Cese al fuego: instantánea

Una de las señales más alarmantes ha sido la campaña de Hamás, desatada casi de inmediato, para ajustar cuentas con quienes, dentro de su población, han sido percibidos como enemigos internos, traidores, colaboradores de Israel o que simplemente son miembros de clanes locales opuestos al poder de Hamás. Han sido captadas escenas de ejecuciones sumarias en las calles.

La entrega por parte del Hamás de los 20 rehenes israelíes vivos y de 10 cuerpos (faltan aún 19 de ser devueltos) ha significado un alivio colectivo para la inmensa mayoría de la sociedad israelí. Su júbilo constituyó la expresión de un sentimiento equivalente a volver a respirar, tras dos años de una guerra que fue vivida como el imperativo de conjurar un peligro existencial que sólo podía equipararse al experimentado en 1948 en los difíciles albores del nacimiento del Estado de Israel o al de los días previos al 6 de junio de 1967, cuando la voz del entonces presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, anunciaba con firmeza que “echaremos a los judíos al mar”.

Y es que lo que se inició el 7 de octubre de 2023 con una lluvia de cohetes, usada como cobertura para la masacre perpetrada por Hamás de 1200 israelíes y el secuestro de 250, fue seguido de inmediato por ataques con misiles y drones provenientes del Hezbolá libanés, y con amenazas de Irán y los hutíes de Yemen de incorporarse a la guerra contra el Estado hebreo, amenazas efectivamente cumplidas poco tiempo después.

Durante meses de enfrentamientos, Israel utilizó toda su capacidad militar y sus sofisticadas herramientas de inteligencia hasta que todos los frentes de guerra quedaron anulados, excepto el ofrecido por Hamás en Gaza. De hecho, hasta hace una semana, los combates y los bombardeos israelíes sobre la Franja seguían su curso con su cauda de muertos y heridos, cuando las maniobras del presidente Trump, en consenso con, al menos, ocho países árabes y musulmanes, consiguieron armar e imponer una estrategia que, en primera instancia, ha logrado lo que se veía imposible: un cese al fuego, el regreso a Israel de todos los rehenes vivos en manos de Hamás a cambio de la liberación de cerca de dos mil presos palestinos, y la disposición de las partes en conflicto a pasar a una nueva fase dentro de esta guerra, fase en la que una de las exigencias consiste en el desarme de Hamás y su no participación en el orden futuro que se pretende instaurar en Gaza.

Múltiples análisis auguran una enorme dificultad o, de plano, la imposibilidad de que Hamás acepte el desarmarse y disolverse. El panorama inmediato es, así, incierto. Mientras tanto, es evidente que el cese al fuego y el retorno de los rehenes está siendo vivido por los israelíes como la calma que llega después de la tempestad, en contraste con la atmósfera que prevalece en Gaza. Porque si bien también ahí hubo alivio y regocijo popular al recibir la buena nueva del fin de las hostilidades, el panorama general sigue siendo profundamente desolador. El nivel de destrucción de la estructura urbana es inmenso, la pérdida de vidas cuantiosa y los desafíos a futuro mayúsculos. La incertidumbre es, en esas condiciones, la acompañante permanente de familias e individuos que han estado expuestos a los horrores de la guerra, a graves carencias y a desplazamientos numerosos dentro de la propia Franja debido a las operaciones de guerra. En esas condiciones, la gran masa de civiles vive el día a día sin saber si en las siguientes horas tendrá dónde cobijarse y qué comer.

En ese contexto, los militantes de Hamás han reaparecido públicamente con sus máscaras típicas, sus uniformes y sus armas. Dan el mensaje de que están retomando la autoridad y de que, a pesar de los golpes recibidos, aún sobreviven como fuerza capaz de imponer el nuevo orden de la posguerra. Una de las señales más alarmantes ha sido la campaña de Hamás, desatada casi de inmediato, para ajustar cuentas con quienes, dentro de su población, han sido percibidos como enemigos internos, traidores, colaboradores de Israel o que simplemente son miembros de clanes locales opuestos al poder de Hamás. Han sido captadas por los medios escenas de ejecuciones sumarias en las calles, dando así cuenta de la ferocidad de esa organización que, en aras de su ideología radical islamista, es capaz de sacrificar sin miramiento alguno a una gran cantidad de miembros de la sociedad civil palestina por la que dicen luchar.

Muchas interrogantes ofrece aún este drama que no termina, y una de ellas es la de si los gazatíes continuarán siendo rehenes en manos de esa inmisericorde organización terrorista o podrán, al fin, acceder a una vida libre del yugo de ese fanatismo religioso asesino que los ha hundido en la miseria, el miedo y la muerte desde 2007, cuando Hamás se apropió de los destinos de la Franja.

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