Fin de la guerra, la paz aún pendiente

Teóricamente, los pasos siguientes tendrían que ver con la definición e implementación de un nuevo orden en la Franja, orden que tendría que estar sustentado por un gobierno civil ajeno a Hamás y apoyado por fuerzas militares, principalmente de los países árabesy musulmanes comprometidos con el plan de Trump.

Muy bienvenido ha sido el anuncio del cese al fuego en la guerra entre Hamás e Israel. Han sido dos años de pesadilla para las poblaciones involucradas directamente, lo mismo para quienes se vieron arrastrados de forma colateral a este conflicto que se expandió regionalmente hacia Líbano, Siria e Irán. La alegría del momento es, sin embargo, incompleta, agridulce, cauta. Porque si bien es cierto que el cese de hostilidades y la liberación de rehenes israelíes en manos de Hamás a cambio de casi dos mil presos palestinos constituye un avance importante para sanar heridas, queda un largo camino por recorrer para que se pueda hablar de una paz real en esa sufrida zona del mundo.

Las maniobras políticas y diplomáticas del presidente Trump, su yerno Jared Kushner y su enviado a Oriente Medio, Steve Witkoff, fueron cruciales para que se llegara a este punto, pero lo que falta por resolverse es todavía de una dificultad extraordinaria. La segunda fase del proceso planteado está en suspenso. Se trata del desarme de Hamás y del paulatino retiro de las tropas israelíes de la mayor parte de Gaza. Teóricamente, los pasos siguientes tendrían que ver con la definición e implementación de un nuevo orden en la Franja, orden que tendría que estar sustentado por un gobierno civil ajeno a Hamás y apoyado por fuerzas militares, principalmente de los países árabes y musulmanes comprometidos con el plan de Trump. Qatar, Egipto y Turquía se mencionan como los más probables integrantes de ese cuerpo operativo, junto con tecnócratas palestinos no afiliados a organización militante alguna.

La mencionada entidad de carácter mixto tendría la responsabilidad adicional de emprender la colosal tarea de reconstrucción material de la Franja mediante recursos económicos tanto propios como de diversos inversionistas del mundo árabe e internacionales. Y aunque se contempla en el plan la posibilidad de que altos líderes de Hamás que han sobrevivido a la guerra no sean aprehendidos, sino que puedan asilarse en terceros países, pende la incertidumbre acerca de la resistencia que ofrecerán. Es muy poco probable que estén dispuestos a perder el inmenso control que ejercieron desde 2007 sobre la Franja y sus dos millones de pobladores, víctimas principales de la agenda ideológica extremista islámica de Hamás que, sin misericordia, los ha usado como escudos humanos en su guerra contra la existencia del Estado de Israel.

Más allá de los múltiples detalles prácticos concernientes sobre cómo se desarrollarán las cosas a futuro en la relación política y económica entre Israel y la población de Gaza, afloran hoy en ese entorno con igual insistencia cuestiones más emocionales que tienen que ver con el manejo de los traumas, las heridas, las inseguridades y los miedos que han quedado inevitablemente impresos en palestinos e israelíes sometidos a dos años de vivir el día a día en medio de misiles, bombas y escenas de destrucción y muerte. Dos años que se iniciaron el 7 de octubre de 2023 con el ataque sorpresa de Hamás, cuando la vida rutinaria para millones de seres humanos desapareció de golpe para detonar un tiempo de incertidumbre y sufrimiento vivido como una eternidad por las víctimas de uno y otro bando.

En estos momentos en que se abre un modesto espacio para el optimismo, es de esperarse también que aminoren o cesen las vociferantes posturas polarizadas surgidas en tantos lugares de nuestro mundo alrededor de este conflicto, como si la humanidad entera girara alrededor de él y sólo de él. Y es que nunca, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, se había registrado un fenómeno de masas tan peculiar ni un apasionamiento y una estridencia mediática de tan alta resonancia respecto a situaciones internacionales o locales fuera cual fuera su gravedad. Este fenómeno parece sugerir, con base en experiencias históricas anteriores, que el carácter judío del Estado de Israel constituye el principal elemento detonador de esos tsunamis de militancia apasionada que han brotado en tantos y tantos espacios no sólo dentro del entorno árabe-musulmán, sino en todo Occidente, incluidas algunas de sus más añejas y prestigiadas instituciones de educación superior.

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