Crece descrédito de la ONU
El UNHRC y la CNDH son entidades oficiales secuestradas por camarillas políticas que, con base en sus intereses y alianzas, pervierten su funcionamiento, dejando así de cumplir con las funciones que les han sido encomendadas.
La creación de la Organización de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial fue un logro especialmente prometedor al despertar expectativas de contar con un nuevo organismo que pudiera conducir a la humanidad a la resolución de sus conflictos por la vía del diálogo político y diplomático, impidiendo con ello la repetición de las conflagraciones bélicas que habían sido especialmente devastadoras durante la primera mitad del siglo XX. Si bien es cierto que muchas de las agencias y comités creados como brazos operativos de la ONU dedicados a trabajar en áreas específicas –salud, cultura, refugiados, infancia, etcétera– mal que bien han funcionado para abordar las problemáticas a su cargo, también es innegable que debido a su estructura y su creciente politización, ha ido acumulando cada vez más fallas y distorsiones reveladoras de su creciente obsolescencia.
En especial, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU (UNHRC) constituye uno de los organismos más aberrantes en cuanto a su actuación. Digamos que, para ilustrar su naturaleza con un ejemplo conocido por nosotros los mexicanos, su estructura y funcionamiento guarda muchos paralelismos con nuestra Comisión Nacional de los Derechos Humanos, encabezada actualmente por Rosario Piedra. En ambos casos, se trata de entidades oficiales secuestradas por camarillas políticas que, con base en sus intereses y alianzas, pervierten su funcionamiento dejando así de cumplir con las funciones que les han sido encomendadas. Es decir, operan en beneficio justamente de aquellos a quienes debían de investigar y juzgar.
El ejemplo más reciente de tal aberración está en el manejo que el UNHRC ha mostrado respecto a la brutal represión de la población iraní por parte del régimen de Teherán que, en el lapso de un solo mes, ha asesinado, encarcelado y herido a decenas de miles de sus ciudadanos. Las protestas se iniciaron el 28 de diciembre y las masacres se desataron de inmediato. Sin embargo, pasaron 26 días de silencio absoluto de parte del UNHRC sobre esos hechos, hasta que finalmente el 23 de enero se convocó a una reunión para tratar el caso. La explicación de esa inacción está en el hecho de que entre los 47 Estados miembros que integran el UNHRC se hallan países como Qatar, China y Pakistán, aliados con la República Islámica de Irán, además de que varios de los países occidentales miembros tienen otras prioridades en sus agendas y prefieren mantenerse pasivos al no estar sujetos a presiones de sus respectivos públicos. Como no se registran manifestaciones populares locales contra la crueldad del régimen iraní –excepto las protagonizadas por las comunidades de iraníes en el exilio– la toma de cartas en el asunto de países como Francia, Alemania, Gran Bretaña y Japón apareció casi cuatro semanas después del estallido de la represión, cuando por fin convocaron a sesionar al UNHRC, en vista de que ya resultaba vergonzoso permanecer impasibles.
Es un escándalo que, a pesar de los horrores desatados en las calles y plazas de Irán, no ha habido solicitudes de reunión del Consejo de Seguridad de la ONU. Las condenas emitidas por el secretario general, António Guterres, lo mismo que por el jefe del Consejo, el austriaco Volker Türk, han destacado por su tibieza como si el derramamiento de sangre fuera un problema menor.
El UNHRC está integrado por delegados de 47 Estados electos cada tres años dentro de la Asamblea General. Para ser electo no es necesario tener un historial digno en cuestión de respeto a los derechos humanos. Basta con conseguir los suficientes votos dentro de la Asamblea para figurar. De ahí buena parte de su disfuncionalidad e incongruencia a la hora de tener que pronunciarse sobre una situación específica. Actualmente, países como Cuba, Etiopía, Qatar, China, Sudán, República Democrática del Congo y Bangladesh están en él, lo cual parecería una broma, pero no lo es. De tal suerte que se trata de un organismo inservible en la práctica, en cuanto a una real defensa de derechos humanos, con el agravante de que sus decisiones, siempre sesgadas al ser producto de los intereses ideológicos de determinados bloques, aparecen ante la opinión pública, como si en realidad revelaran la verdad acerca de cuáles sí y cuáles no, son los países reprobados en ese tema. Ilustrativo de ello es que, por ejemplo, China, Arabia Saudita, Rusia, Cuba e Irán no son objeto de críticas o condenas, a diferencia de Israel y de otros países con mejor récord real en la defensa de derechos humanos, pero con menos apoyos dentro del UNHRC.
