Elon Musk, socio activo de los populismos

Elon Musk, el hombre más rico del mundo, dueño de la red social X, en nombre de la libertad de expresión ha decidido no plegarse a regulaciones y no filtrar mensajes problemáticos, éticamente hablando.

La oleada de movimientos populistas que inunda el escenario político mundial no augura nada bueno. Se han multiplicado al amparo del fenómeno migratorio que crece inconteniblemente por efecto de un sinnúmero de causas, entre las que se encuentran las propias políticas populistas ya en marcha. Es así que hoy somos testigos de la inminente toma del poder por fuerzas de esa naturaleza en diversas regiones. Argentina, con la excéntrica y temible figura de Javier Milei como candidato puntero, Estados Unidos al borde de elegir el próximo año a Trump u otro republicano de línea dura, y Eslovaquia, con el reciente triunfo de Robert Fico, quien está por armar su coalición gobernante.

Los mencionados casos se suman ahora a Polonia, Hungría y al puñado de gobiernos latinoamericanos, africanos y asiáticos de corte populista, ya sea de derecha o de izquierda, que han conseguido imponerse con su agenda radical en la que caben tanto la xenofobia, como el supremacismo nativista, el racismo, el antisemitismo y la misoginia, así como el desprecio por el respeto a los derechos humanos y de las minorías.

Instrumentos esenciales para el ascenso de esas fuerzas políticas han sido las burdas mentiras, el falseamiento de datos, las llamadas fake news, los rumores sin fundamento real esparcidos en las redes sociales deliberadamente, el burdo engaño de presentar como real lo que no es sino una realidad alternativa, inventada a la medida de teorías de la conspiración que poseen la capacidad de inyectar en el público la percepción de que la única opción política admisible es un liderazgo fuerte y con mano de hierro, capaz de pisotear lo que sea necesario con tal de restaurar el orden que está siendo subvertido por quienes forman parte de esa gran conspiración.

De ahí lo seductor del control militar, de los políticos merolicos que asumen el rol de salvadores de la nación mediante fórmulas simplistas y radicales. Véase a Milei, a Bukele, a Maduro, Putin y Erdogan. Recuérdese a Bolsonaro o a Trump con su grandilocuente Make America Great Again. Hitler, Stalin y Mussolini fueron los grandes maestros en ese arte de vender utopías que acabaron en baños de sangre, y sin embargo fungen como modelos inspiradores para esos personajes con alma de dictadores de nuestro presente. Sólo que hoy cuentan, para desgracia nuestra, con un instrumento que les facilita enormemente la tarea: las redes sociales, las plataformas digitales, que les permiten difundir en cuestión de instantes y de forma masiva esa propaganda malintencionada que, mediante granjas de bots, hacen creer lo que sea, cualquier barbaridad y cualquier patraña que les sirva para difamar adversarios e inventar datos y conspiraciones capaces de transmitir a diestra y siniestra que ellos son los verdaderos salvadores de su patria respectiva.

Se asume que a fin de evitar esa malévola manipulación, existen o deberían existir regulaciones legales que impidan la difusión de los discursos de odio y engaño deliberado. Sin embargo, hoy estamos ante el hecho de que el extinto Twitter se ha convertido en X, y el señor Elon Musk, el hombre más rico del mundo, es el dueño de esa poderosa herramienta. Alguien que en nombre de la libertad de expresión ha decidido no plegarse a regulaciones y no filtrar mensajes problemáticos, éticamente hablando.

Así es como Musk les ha abierto las puertas a toda suerte de supremacistas blancos y a exponentes de teorías de la conspiración con agenda antisemita. Ha declarado la guerra a la organización judía norteamericana Anti-Defamation League (ADL), que se atrevió a denunciar los discursos de odio que empezaron a fluir abundantemente en X a partir de que Musk se hizo dueño de la plataforma. El magnate no ha ocultado su simpatía por el partido alemán de ultraderecha con claros tintes neonazis, Alternative fur Deutschland (AfD), ni su cercanía con Paul Golding, líder del partido de ultraderecha británico Britain First, hacia los cuales ha abierto las puertas de X sin ningún reparo. En su plataforma hay cabida para los mensajes radicales del ala más extrema del conservadurismo norteamericano con sus discursos de satanización de los millones de migrantes que intentan escapar de la violencia, las amenazas de muerte y la miseria.

La oleada populista que se expande hoy por el mundo cuenta así con un agente de promoción de indudable eficacia y, por tanto, de gran peligrosidad. X, manejada por Musk, se está perfilando como una herramienta poderosísima al servicio de las campañas de quienes aspiran a encabezar verdaderas dictaduras, regímenes sin contrapesos democráticos en los que la libertad, las disidencias y las minorías sean aplastadas bajo la bota del tirano al mando.

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