Erdogan, el malabarista

En los primeros días tras la masacre, Erdogan se abstuvo de hacer declaraciones incendiarias, ofreciendo en cambio su mediación entre las partes.

Uno de los más impredecibles mandatarios en el escenario internacional es, sin duda, el turco Recep Tayyip Erdogan. Las oscilaciones en sus alineamientos políticos han sido de una frecuencia tal, que es imposible definir con claridad la línea dominante en cuanto a su política exterior. Al ser Turquía miembro de la OTAN desde su fundación y, al mismo tiempo, abrigar Erdogan una fuerte inclinación islamista que se ha alejado cada vez más de la herencia ideológica de Ataturk –fundador de la República Turca con carácter secular– los bandazos han sido el sello político de su régimen.

Un vistazo a su relación con Israel, los palestinos y Hamás corroboran ese comportamiento errático, fruto de la necesidad de mantener equilibrios, que desde una óptica pragmátic- le son necesarios para mantenerse a flote. Formalmente ha apoyado siempre a la causa palestina y en función de ello protagonizó un choque frontal con Israel en 2010 a partir del incidente del buque turco Mavi Marmara que se dirigía a Gaza. Sin embargo y a pesar de la inflamada retórica antiisraelí del presidente turco, las relaciones económicas con el Estado hebreo se mantuvieron vigentes e incluso fueron creciendo con el tiempo.

El ataque del Hamás a Israel del 7 de octubre pasado representó para Erdogan todo un reto. En los primeros días tras la masacre se abstuvo de hacer declaraciones incendiarias, ofreciendo en cambio su mediación entre las partes. Incluso el 10 de octubre llamó a Hamás a liberar a los rehenes que había tomado. Eran momentos en los que el impacto de los horrores del día 7 era muy fuerte y, además, la grave crisis económica que aquejaba a Turquía impedía a Erdogan tomar posturas que irritaran a Occidente y agravaran la situación de su país.

De hecho, pocas semanas antes, Erdogan y Netanyahu habían tenido un encuentro personal en los márgenes de la reunión anual de la Asamblea General de la ONU, donde acordaron reinstalar sus respectivas embajadas. Fue notable que en ese marco se anunció que el mandatario turco iría a rezar a la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén con motivo del centenario del establecimiento de la República Turca, y que Netanyahu le reciprocaría con una visita a Ankara. En paralelo y de manera discreta, se ordenó que ciertos funcionarios de Hamás y la Hermandad Musulmana que operaban en Turquía, abandonaran el país.

Pero, a medida que la guerra Israel-Hamás escaló, Erdogan dio un giro radical. Decretó tres días de duelo tras la explosión en el hospital Al-Ahli que se atribuyó a Israel, pero que casi de inmediato se comprobó que fue producto de un disparo errado de militantes palestinos. De ahí en adelante, las relaciones con Israel se derrumbaron totalmente al acusarlo de cometer crímenes de guerra, declarando asimismo que Hamás no era una organización terrorista, sino que constituía una agrupación de luchadores en defensa de su tierra. El 4 de noviembre Ankara retiró a su embajador de Tel Aviv, luego de que Israel convocara al suyo para consultas.

Aun así, Erdogan vio caer su popularidad entre las masas palestinas que esperaban una intervención mucho más decidida de éste contra Israel, ya que quienes lo admiraban desde tiempo atrás por su agenda islamista local imaginaban que Turquía apoyaría militarmente al Hamás, cosa que no sucedió. A pesar de la retórica inflamada de Erdogan a favor de Hamás, indignó al movimiento propalestino ver escenas de la policía turca golpeando a manifestantes antiisraelíes para dispersarlos. Igual efecto tuvo la difusión de datos acerca de la envergadura de los negocios existentes entre Turquía e Israel. En 2022 el monto de los intercambios fue de 9.5 mil millones de dólares de los que, sobre todo, se beneficiaba Turquía.

Intentando recomponer su imagen de férreo defensor de los intereses islamistas, Erdogan anunció en abril que cancelaba las exportaciones de 54 productos a Israel –entre ellos artículos de hierro y acero, combustible para aviones, equipo de construcción, cemento y pesticidas, entre otros– para decretar luego el fin total de los intercambios comerciales con Israel. Poco después canceló su encuentro con el presidente Biden, agendado para el 9 de mayo, mientras que recibía la visita de los líderes del ala política de Hamás Ismail Haniye y Khaled Meshal.

Es previsible que una vez que la guerra entre Hamás e Israel termine, Erdogan retomará la línea política que le permita sobrevivir a perpetuidad en calidad de líder máximo concentrador del poder total en su patria. Y siendo Turquía un extenso país, conectado fuertemente tanto con Occidente como con el mundo islámico, no cabe duda que tendrá que seguir haciendo malabarismos múltiples para mantenerse al mando.

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