Demoler las instituciones

Dentro de la avalancha de órdenes ejecutivas emitidas por Trump, destaca su políticade recortar brutalmente los presupuestos del Departamento de Estado, desmantelarlas instituciones diplomáticas y de seguridad, y cancelar la colaboración con los organismos internacionales de asistencia humanitaria.

A lo largo de los seis años y medio de régimen morenista, los mexicanos hemos sufrido la destrucción de instituciones más grave de nuestra historia. Con el pretexto de la austeridad y el combate a la corrupción y a la impunidad, vimos desparecer, entre otros, al Seguro Popular, el Inai, la CRE, la Cofece, ProMéxico, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, el Consejo de Promoción Turística y una decena de instituciones más, además de 109 fideicomisos de diversa índole, a lo que se han sumado diversos organismos autónomos que siguen en la mira del gobierno actual a fin de completar la masacre destinada a acabar con la República.

Una ruta similar se ha iniciado en EU bajo la presidencia de Donald Trump. El ánimo populista y ultranacionalista propio de este personaje obsesionado con la idea de que para recuperar la grandeza de su nación es necesario terminar con los presuntos abusos que el resto del mundo ha cometido contra su país, le está haciendo tomar decisiones políticas y económicas aberrantes, que están convulsionando al planeta entero. Persecución y expulsión indiscriminada y cruel de población migrante, imposición a capricho de aranceles a los países con los que tradicionalmente intercambia bienes y servicios, castigos y recompensas decididos al azar y dependiendo del humor con el que se despierta cada día, son todas ellas prácticas propias de ese hombre poseedor de un perfil más parecido al de algunos de los más nefastos dictadores del siglo XX, que al que correspondería al dirigente de una de las democracias más robustas en la historia contemporánea.

Dentro de la avalancha de órdenes ejecutivas emitidas por Trump, destaca sin duda su política de recortar brutalmente los presupuestos del Departamento de Estado, desmantelar las instituciones diplomáticas y de seguridad, y cancelar la colaboración con los organismos internacionales de asistencia humanitaria. De hecho, ha reducido en 90% los fondos para este último rubro, además de suspender sus aportaciones a la OTAN y a la ONU. Como en el caso de México durante el último sexenio, la decisión no fue emprender reformas destinadas a solucionar las numerosas fallas y errores presentes en los organismos cuestionados, sino usar el machete para acabar con ellos. Este proceso de demolición está siendo acompañado por discursos demagógicos en los que se presume que al fin se ha cortado de tajo con el abuso practicado por el mundo hacia EU, sin percibir que su costo será el inevitable deterioro de sus intereses como gran potencia mundial. Porque irremediablemente, ante el vacío que dejará el abandono de Washington en tantas áreas, surgirán otros poderes que ocuparán esas posiciones a fin de incrementar su influencia y poderío.

Para apreciar la falta de lógica de la administración de Trump, he aquí unas cuantas cifras: en 2023 el presupuesto de EU en ayuda internacional fue de 71.9 billones de dólares, lo cual representa 1.2% del presupuesto federal total. Ese mínimo monto ha desaparecido al haberse cortado el financiamiento a USAID y a organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). En consecuencia, considerables núcleos poblacionales en condiciones de vulnerabilidad extrema han quedado sin asistencia alimentaria, programas de vacunación, servicios hospitalarios, apoyos ante desastres por fenómenos naturales y protección ante la posibilidad de epidemias o pandemias.

En cuanto a la OTAN, ésta tendrá que reorganizarse de alguna manera, ya sin EU como gran actor dentro de ella, enfrentando ahora el enorme desafío que representa la voracidad de potencias como China y Rusia, más que interesadas en sacar ventaja del mutis estadunidense. Esta nueva situación se perfila como una verdadera ruptura transatlántica que desembocará en una dislocación de los equilibrios que mal que bien han sostenido el orden internacional instaurado en el último medio siglo.

El mundo se ha vuelto así más peligroso en todos sentidos. Los populismos van en ascenso en detrimento de las democracias liberales, con agendas cargadas de augurios pesimistas para la economía global en la que el reparto de la riqueza será cada vez más desigual, mientras las oligarquías serán las beneficiadas. Y ni qué decir de la pérdida de la brújula moral, cuya existencia de por sí frágil, está siendo devorada por ambiciones desbocadas de poder cuyos instrumentos predilectos son la demagogia y la mentira.

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