Una deportación masiva de 1.8 millones de personas en el curso de tres meses no puede más que significar una crisis humanitaria de dimensiones extraordinarias. Es el caso de los afganos refugiados en Irán que están siendo expulsados a una velocidad récord, pagando así los platos rotos de la profunda crisis que vive el país persa como consecuencia de la cadena de fracasos que ha sufrido en los últimos tiempos. A la crisis económica crónica que el país persa ha vivido como consecuencia de las sanciones que sobre él pesan debido a su proyecto de desarrollo nuclear bélico, se agregaron en el último año varias calamidades más. En la guerra de 12 días contra Israel sufrió golpes devastadores poco tiempo después de que sus más importantes proxys regionales como Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza y la dictadura siria de Bashar al Assad, hubieran quedado prácticamente fuera de combate.

La decisión de la deportación forzada de los afganos se ha dado en ese contexto. El Irán de los ayatolas se encuentra sumido en la crisis más severa que jamás haya conocido. El descontento de su población, durante mucho tiempo centrado en los abusos de la tiranía del fanatismo islamista chiita, se ha intensificado aún más. Uno de los factores explicativos del creciente desgaste social es el nivel de inflación al que se ha llegado. La moneda iraní, el rial, se ha ido devaluando a pasos agigantados, llegando en estos últimos meses a la relación de un dólar por más de un millón de riales. Como consecuencia, esta semana una comisión del parlamento acaba de aprobar la eliminación de cuatro ceros a la moneda, aunque evidentemente eso servirá sólo para facilitar el manejo de las transacciones, pero no para ayudar a una recuperación económica real.

Los problemas del país se extienden más allá del circuito económico y financiero. Entre los más importantes en estos momentos están el desabasto de energía eléctrica y la aguda escasez de agua, que ha llegado a extremos críticos en este verano, al grado de que el régimen ordenó el miércoles pasado el cierre por ese día de bancos y oficinas públicas con el propósito de ahorrar ambos insumos.

En este contexto la cacería y deportación de afganos, documentados o no, se ha convertido en una práctica cotidiana a la manera en que Trump procede hoy en EU en su persecución y acoso de los presuntos ilegales. La relatora especial de la ONU, Mai Sato, informó que a partir de julio pasado la cifra promedio de retornos diarios superó 29 mil 600. La presión sobre los afganos está siendo así enorme, además de que en los medios y redes sociales se ha desatado una especie de cacería de brujas alimentada de una xenofobia creciente, al señalar a la población afgana local como nido de traidores, donde se ejerció un espionaje en beneficio de Israel. La Cruz Roja considera que es posible que un millón de personas más sean deportadas antes del fin de este año.

Los casi dos millones de afganos que ya han sido deportados a su patria original están llegando a un país gobernado por una de las tiranías más crueles y fanáticas de nuestro mundo, la de los talibanes. Un país agobiado por la guerra, la pobreza y el flagelo del terrorismo islámico. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) acaba de hacer un llamado urgente para apoyar a quienes retornan, porque admite que sus recursos son absolutamente insuficientes para atender a esa avalancha humana que, además, se está incrementando día con día en virtud de que también Pakistán ha anunciado su decisión de no renovar los permisos de residencia temporaria de muchos de los afganos ahí residentes.

Esta dolorosa situación que atenta contra la vida y el bienestar de millones de personas es, sin embargo, mayormente ignorada por los medios de comunicación y el público en general en Occidente. Lo cual corrobora la premisa de que cuando se trata de poner atención y actuar de alguna manera ante conflictos, tragedias, abusos e injusticias, la indignación y el compromiso son selectivos. El caso de Irán versus los afganos es una muestra de cómo el desinterés, la pasividad y el silencio se imponen cuando se trata de un conflicto que involucra sólo a musulmanes y en el que resulta complicado asignarle a alguna de las partes el papel de verdugo.

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