China sufre por los misiles hutíes

La monarquía saudita había mostrado interés creciente por normalizar relaciones con Israel, lo cual constituyó un parteaguas en la historia del conflicto árabe-israelí, y una clara prueba de que el príncipe Mohamed Bin Salman optaba por el acercamiento al antiguo enemigo sionista, en función de sus actuales intereses económicos y geoestratégicos.

Hasta hace muy poco, Beijing no aparecía como actor relevante en el escenario de Oriente Medio, sobre todo si se le compara con el peso que han tenido Estados Unidos y Rusia en lo que se juega en esa región. Pero hace casi un año se apuntó un logro en apariencia importante. Al decidir tener presencia activa en la zona, apareció como mediador en la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita, cuya relación había sido profundamente hostil desde hacía una década. Sin embargo, el tiempo reveló que tal acercamiento, acompañado incluso por visitas oficiales entre diplomáticos de uno y otro país, no alcanzó para disolver la añeja confrontación entre el bloque musulmán chiita, encabezado por Teherán, y el sunnita, liderado por Riad.

De hecho, y en sentido contrario, la monarquía saudita mostró en el tercer trimestre del año pasado, un interés creciente por normalizar relaciones con Israel, lo cual constituyó un parteaguas en la historia del conflicto árabe-israelí, y una clara prueba de que, puesto a elegir, el príncipe saudita Mohamed Bin Salman optaba por el acercamiento al antiguo enemigo sionista, en función de sus actuales intereses económicos y geoestratégicos. La operación china para restaurar la relación entre Arabia e Irán pasó así muy pronto a un segundo plano, recuperando el gobierno de Washington el protagonismo regional al estar siendo el gestor del acercamiento Arabia-Israel.

La relación que en cambio sí ha sido estable y sólida a lo largo de años es la de China con Irán, cuyos intereses han coincidido, sobre todo en lo que se refiere a la pugna con Estados Unidos. En ese contexto, Beijing desarrolló una postura tolerante y hasta colaborativa con los proxys del gobierno de los ayatolas. Hamás, Hezbolá y los hutíes fueron vistos y tratados por China con amplios grados de tolerancia hacia sus actividades terroristas, por lo cual, tras el salvaje ataque del Hamás a Israel del 7 de octubre, la respuesta china se mostró en ese mismo sentido, o sea, mucho más empática con la organización palestina que con Israel.

Sin embargo, las cosas han empezado a cambiar para el gigante asiático debido a los efectos de los indiscriminados ataques de los hutíes a las embarcaciones que transitan por el Mar Rojo. El comercio chino está sufriéndolos, aun cuando, a manera de advertencia, se esmera en lanzar mensajes desde sus naves de que éstas son operadas por tripulaciones exclusivamente chinas. Aun así, no se han salvado de ser agredidas ya que el entorno caótico que priva en la zona ha derivado en que los ataques hutíes se estén dando indiferenciadamente. Fue así que durante las pasadas semanas estuvieron en grave riesgo las exportaciones chinas de automóviles por vía marítima, que le aportan 100 mil millones de dólares anuales a su economía.

El 14 de enero el ministro de exteriores chino Wang Yi, hablando en El Cairo, en el curso de una conferencia de prensa, llamó a un cese de los ataques hutíes a las embarcaciones a fin de mantener el orden comercial internacional y el libre flujo de las cadenas de suministro industrial. Para China, cuya economía está en problemas, la volatilidad que se registra es sumamente onerosa y preocupante. El costo del viaje de barcos de carga desde Shanghái a Estados Unidos se ha duplicado en razón del alargamiento de los trayectos debido a la necesidad de eludir los misiles hutíes. Por todo ello, el citado ministro hizo también alusión a la necesidad de finalizar la guerra entre Gaza e Israel y de emprender negociaciones de paz a fin de acordar un cronograma para el establecimiento de un Estado palestino.

Por si fuera poco, el cuadro se ha estado complicando más en estos últimos días con los ataques de EU y Gran Bretaña contra blancos hutíes en Yemen y también con los enfrentamientos recientes entre Irán y Pakistán. La escalada de violencia se torna cada vez más difícil de contener. El gobierno chino, cercano a Rusia e Irán, sufre, de rebote, las consecuencias de los actos terroristas de Hamás que desencadenaron un infierno regional del que casi nadie se está salvando. En el ajedrez de la geopolítica mundial actual hay muy poco de predecible. El gobierno chino seguramente nunca previó que aliados suyos, como lo son los hutíes, iban a fungir como “fuego amigo” que le generaría tantos problemas.

Temas: